Instrucciones para sujetar un corazón CAPÍTULO 13
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CAPÍTULO 13

Octubre trajo consigo la primera prueba real de aquel nuevo equilibrio entre Bilbao y Casa Almendra, y lo hizo de la manera menos oportuna posible: justo el fin de semana de mi cumpleaños, que llevaba semanas marcado en el calendario de la cocina con un círculo rojo que Cata había dibujado ella misma, «para que nadie se atreva a organizar ninguna boda ese sábado».

Gonzalo me llamó un martes, con la voz de quien lleva rato posponiendo una conversación incómoda, para contarme que la obra de Bilbao había entrado en una fase crítica —un problema con los cimientos de uno de los edificios que nadie había previsto en el proyecto original— y que su presencia allí ese fin de semana, justo el de mi cumpleaños, no era negociable.

—Lo siento muchísimo, Vega. De verdad. He intentado moverlo todo, pero el ayuntamiento de Bilbao tiene una inspección programada el lunes, y si no resolvemos esto antes, podríamos perder semanas enteras de plazo.

—Lo entiendo —dije, y era cierto, lo entendía perfectamente, con la cabeza. El estómago, sin embargo, se negaba a estar tan de acuerdo como mi cabeza.

—¿Está enfadada?

—No estoy enfadada. Estoy... —Busqué la palabra exacta, consciente de que cualquier cosa que dijera podía sonar más dramática de lo que pretendía—. Decepcionada, supongo. Llevaba meses sin celebrar un cumpleaños de verdad, y había pensado que este año, con todo lo que hemos pasado, por fin tocaba.

—Lo vamos a celebrar. Te lo prometo. En cuanto vuelva el domingo por la noche, aunque sea tarde, cenamos los dos solos, aunque tenga que despertar a algún restaurante a las tantas.

—No hace falta que despierte a nadie. Con que vuelva, es suficiente.

Colgamos con la sensación agridulce de dos personas que se quieren pero que, por primera vez desde que habíamos empezado aquel nuevo ritmo de idas y venidas, no conseguían hacer coincidir sus prioridades sin que alguna de las dos partes saliera perdiendo algo importante.

***

Cata y mi tía, decididas a que la ausencia de Gonzalo no arruinara del todo la celebración, organizaron una cena pequeña en el jardín el mismo sábado, con las luces que habíamos instalado para las ceremonias íntimas y una tarta que esta vez encargamos a una pastelería de verdad, «porque las emergencias de horneado casero ya las hemos cubierto de sobra este año», según palabras textuales de Cata.

—No es lo mismo sin él —admití, mientras soplaba las velas rodeada de las dos personas que más quería en el mundo, aparte del propio Gonzalo—, pero gracias por esto. En serio.

—Para eso estamos —dijo mi tía, sirviendo más vino del que probablemente era prudente para un martes cualquiera, aunque fuera sábado—. Y no se lo digas, pero he hablado con él esta tarde. Está hecho polvo por no poder estar aquí. Casi tanto como tú.

Aquello me reconfortó, aunque no del todo, y pasé el resto de la noche con esa sensación extraña de estar disfrutando de algo a medias, consciente todo el tiempo del hueco que dejaba la ausencia de la persona con quien más había querido celebrar aquel día.

Le escribí un mensaje sobre las once, ya con la tarta terminada y Cata cantando villancicos de cumpleaños fuera de temporada solo para hacerme reír.

«Ha estado bien. Pero te he echado de menos toda la noche.»

Su respuesta tardó más de lo habitual, y cuando llegó, algo en el tono me hizo fruncir el ceño sin saber muy bien por qué.

«Yo también. Estamos todavía en la obra, va a ser noche larga. Elena, la ingeniera que lleva la parte de cimentación, ha pedido que nos quedemos hasta resolver el problema del todo. Te compensaré este fin de semana, lo prometo.»

No había nada extraño en el mensaje, objetivamente hablando, pero el nombre «Elena» se me quedó rondando en la cabeza de una manera que no supe justificar del todo, mezclado con una punzada de inseguridad que llevaba meses sin sentir y que, para mi propia sorpresa, no tenía nada que ver con Diego ni con ningún fantasma del pasado, sino con algo mucho más nuevo y mucho más difícil de nombrar: la simple posibilidad de que, en aquella otra ciudad, en aquella otra vida que Gonzalo llevaba dos semanas al mes, hubiera gente con la que compartía horas, presión y victorias profesionales que yo nunca iba a presenciar de primera mano.

***

No le dije nada a Cata esa noche, pero ella, con su habitual capacidad para detectar cualquier cambio en mi humor, lo notó de todas formas al día siguiente, mientras recogíamos los restos de la cena de cumpleaños en la cocina.

—¿Qué te pasa? Llevas toda la mañana con cara de estar resolviendo un crucigrama imposible.

—Nada. Es una tontería.

—Las tonterías son mi especialidad. Suéltalo.

Le conté lo del mensaje, lo del nombre de Elena, la sensación absurda e injustificada que me había dejado, y esperé, con cierta vergüenza anticipada, que Cata se riera de mí por estar celosa de una compañera de trabajo a la que ni siquiera conocía.

En vez de eso, se quedó pensativa un momento, secándose las manos en el trapo con más lentitud de la habitual.

—No creo que sea una tontería del todo —dijo, al final—.

No porque piense que Gonzalo vaya a hacer nada, que no lo creo ni por un segundo.

Pero llevas meses acostumbrada a que todo lo que le pasa a Gonzalo, se lo cuente primero a ti.

Ahora tiene una vida entera en Bilbao que tú no ves, con gente que tú no conoces, y es normal que eso te remueva algo, aunque no tenga ningún fundamento real.

—¿Y qué hago con eso?

—Se lo dices a él. Sin acusaciones, sin dramas, solo contándole lo que has sentido. Si algo hemos aprendido este año, es que las cosas que nos callamos por vergüenza siempre terminan pesando más de lo que pesarían si las dijéramos a tiempo.

Cata tenía razón, como de costumbre, aunque saber que tenía razón no hizo que la conversación pendiente con Gonzalo me resultara ni un poco menos incómoda de anticipar.

Pasé el resto del domingo revisando reservas y pensando en cómo plantear algo que, dicho en voz alta, sonaba tan pequeño y a la vez tan difícil de ignorar.

***

Gonzalo volvió el domingo por la noche, más tarde de lo previsto, con el cansancio de dos días enteros resolviendo problemas de cimentación pintado en la cara, pero con la misma sonrisa de siempre en cuanto me vio esperándolo en la grava.

Cenamos algo ligero, ya casi medianoche, y fue él quien notó, antes de que yo encontrara el momento adecuado, que algo me rondaba la cabeza.

—¿Qué pasa? —preguntó, dejando el tenedor a un lado—. Lleva toda la cena distraída.

Respiré hondo, recordando el consejo de Cata sobre decir las cosas sin dramatismo ni acusaciones, me obligué a mirarlo de frente antes de hablar.

—El mensaje del sábado, sobre Elena y la noche larga en la obra. No pasó nada raro, lo sé, pero me dejó una sensación incómoda que no supe gestionar bien, y prefiero contártelo a que se quede ahí guardado creciendo solo.

Gonzalo se quedó callado un momento, no a la defensiva, sino con esa atención genuina que ponía en cualquier cosa que yo le planteara con seriedad.

—¿Sensación de qué tipo?

—De que tienes una vida entera allí que yo no veo.

Compañeros, presión, decisiones importantes que tomáis juntos delante de un problema real, y yo aquí, enterándome de todo por un mensaje corto a las once de la noche.

No es que desconfíe de ti. Es que no sé cómo hacer sitio, desde aquí, a esa parte de tu vida que no puedo compartir del todo.

—Vega. —Me cogió la mano por encima de la mesa, con firmeza—.

Elena tiene sesenta y tres años, tres nietos y una fotografía de todos ellos pegada en su casco de obra.

Es la ingeniera más brillante que he conocido nunca, y también la persona menos interesada del mundo en nada que no sea cemento armado y la boda de su nieta mayor, de la que me ha hablado, por cierto, con tanto entusiasmo que hasta le he recomendado Casa Almendra sin que me lo pidiera.

Me reí, con una mezcla de alivio y vergüenza retrospectiva, imaginando a aquella ingeniera de sesenta y tres años protagonizando, sin saberlo, mis inseguridades de las últimas cuarenta y ocho horas.

—Me siento un poco ridícula ahora mismo.

—No lo estés. Lo que sientes tiene sentido, aunque el motivo concreto resulte ser una abuela con casco de obra.

Llevamos meses inventando un ritmo nuevo entre los dos, y es normal que a veces alguna pieza no encaje del todo a la primera.

—Me apretó la mano, buscando mi mirada con seriedad—.

Prométeme que la próxima vez me lo dices al momento, en vez de esperar dos días dándole vueltas sola.

—Se lo prometo, Ferreira. Con una condición: usted me manda fotos de Elena y su casco de obra cada vez que la mencione en un mensaje, para que mi cabeza no se invente nada raro.

—Trato hecho. Aunque le advierto que a Elena le va a hacer mucha gracia enterarse de que ha protagonizado sin saberlo su primera crisis de pareja.

***

Cumplí mi propia promesa de acompañarlo a Bilbao dos semanas después, aprovechando un fin de semana especialmente tranquilo en el calendario de bodas, y descubrí, nada más llegar, que la ciudad que se estaba quedando con la mitad del tiempo de Gonzalo tenía muy poco que ver con la imagen difusa que me había hecho en la cabeza durante los últimos dos meses.

—Esto es más grande de lo que pensaba —dije, plantada frente al edificio en obras, un conjunto de fachadas históricas rodeadas de andamios y grúas que ocupaba prácticamente una manzana entera del centro—. Cuando decía «proyecto grande», no estaba exagerando.

—Nunca exagero con los números, Vega. Es casi una cuestión profesional.

Me llevó a recorrer la obra con el mismo entusiasmo detallista con el que meses atrás me había enseñado cada rincón de la buhardilla de Casa Almendra, señalando las fachadas que se conservaban intactas, explicando la técnica que estaban usando para reforzar las estructuras sin perder los elementos originales, y presentándome, con un orgullo que no intentó disimular, a cada uno de los compañeros con los que se cruzaba por el camino.