CAPÍTULO 15
Enero se fue rápido, entre dos retiros de escritura más y los preparativos que ya empezaban a acumularse para la temporada de bodas de primavera, y para cuando quisimos darnos cuenta, febrero nos había traído los primeros planos serios de la ampliación que Gonzalo llevaba meses dibujando «solo como fantasía compartida», según sus propias palabras de Nochevieja.
—He avanzado bastante con el proyecto de la ampliación —me dijo una tarde, extendiendo sobre la mesa de la cocina unos planos mucho más detallados que el boceto original, con medidas exactas, materiales especificados y hasta una previsión de plazos—.
He hablado con un constructor de confianza en Bilbao, y podríamos empezar las obras en cuanto termine el proyecto grande, quizás en mayo.
Miré los planos con una mezcla de sorpresa e incomodidad que tardé un momento en identificar del todo, porque aunque el diseño era precioso, con la misma sensibilidad que Gonzalo aplicaba a cualquier espacio, había decisiones tomadas —la distribución de las habitaciones, la orientación de la cocina nueva, incluso el tipo de suelo— que yo no recordaba haber discutido con él en ningún momento.
—Esto es mucho más avanzado de lo que hablamos en Nochevieja —dije, pasando las páginas con más cuidado del necesario, intentando entender exactamente cuánto se había adelantado sin contar conmigo.
—Lo sé, me he emocionado un poco con el proyecto, lo reconozco. Pero quería enseñarle algo concreto, no solo ideas sueltas, para que pudiéramos empezar a hablar de números reales.
—¿Y ha decidido usted solo dónde va la cocina, qué suelo llevamos y cuántas habitaciones tiene la ampliación?
—He propuesto una distribución, Vega. No es una decisión cerrada, es un punto de partida para discutir.
—Pues no lo parece. Parece un proyecto terminado que me está enseñando ya con constructor incluido y fecha de inicio en mayo.
Gonzalo se quedó callado un segundo, notando, quizás demasiado tarde, el tono que había tomado la conversación, intentó suavizar el tono antes de responder.
—No pretendía avanzar sin contar con usted. Pensé que le gustaría ver algo concreto, en vez de un boceto a lápiz que no decía nada real.
—Lo que pienso, Gonzalo, es que lleva semanas decidiendo cosas sobre una casa que se supone que va a ser de los dos, sin preguntarme nada más allá de si «me gusta la idea general».
La cocina, el suelo, las habitaciones. Son decisiones que afectan a mi vida entera, y me entero de ellas mirando un plano terminado sobre la mesa de mi cocina.
—Está bien, tiene razón, debí consultarle cada detalle antes de avanzar tanto. Pero también entienda que esto es lo que hago, Vega. Es mi profesión. Cuando algo me entusiasma, avanzo, dibujo, calculo. No lo hice para excluirla, lo hice porque así es como trabajo mejor.
—Ya lo sé, que así es como trabaja. El problema es que esto no es un proyecto de un cliente cualquiera al que le entrega un informe terminado.
Es nuestra vida. Y llevo toda la conversación sintiendo que, otra vez, alguien más ha decidido por mí cómo van a ser las cosas, solo que esta vez el alguien es la persona que se supone que más me escucha de todos.
Aquella frase, «otra vez alguien más ha decidido por mí», salió con más peso del que había calculado, cargada sin querer de meses enteros de miedo acumulado desde la conversación de diciembre, y vi en la cara de Gonzalo que la había entendido en toda su dimensión, aunque no del todo en el sentido que yo pretendía.
—¿Me está comparando con el banco? ¿Con Iturralde?
—preguntó, con una frialdad que no le había oído desde los primeros días, cuando todavía discutíamos como desconocidos—.
Porque yo he pasado los últimos ocho meses peleando por esta casa exactamente al contrario de como ellos lo hicieron.
No estoy intentando quitarle nada, Vega.
Estoy intentando construir algo con usted.
—No le estoy comparando con ellos. Le estoy diciendo que me siento excluida de una decisión que me afecta directamente, y que eso me toca una herida muy concreta que ya le expliqué en diciembre. Pensé que lo había entendido.
—Lo entendí. Sigo entendiéndolo. Pero empiezo a pensar que cualquier cosa que haga, por bienintencionada que sea, va a chocar contra ese miedo suyo, y no sé cómo avanzar en esto sin pisarlo sin querer cada dos por tres.
Aquello me dolió más de lo que esperaba, porque tenía una parte de verdad incómoda que no supe rebatir de inmediato, y nos quedamos los dos en silencio, con los planos todavía extendidos sobre la mesa entre nosotros, como un mapa de un futuro que, de repente, parecía mucho menos claro de lo que había sonado en Nochevieja.
***
Gonzalo se fue esa noche antes de lo habitual, con la excusa de que tenía que preparar cosas para su vuelta a Bilbao al día siguiente, y aunque nos despedimos sin gritos ni portazos, la despedida tuvo una frialdad que no habíamos tenido ni en los peores momentos del verano anterior, cuando el enemigo, al menos, era alguien de fuera y no una grieta abierta entre los dos.
Pasé los días siguientes con una sensación extraña, mezcla de rabia justificada y culpa creciente, mientras Gonzalo estaba en Bilbao y nuestras llamadas, antes largas y cálidas, se habían vuelto cortas y educadas, del tipo que se tienen dos personas que se quieren pero que no saben todavía cómo volver a encontrarse después de un choque real.
—¿Cómo va lo de la ampliación? —me preguntó Cata, un día, con la delicadeza de quien ya sabe que está tocando un tema sensible.
—No lo sé. No hemos vuelto a hablar de eso desde la pelea.
—¿Y de qué habéis hablado?
—De horarios. Del tiempo. De si ha llovido en Bilbao. De nada, básicamente.
Cata dejó lo que estaba haciendo y se sentó frente a mí, con esa expresión que reservaba para los momentos en los que consideraba que yo estaba a punto de cometer un error por evitación.
—Vega, ¿de verdad crees que la pelea fue por el suelo de la cocina?
—No, claro que no. Fue por sentirme excluida de una decisión importante.
—¿Y crees que eso fue justo, o crees que le colgaste encima el peso de todo el miedo que llevas arrastrando desde diciembre, sin darle mucho margen para equivocarse como cualquier persona normal se equivoca a veces?
Aquella pregunta, tan directa como solo Cata sabía plantearlas, me obligó a pararme a pensar con más honestidad de la que había usado en los últimos días, revisando la conversación con Gonzalo desde una distancia que la rabia inicial no me había permitido tener.
—Puede que las dos cosas sean verdad a la vez —admití, al final—. Puede que él avanzara demasiado sin consultarme, y puede que yo reaccionara con más peso del que la situación merecía, porque llevaba semanas con ese miedo rondándome sin resolver.
—Entonces quizás la solución no sea esperar a que él haga todo perfecto para que tú dejes de tener miedo. Quizás la solución sea que le digas, sin acusarlo de nada, exactamente lo que necesitas para sentirte incluida de verdad, en vez de descubrirlo entero cuando ya la herida está abierta.
Cata tenía razón, otra vez, aunque saberlo no hizo que la llamada pendiente con Gonzalo me resultara ni un poco menos difícil de anticipar, sobre todo con la distancia de por medio, que en aquel momento, por primera vez desde que habíamos empezado aquel nuevo ritmo, se sentía más como un obstáculo real que como una simple logística que resolver.
***
Lo llamé esa misma noche, decidida a no dejar pasar más días alimentando aquel silencio incómodo, y cuando contestó, su voz sonó cautelosa, como quien no sabe todavía si la llamada trae más conflicto o el principio de una tregua.
—Hola —dijo, simplemente.
—Hola. He estado pensando en lo que pasó, y quiero decirte algo antes de que se nos haga más difícil volver a hablarlo con calma.
—Te escucho.
Respiré hondo, recordando el consejo de Cata sobre decir lo que necesitaba sin cargar de acusaciones lo que era, en el fondo, una herida propia que Gonzalo no tenía por qué cargar entera.
—Creo que reaccioné con más peso del que merecía la situación.
No estabas intentando excluirme, lo sé. Pero necesito que entiendas que, para mí, sentirme parte de las decisiones grandes no es un capricho, es algo que llevo trabajando desde diciembre, y cuando me encontré esos planos tan avanzados, todo ese miedo volvió de golpe, sin que tuviera mucho margen para gestionarlo con calma.
—Debí haberte enseñado los avances antes, en fases más pequeñas, en vez de guardármelo todo hasta tener algo «presentable». Es una costumbre profesional que no sirve para esto, y lo entiendo ahora, aunque me haya costado unos días de por medio verlo con claridad.
—¿Podemos intentarlo de otra manera? Decisiones pequeñas, juntos, desde el principio, aunque sea menos eficiente que dejarte avanzar solo y enseñarme un proyecto ya resuelto.
—Podemos. Quiero intentarlo. —Hizo una pausa, y cuando volvió a hablar, su voz sonaba más suave, casi vulnerable, de una manera que no era habitual en él—. Te echo de menos, Vega. Más de lo que me gusta admitir después de una pelea.
—Yo también.
Colgamos con la sensación de haber avanzado algo real, aunque no todo estuviera resuelto del todo, Colgamos con la sensación de haber avanzado algo real, aunque no todo estuviera resuelto del todo, y esa noche dormí mejor de lo que había dormido en toda la semana, con la certeza tranquila de que una pelea de verdad, gestionada con honestidad, no tenía por qué significar el principio del fin, sino simplemente una prueba más de que aquella relación, como la propia Casa Almendra, sabía sostenerse incluso cuando algo grietaba por dentro.
***