CAPÍTULO 14 #2
La Nochebuena la celebramos todos juntos en Casa Almendra, una decisión que tomamos casi sin discutirla, como si después de todo lo vivido aquel año fuera la única opción posible: mi tía, Cata con Bruno ya oficialmente integrado en las cenas familiares, Gonzalo, su padre, y hasta mi madre, que había insistido en venir «para conocer de una vez esta casa de la que tanto habla mi hija, y para comprobar en persona si ese arquitecto dobla las servilletas tan bien como cuentan».
La cena se alargó hasta bien pasada la medianoche, entre risas, anécdotas repetidas del verano que ya sonaban a leyenda familiar, y una sobremesa larga junto a la chimenea que Gonzalo se encargó de mantener encendida toda la noche.
Fue ya tarde, cuando los más jóvenes recogíamos los últimos platos y los mayores se quedaban charlando junto al fuego, cuando mi tía me llamó aparte, con una copa de vino en la mano y una expresión que no supe leer del todo hasta que empezó a hablar.
—Quiero decirte algo, Vega, y quiero que lo pienses con calma, sin sentirte presionada a contestar nada esta noche.
—Me estás asustando un poco.
—No es nada malo, tranquila. —Sonrió, con esa calidez suya que llevaba meses reapareciendo poco a poco—.
Llevo pensándolo desde que se aprobó la financiación del banco, y cada vez tengo más claro que es el momento adecuado para decirlo: quiero empezar a retirarme, poco a poco, de la gestión del día a día de Casa Almendra.
No mañana, ni el año que viene siquiera, pero sí en los próximos dos o tres años.
Quiero pasar más tiempo con mis nietos, viajar un poco antes de que las rodillas me lo impidan del todo, y sobre todo, quiero hacerlo sabiendo que dejo esto en las manos de la persona que lleva nueve años demostrando, cada fin de semana, que sabe cuidarlo mejor que nadie.
Sentí que se me llenaban los ojos de lágrimas, por segunda vez en pocas semanas delante de aquella misma chimenea, y abracé a mi tía con una fuerza que esperaba que le transmitiera todo lo que no sabía cómo poner en palabras en aquel momento.
—Vamos a hacerlo bien —le dije, contra su hombro—. Te lo prometo.
—Ya lo estás haciendo bien, cariño. Llevas haciéndolo bien desde mucho antes de que yo me diera cuenta de que podía confiártelo del todo.
Gonzalo, que había observado la escena desde la distancia respetuosa de quien sabe cuándo un momento no le pertenece del todo, se acercó cuando mi tía se apartó para secarse los ojos con disimulo, y me pasó un brazo por los hombros sin decir nada, dejando que el silencio hiciera el trabajo que ninguna palabra hubiera hecho mejor.
—¿Está bien? —preguntó, al final, en voz baja.
—Estoy mejor que bien. —Me sequé también yo las lágrimas, sonriendo hacia el fuego, hacia mi tía que ya volvía a reírse de algo que había dicho el padre de Gonzalo, hacia Cata apoyada en el hombro de Bruno con una tranquilidad nueva que le sentaba de maravilla—.
Estoy en la mejor Nochebuena que recuerdo en mucho tiempo, rodeada de la gente que más quiero, con una casa que ya no tiene ninguna amenaza pendiente, y con un futuro que, por primera vez en años, se siente completamente mío para decidir cómo construirlo.
—¿Y quiere construirlo conmigo?
—Ya se lo dije hace dos semanas junto a esta misma chimenea, Ferreira. Vayamos probando. Sin prisa, pero sin dejarlo aparcado tampoco.
Se rio, y me besó bajo el marco de la puerta que daba al jardín, con el resto de la familia charlando de fondo y la primera helada del invierno cubriendo ya el césped donde meses atrás habíamos celebrado siete reservas nuevas en una sola tarde, y pensé que, si alguien me hubiera dicho un año atrás que aquella Nochebuena iba a terminar así, con tantas cosas por delante y tan pocas por temer, probablemente no me lo habría creído del todo.
Pero así, exactamente así, era como estaba terminando aquel año que había empezado con un pastel inclinado y terminaba, contra todo pronóstico, con una casa a salvo, una familia elegida y crecida, y la promesa tranquila de un futuro que, por fin, no dependía de ningún banco, ningún informe ni ninguna amenaza externa, sino solo de las decisiones que quisiéramos tomar juntos, a nuestro propio ritmo.
***
Los días entre Navidad y Año Nuevo transcurrieron con esa calma especial que solo tienen esas fechas suspendidas del calendario habitual, sin bodas que organizar ni retiros de escritura programados hasta mediados de enero, y aprovechamos aquella tregua para empezar, con calma y sin presión, a imaginar cómo podría ser esa nueva etapa que habíamos empezado a nombrar en voz alta junto a la chimenea.
—He estado mirando la parte trasera de la casa, la que da al huerto viejo que ya no usa nadie —me dijo Gonzalo, un par de días después de Nochebuena, extendiendo sobre la mesa de la cocina un boceto que había dibujado sin que nadie se lo pidiera, como ya era costumbre en él—.
Hay espacio de sobra para construir una ampliación pequeña, independiente de la casa principal pero conectada por un pasillo cubierto.
Un sitio que fuera nuestro, sin dejar de estar dentro de Casa Almendra.
—¿Está diseñando ya nuestra futura casa antes incluso de que hayamos decidido del todo vivir juntos?
—Estoy dibujando posibilidades, que no es lo mismo que decidir nada. Es una deformación profesional, lo reconozco. En cuanto me preocupa algo, empiezo a dibujarlo para verlo con más claridad.
Miré el boceto con atención, imaginando aquel espacio nuevo asomado al huerto viejo, con luz natural entrando por todas partes tal como Gonzalo sabía diseñarla, y sentí que el miedo de las semanas anteriores, sin desaparecer del todo, empezaba a mezclarse con una ilusión que no había sentido con la misma intensidad desde la noche del primer beso bajo el roble.
—Me gusta —admití, al final—. Me gusta mucho, en realidad.
—¿Lo suficiente como para que empiece a pedir presupuestos en serio, o todavía estamos en fase de fantasía compartida?
—Empecemos por la fantasía compartida. Ya llegaremos a los presupuestos cuando ambos estemos listos de verdad, no solo ilusionados por un boceto bonito en una tarde de vacaciones.
—Trato hecho. Aunque le advierto que los bocetos bonitos son mi especialidad para convencer a la gente de cosas que en el fondo ya quiere hacer.
—Lo sé de primera mano, Ferreira. Me convenció usted de aceptar alquileres de empresa en temporada baja con un gráfico de colores, ¿recuerda? Y mire cómo hemos terminado, organizando también retiros de escritura.
Nos reímos los dos, repasando aquel boceto una y otra vez durante el resto de la tarde, añadiendo detalles pequeños que ninguno de los dos tomaba todavía como decisiones definitivas, sino como la manera más honesta que conocíamos de imaginar, juntos y sin prisa, la forma que iba a tomar aquel futuro que apenas unas semanas atrás nos daba tanto vértigo nombrar en voz alta.
***
Recibimos el Año Nuevo en el jardín, todos juntos otra vez, con las doce uvas repartidas en cuencos pequeños y una botella de cava que mi tía había guardado, según confesó entre risas, «desde antes incluso de la primera llamada del banco, esperando una excusa lo bastante buena para abrirla».
Cata brindó por Bruno con una sonrisa que ya no intentaba disimular nada; mi tía brindó por su próxima jubilación progresiva con una tranquilidad que meses atrás habría parecido imposible; el padre de Gonzalo brindó, medio en broma, por «la cláusula de recompra que espero no tener que ejecutar nunca, porque esto empieza a parecerse demasiado a una familia de verdad como para complicarlo con papeleo».
Cuando llegó la medianoche, entre las campanadas que sonaban desde la radio vieja de la cocina y las risas de todos comiendo uvas a destiempo, Gonzalo me cogió de la mano y me llevó unos pasos aparte, hacia el roble que presidía el jardín incluso en pleno invierno, desnudo de hojas pero firme como siempre.
—Feliz año, Vega —dijo, con la voz baja, solo para mí—. Ha sido el año más difícil y el más bonito de mi vida, casi a partes iguales, y no puedo imaginar haberlo vivido con nadie más.
—Feliz año, Gonzalo. —Le sonreí, con el corazón lleno de una manera que no sabía nombrar del todo, pero que reconocía perfectamente como felicidad, sin adjetivos ni condiciones—. Por todo lo que ha pasado. Y por todo lo que, con suerte, todavía está por llegar.
Brindamos con el resto de la familia observando desde la distancia, con esa mezcla de discreción y ternura que solo tiene la gente que de verdad te quiere, y mientras las últimas campanadas se apagaban en la radio de la cocina, pensé que aquel año que terminaba, con toda su locura de vigas, bancos y grupos hoteleros, me había dado, sin que yo lo esperara del todo, exactamente lo que llevaba nueve años sin saber que necesitaba: no solo una casa a salvo, sino una vida entera construida alrededor de ella, con gente dispuesta a quedarse, pasara lo que pasara, a sujetar lo que hiciera falta.
Volvimos junto al resto de la familia poco después, a tiempo de brindar una segunda vez, esta con un cava mucho peor que el primero, que Cata había abierto solo «para no dejar que la fiesta decayera», y la noche se alargó entre risas y música baja hasta bien pasadas las dos, con mi tía bailando descalza en el mismo jardín donde llevaba veinticinco años viendo bailar a novios ajenos, con Bruno y Cata acurrucados junto a la chimenea que habíamos vuelto a encender para la ocasión, y con Gonzalo y yo, sentados en el último escalón del porche, mirando aquella escena con la certeza tranquila de que, empezara como empezara aquel nuevo año, ya teníamos entre manos algo mucho más sólido que cualquier informe de viabilidad: una familia entera dispuesta a celebrar, sin necesidad de ninguna excusa especial, el simple hecho de seguir todos juntos, un año más, bajo el mismo roble de siempre.