CAPÍTULO 12 #3
—Puedo ayudarla a calcular los números, sí. Aunque esta vez, se lo advierto, pienso cobrarle en pastas de almendra, no en gratitud genérica.
Colgué la llamada sonriendo, con la cabeza ya llena de ideas nuevas sobre cómo dar forma a aquel proyecto, y pensé que quizás aquella era la mejor señal de que estábamos, por fin, en un momento distinto del que habíamos vivido todo el verano: ya no reaccionando a amenazas externas, sino construyendo, con calma y sin prisa, todo lo que Casa Almendra —y también yo misma— todavía tenía por delante.
***
La primera vez que Gonzalo volvió de Bilbao, La primera vez que Gonzalo volvió de Bilbao, después de sus primeras dos semanas completas fuera, lo esperé en la grava con una impaciencia que no intenté disimular delante de nadie, ni siquiera delante de Cata, que se había ofrecido a cerrar la cocina esa noche solo para dejarme libre a tiempo.
Llegó pasadas las ocho, con el maletero lleno de planos enrollados y una bolsa de viaje que dejó tirada en el suelo del recibidor en cuanto me vio salir a recibirlo.
No dijimos nada durante los primeros segundos, solo nos abrazamos en medio de la grava, con la misma intensidad de quien lleva más tiempo separado del que en realidad ha pasado, y cuando por fin nos separamos, tenía una sonrisa cansada pero genuina que me confirmó, sin necesidad de preguntar, que las dos semanas en Bilbao habían ido bien.
—¿Qué tal la obra? —le pregunté, ya caminando hacia la casa con su mano entrelazada en la mía.
—Enorme. Complicada. Exactamente lo que necesitaba para sentir que sigo aprendiendo cosas nuevas, después de tantos años haciendo lo mismo. —Me miró de reojo, con una media sonrisa cómplice—. Y también larga. Muy larga, sin usted cerca cada noche.
—Dos semanas no son tantas.
—Dígaselo a mi calendario, que las ha contado una por una, como si fueran años.
Cenamos esa noche los dos solos en la cocina, con las sobras de una boda del fin de semana anterior recalentadas sin ninguna pretensión, hablando de la obra de Bilbao, de la idea de los retiros de escritura, que ya había avanzado bastante en su ausencia, y de todas las pequeñas cosas cotidianas que se habían acumulado en dos semanas de mensajes cortos y llamadas programadas entre reuniones.
Descubrí, con una certeza tranquila que no esperaba sentir tan pronto, que aquel ritmo nuevo, con sus ausencias y sus regresos, tenía también su propia manera de funcionar: la distancia, en vez de desgastar lo que sentíamos, parecía darle a cada reencuentro una intensidad especial que quizás, en la rutina diaria del verano, habríamos dado por sentada sin darnos cuenta.
Quedaban todavía muchos meses por delante, muchas idas y venidas entre Bilbao y aquella casa, y probablemente más de una noche en la que la distancia pesara más de lo que estaba dispuesta a admitir en voz alta.
Pero esa primera noche, con Gonzalo de vuelta en la cocina, contándome anécdotas de obra con el mismo entusiasmo con el que meses atrás me había explicado presupuestos de reforma, supe que aquello, fuera lo que fuera lo que viniera después, iba a funcionar exactamente igual que había funcionado todo lo demás aquel año: a base de pelear por lo que de verdad importaba, sin dar nada por perdido antes de tiempo.
Antes de dormirnos, ya tarde, con la casa completamente en silencio y las luces del jardín apagadas hacía rato, Gonzalo me preguntó, medio en broma medio en serio, si estaría dispuesta a acompañarlo a Bilbao alguna vez, «solo para ver la obra, y de paso para que conozca la ciudad que se está quedando con la mitad de mi tiempo».
Le dije que sí sin pensarlo demasiado, y mientras me quedaba dormida con su brazo todavía alrededor de mí, pensé que aquella pregunta tan sencilla resumía, mejor que cualquier discurso de aniversario, lo que habíamos aprendido a construir entre los dos: un espacio compartido que no dependía de estar siempre en el mismo sitio, sino de elegir, una y otra vez, seguir formando parte de la vida del otro, viviera esta donde viviera.
Antes de apagar del todo la luz, me quedé un momento mirando el techo, pensando en todo lo que habían cambiado los últimos cuatro meses: el pastel inclinado de la primera boda de junio, la primera discusión en la grava, la tormenta bajo el porche de la capilla, la viga con termitas, el beso bajo el roble, la denuncia urbanística, la jornada de puertas abiertas, la llamada del banco, la cena en la buhardilla.
Cada uno de esos momentos, por separado, había parecido en su día lo bastante grande como para hundirnos o para definirnos entero.
Juntos, mirándolos ahora desde la calma de una noche cualquiera de septiembre, formaban simplemente la historia de cómo Casa Almendra, sin proponérselo, había encontrado la manera de salvarse a sí misma una vez más, esta vez con dos personas nuevas dispuestas a quedarse a cuidarla.
Me quedé dormida pensando en eso, en cuidar cosas, en la extraña certeza de que algunas casas, como algunas personas, solo necesitan que alguien decida quedarse el tiempo suficiente para descubrir todo lo que merece la pena salvar en ellas.