CAPÍTULO 13 #2
—Así que tú eres Vega —dijo Elena, cuando por fin nos encontramos con ella, resultando ser exactamente como Gonzalo la había descrito: una mujer de sesenta y tantos años, con el casco de obra decorado con una foto pequeña de tres niños sonrientes pegada en un lateral, y una mirada directa que me recordó, de una manera curiosa, a la del propio Gonzalo—.
Este hombre no ha parado de hablar de ti desde que llegó a este proyecto.
Al principio pensé que exageraba. Ahora que te veo en persona, creo que se quedaba corto.
—Espero no decepcionar las expectativas.
—Imposible. Cualquiera que consiga que Gonzalo Ferreira se ponga nervioso antes de una videollamada de trabajo, como me consta que le pasó la semana pasada, ya tiene medio camino hecho.
Gonzalo protestó, entre risas, que aquello era una exageración notable, y Elena, ignorándolo por completo, me enseñó con orgullo las fotos de su nieta mayor, que efectivamente se casaba la primavera siguiente, y a la que ya le había hablado, según confirmó con una sonrisa cómplice, de «una finca preciosa cerca de aquí, con un roble que sale en fotos de bodas desde hace veinticinco años».
—No sé si es coincidencia o si mi novio se dedica a hacer publicidad de Casa Almendra en sus ratos libres —le dije a Gonzalo esa noche, ya en el piso pequeño que había alquilado cerca de la obra, con la ciudad iluminada al fondo a través de una ventana que daba a una calle estrecha del casco viejo.
—Digamos que aprovecho cualquier oportunidad razonable. Sería una lástima que la nieta de Elena se casara en cualquier sitio sin alma, teniendo la opción de hacerlo en el mejor.
—¿El mejor, según quién?
—Según el arquitecto que reformó la buhardilla con sus propias manos y que, técnicamente, sigue teniendo mejor criterio que nadie en esta ciudad para juzgar espacios con historia.
Me reí, acurrucada contra él en un sofá demasiado pequeño para los dos, mirando aquella ciudad desconocida que durante dos semanas al mes se convertía en el hogar de la persona que quería, y pensé que quizás aquel era exactamente el tipo de gesto que Cata me había sugerido hacer: no esperar a que la distancia se resolviera sola, sino salir a buscar, de vez en cuando, la parte de la vida del otro que no podía verse desde la ventana de Casa Almendra.
—Gracias por traerme —le dije, ya medio dormida contra su hombro—. Ahora, cuando me hables de la obra, al menos podré imaginarme el sitio de verdad, en vez de un dibujo borroso en mi cabeza.
—Y ahora, cuando Elena pregunte por ti, que lo hará, no me va a hacer falta describírtela. Ya la conoces en persona, casco de nietos incluido.
—Va a ser mi persona de referencia si alguna vez vuelvo a ponerme celosa de alguien sin motivo. «¿Es tan simpática como Elena?» Si la respuesta es que sí, dejo de preocuparme automáticamente.
—Un sistema de medición un poco arbitrario, pero lo acepto.
Nos quedamos dormidos así, en aquel piso pequeño de un barrio que empezaba a resultarme menos ajeno de lo que había imaginado, y pensé, justo antes de cerrar los ojos del todo, que aquel fin de semana había conseguido algo que ninguna videollamada ni ningún mensaje de texto habría logrado nunca: convertir Bilbao, de una amenaza abstracta a la distancia, en un lugar concreto, con caras y nombres propios, que ya formaba parte, de manera pequeña pero real, de la vida que estábamos construyendo entre los dos.
***
De vuelta en Casa Almendra, con la sensación todavía fresca de aquel fin de semana en Bilbao, encontré a Cata en la cocina con una expresión que no le conocía, mezcla de nerviosismo y felicidad mal disimulada, revisando el teléfono con una atención que normalmente reservaba solo para las emergencias de proveedores.
—¿Qué te pasa a ti? —le pregunté, devolviéndole la pregunta que ella me había hecho semanas atrás.
—Nada. Bruno me ha invitado a cenar el viernes. Fuera de aquí, quiero decir. No una cena de trabajo con los demás delante.
—Cata. Llevas meses viéndolo cada semana en las reformas y en todas las cenas familiares improvisadas que hemos organizado. ¿Cuándo pensabas contarme que había algo ahí?
—No había nada que contar hasta ahora, en serio. —Se puso ligeramente colorada, algo tan poco propio de ella que me hizo sonreír de inmediato—. O puede que sí lo hubiera, y yo llevara meses fingiendo que no me daba cuenta, exactamente igual que tú hiciste con Gonzalo durante las primeras semanas.
—Tocada.
—Hundida, más bien. Nos reímos las dos, y me alegré, con un cariño que no esperaba sentir tan intensamente, de que aquel verano de crisis compartidas hubiera dejado también ese regalo inesperado: ver a Cata, que llevaba años sujetando pasteles y consolando novias ajenas sin apenas tiempo para pensar en su propia vida, permitirse por fin la posibilidad de algo bueno para ella misma.
—Cuéntame todo el viernes por la noche, en cuanto vuelvas —le dije—. Con detalles. Me lo debes, después de todo lo que te he contado yo este año.
—Trato hecho. Aunque dudo que tenga tanto drama como lo tuyo. Con Bruno, hasta ahora, todo ha sido bastante tranquilo, la verdad, sin bancos ni grupos hoteleros de por medio.
—Cualquier cosa sin bancos ni grupos hoteleros de por medio me suena, a estas alturas, a vacaciones.
***
Esa misma tarde, revisando el correo acumulado durante el fin de semana en Bilbao, encontré un mensaje que me hizo sonreír de una manera muy particular: una solicitud de información, firmada por una tal Sara Etxeberria, preguntando por disponibilidad para una boda en primavera, «recomendada por mi abuela Elena, que dice que este sitio tiene algo que ningún otro lugar consigue igualar».
Le enseñé el mensaje a Gonzalo esa misma noche, por videollamada, y su reacción, una carcajada sincera seguida de una expresión de orgullo que no intentó disimular, me confirmó que aquella recomendación no había sido ninguna casualidad, sino el resultado directo de dos semanas al mes de conversaciones de obra en las que, entre cálculos de cimentación, Gonzalo encontraba siempre un hueco para hablar de la casa que, sin proponérselo del todo, se había convertido también en parte de su propia manera de presentarse al mundo.
—Le dije que le mandaría una foto del roble —comentó, todavía riéndose—. No pensé que fuera a convertirse en cliente potencial tan rápido.
—Entre esto y lo de los retiros de escritura, va a resultar que el mejor comercial de Casa Almendra no soy yo, sino usted, a ochenta kilómetros de distancia.
—Digamos que hemos encontrado, entre los dos, una manera de que la distancia también trabaje a nuestro favor de vez en cuando.
Colgamos la llamada con la promesa de vernos el fin de semana siguiente, y me quedé un rato más sentada en el despacho, revisando el calendario de primavera que empezaba a llenarse de nuevo, esta vez con una reserva que llevaba, sin que ninguno de los dos lo hubiera planeado, la huella pequeña pero real de aquel viaje a Bilbao que había hecho, por fin, que la distancia entre los dos dejara de sentirse como una amenaza y empezara a sentirse, simplemente, como una parte más de la vida que estábamos construyendo juntos.
Apagué el ordenador y salí un momento al jardín, ya de noche, con la calma propia de un octubre que empezaba a anunciar el frío pero que todavía regalaba tardes templadas como aquella.
El roble, ya con algunas hojas empezando a caer, seguía en el mismo sitio de siempre, testigo silencioso de todo lo que habíamos vivido bajo su sombra ese año.
Pensé en Sara Etxeberria, a quien todavía no conocía, planeando ya su boda de primavera a partir de la recomendación de una abuela con casco de obra; pensé en Cata, nerviosa como una adolescente por una cena que probablemente llevaba meses deseando sin admitirlo; pensé en Gonzalo, a ochenta kilómetros de distancia, contándole a sus compañeros de trabajo, entre cálculos de cimentación, la historia de un roble que llevaba veinticinco años recibiendo bodas.
Pensé, sobre todo, en lo extraño y lo bonito que resultaba que una casa pequeña, en un pueblo sin nombre propio en ningún mapa turístico, hubiera terminado tejiendo una red tan grande de gente dispuesta a cuidarla, cada uno a su manera, desde donde estuviera.
Volví a entrar cuando ya refrescaba de verdad, con esa sensación de calma que solo se consigue después de un día largo bien vivido, y antes de subir a dormir revisé una última vez el correo de Sara Etxeberria, releyendo la frase sobre «algo que ningún otro lugar consigue igualar» con una sonrisa que no conseguí borrarme de la cara en un buen rato.
Pensé que quizás esa era, después de todo, la mejor definición que había escuchado nunca de lo que hacíamos en Casa Almendra, mejor incluso que cualquier informe de viabilidad que hubiéramos presentado al banco: un lugar capaz de convertir extraños en familia, bodas en historias compartidas, y hasta una simple obra en Bilbao en una fuente inesperada de nuevos clientes con el corazón en el sitio correcto.