CAPÍTULO 14
Noviembre llegó con la primera helada del año y con el primer retiro de escritura que organizábamos en la buhardilla, un fin de semana completo con ocho plazas que se habían llenado en apenas cuatro días desde que colgamos el anuncio, para sorpresa de todos menos, quizás, de mi tía, que llevaba semanas repitiendo que «la gente que escribe también necesita un sitio con alma, igual que la gente que se casa».
Preparé aquel primer retiro con una mezcla de nervios y entusiasmo que no sentía desde la primera boda que organicé yo sola, hacía ya casi una década: la buhardilla con mantas gruesas y velas, café disponible a cualquier hora, y un cartel discreto en la entrada que decía, simplemente, «Silencio, se escribe», idea de Cata que a mí me pareció perfecta desde el primer momento.
—Ocho personas encerradas todo el fin de semana escribiendo novelas —comentó Gonzalo, que había venido especialmente ese fin de semana desde Bilbao para ayudar con los últimos preparativos—. Es la clase de evento más silencioso que ha organizado nunca esta casa.
—No se confíe. La gente que escribe también se pelea, llora y necesita consuelo a las tres de la madrugada, solo que en vez de por un centro de mesa, es por un capítulo que no les sale.
—Entonces está usted todavía más capacitada de lo que pensaba para dirigir esto.
El retiro salió mejor de lo que había imaginado en mis previsiones más optimistas: ocho desconocidos que llegaron el viernes por la tarde sin conocerse entre sí y que se marcharon el domingo intercambiando números de teléfono, prometiendo mantener un grupo de escritura conjunto, y dejando, además, un cuaderno de comentarios lleno de frases que a mí se me quedaron grabadas durante días: «el sitio con más inspiración en el que he escrito nunca», «volveré en primavera, aunque sea solo para pasear por el jardín», «gracias por darme el espacio que necesitaba para terminar, por fin, este libro».
***
Con el primer retiro cerrado y otros tres ya reservados para diciembre y enero, Casa Almendra empezó a vivir un invierno distinto a los anteriores: en vez de meses vacíos esperando la siguiente temporada de bodas, la buhardilla se llenaba cada dos o tres fines de semana con gente nueva, y el negocio, por primera vez desde que yo lo recordaba, generaba ingresos también en la época del año que antes considerábamos muerta.
—A este paso vamos a tener que contratar a alguien más —le dije a mi tía, una tarde de principios de diciembre, revisando juntas las cuentas del trimestre con una tranquilidad que hacía un año me habría parecido imposible.
—O vas a tener que dejar de encargarte tú de todo, que es lo que llevo diciéndote desde que tenías veinticinco años.
Aquella conversación, aunque breve, se me quedó rondando en la cabeza durante días, mezclada con otra que llevaba semanas evitando tener con Gonzalo, desde que él había empezado, con la delicadeza de quien tantea un terreno resbaladizo, a mencionar la posibilidad de que, cuando terminara el proyecto de Bilbao, buscáramos la manera de vivir juntos de forma más permanente, en vez de repartir su tiempo entre un piso alquilado en una ciudad y una habitación en Casa Almendra que técnicamente seguía siendo mía y no del todo nuestra.
—No hace falta que decidamos nada ya —me dijo, una noche de principios de diciembre, mientras cenábamos junto a la chimenea que habíamos encendido por primera vez esa temporada—.
Solo quiero que sepa que lo he pensado, y que me gustaría que en algún momento, cuando ambos estemos listos, encontráramos una manera de que esto deje de sentirse como una vida repartida entre dos sitios.
—¿Y cómo sería esa manera?
—No lo sé todavía del todo. Podría ser que yo dejara el piso de Bilbao y viviera aquí entre semana; podría ser que buscáramos algo a medio camino; podría ser, incluso, que reformáramos alguna parte de la casa para que fuera de verdad nuestra, no solo suya con mi ropa guardada en una maleta permanente.
Lo único que sé es que quiero que dejemos de pensarlo como «mi casa» y «su piso», y empecemos a pensarlo como un mismo sitio, sea cual sea la forma final que tome.
Sentí que el pecho se me encogía, no de miedo exactamente, sino de esa mezcla extraña entre ilusión y vértigo que ya empezaba a reconocer como la reacción habitual de mi cuerpo ante cualquier paso importante en aquella relación.
—¿Qué pasa? —preguntó Gonzalo, notando mi silencio más largo de lo habitual.
—Nada. Es solo mucho que procesar de golpe.
—No tenemos que decidir nada esta noche, Vega. Solo quería que supiera que lo estoy pensando.
Asentí, y cambiamos de tema, pero aquella conversación se quedó conmigo durante los días siguientes, removiendo algo que no supe nombrar del todo hasta que, casi una semana después, Cata me lo puso delante con la claridad que solo ella sabía usar conmigo.
—Llevas toda la semana rara —me dijo, mientras las dos etiquetábamos las últimas cajas de decoración navideña que sacábamos cada diciembre—. ¿Es por lo de vivir juntos?
—¿Cómo sabes tú eso?
—Porque Gonzalo me lo comentó de pasada, buscando consejo sobre cómo plantearlo, y porque llevas la cara de quien está librando una batalla interna que no se atreve a nombrar en voz alta. Suéltalo.
Dejé la caja que tenía entre las manos y me senté en el peldaño de la entrada, buscando las palabras para algo que llevaba días dándole vueltas sin conseguir ponerle nombre exacto.
—Llevo nueve años siendo la persona que lo resuelve todo aquí.
La que decide, la que sujeta, la que no depende de nadie para que las cosas salgan adelante.
Y me encanta lo que tengo con Gonzalo, de verdad, más de lo que nunca pensé que fuera a querer a nadie después de Diego.
Pero una parte de mí tiene miedo de que, si empiezo a compartir de verdad esta casa, esta vida, con otra persona, deje de ser tan mía como ha sido siempre.
Que deje de ser solo mía la decisión de cómo se hacen las cosas aquí.
—Vega. —Cata se sentó a mi lado, con esa paciencia infinita que reservaba para los momentos que de verdad importaban—.
Compartir algo no es lo mismo que perderlo.
Llevas nueve años construyendo esto sola, sí, pero también llevas cuatro meses descubriendo que las cosas no se hunden por dejar que alguien más te ayude a sostenerlas. Al revés: se sostienen mejor.
—¿Y si me pierdo a mí misma en el camino? ¿Y si dejo de ser la Vega que sujeta pasteles con tenedores y me convierto solo en la mitad de una pareja?
—Eso solo pasa si tú lo permites, no porque compartas casa con alguien.
—Me cogió la mano, con la misma firmeza que Gonzalo solía usar conmigo en los momentos difíciles—.
Además, conociéndote, dudo mucho que dejes de sujetar pasteles con tenedores solo porque haya otro nombre en el buzón de la entrada.
***
Le conté a Gonzalo todo aquello dos noches después, con más honestidad de la que me había atrevido a usar en la primera conversación, sentados los dos en el sofá del salón con la chimenea todavía encendida y el resto de la casa ya en silencio.
—Tengo miedo de perderme un poco, si esto avanza demasiado rápido —le dije, mirando el fuego en vez de mirarlo a él, porque me resultaba más fácil decir aquello sin la intensidad de sus ojos puestos directamente en los míos—.
No de usted. De mí misma. De dejar de ser la persona que ha sostenido esta casa sola durante nueve años, y convertirme en alguien que necesita que otro decida las cosas con ella para que funcionen.
Gonzalo se quedó callado un momento, dejándome terminar de decir todo lo que necesitaba decir sin interrumpir, y cuando por fin habló, lo hizo con la misma calma tranquila que usaba para explicar cualquier problema estructural complicado.
—No le estoy pidiendo que deje de ser esa persona, Vega.
Llevo cuatro meses enamorándome, entre otras cosas, precisamente de esa Vega: la que sujeta pasteles con tenedores, la que decide qué eventos encajan en esta casa y cuáles no, la que discutió conmigo por cada detalle del plan de reforma hasta que me demostró que tenía razón en casi todo.
No quiero una versión más pequeña de usted para que quepamos mejor juntos.
La quiero entera, con toda la terquedad y toda la fuerza que la han traído hasta aquí.
—¿Entonces por qué me da tanto miedo esto?
—Porque compartir de verdad la vida con alguien da miedo, aunque ese alguien no tenga ninguna intención de quitarle nada.
Es normal. A mí también me lo da, si le soy sincero, aunque por motivos distintos: yo tengo miedo de convertirme en la razón por la que usted deja de ser quien es, aunque solo sea sin querer, solo por estar cerca todo el tiempo.
—Entonces estamos los dos asustados por lo mismo, solo que desde lados distintos.
—Parece que sí.
Nos quedamos en silencio un momento, con el fuego crepitando y aquella confesión compartida flotando entre los dos, y poco a poco, sin necesidad de resolverlo todo esa misma noche, sentí que el miedo, sin desaparecer del todo, se volvía más manejable al saber que no lo cargaba yo sola.
—No tenemos que decidir la forma exacta ahora —dije, al final—. Pero sí quiero decirle algo: no quiero que la distancia, ni el miedo, sean la razón por la que dejemos pasar más tiempo del necesario sin intentarlo. Cuando termine lo de Bilbao, busquemos la manera. La que sea. Vayamos probando.
—Vayamos probando —repitió él, como quien sella un acuerdo—. Sin prisa, pero sin dejarlo tampoco aparcado para siempre por miedo.
Me acurruqué contra su hombro, con la certeza tranquila de que aquella conversación, aunque no hubiera resuelto nada de manera definitiva, nos había dejado más cerca el uno del otro de lo que habíamos estado ni siquiera la noche de la cena de aniversario, porque por primera vez habíamos hablado de miedo, no solo de planes, y eso, entre los dos, empezaba a sentirse como la base más sólida de todas.
***