CAPÍTULO 12 #2
Cuando por fin nos quedamos solos, Gonzalo y yo recogimos despacio los restos de la cena, sin prisa, disfrutando del silencio cómodo que solo se consigue después de una noche especialmente buena, y al terminar subimos a sentarnos un rato en el borde de la buhardilla, con las piernas colgando desde la pequeña terraza que se abría junto a la claraboya, mirando el jardín a oscuras y el contorno del roble recortado contra un cielo que empezaba a anunciar, con las primeras noches más frescas, que el verano por fin tocaba a su fin.
—¿Sabe qué llevo pensando desde que nos hemos quedado solos? —dijo Gonzalo, pasándome un brazo por los hombros.
—¿Qué?
—Que hace cuatro meses, la primera vez que subí aquí, este desván estaba lleno de cajas polvorientas y sillas desparejadas, y yo solo veía metros cuadrados desaprovechados. Hoy hemos celebrado aquí la mejor noche de mi año, y no he pensado en metros cuadrados ni una sola vez.
—Los sitios cambian de significado según con quién los mires, supongo.
—O según en qué te conviertes tú mismo mientras los miras. —Me besó la sien, despacio, con esa ternura tranquila que ya formaba parte de nuestras noches más que cualquier otra costumbre—. Sea como sea, gracias por dejarme formar parte de este.
Nos quedamos allí un buen rato más, sin necesidad de decir mucho más, mientras Casa Almendra dormía debajo de nosotros con la tranquilidad de una casa que, por primera vez en mucho tiempo, no tenía ninguna amenaza pendiente sobre la que preocuparse, y pensé que si alguien me hubiera dicho en junio, viendo aquel pastel inclinado a punto de venirse abajo, que el verano iba a terminar así, con una buhardilla llena de gente que quería, un futuro asegurado para la casa y un hombre dispuesto a repartir su vida entre dos ciudades solo para no tener que elegir entre su carrera y yo, probablemente me habría reído en su cara.
Pero así, exactamente así, era como había terminado.
***
Septiembre avanzó con una tranquilidad que a mí, después de un verano entero conteniendo la respiración, me costó varios días asumir del todo como real.
Las bodas de otoño empezaron a desfilar por Casa Almendra con la cadencia habitual de cada temporada, esta vez sin ningún banco vigilando desde la distancia ni ningún grupo hotelero rondando la finca con ofertas envenenadas, y poco a poco fui recuperando esa sensación, casi olvidada, de disfrutar del trabajo sin el peso constante de una amenaza de fondo.
Gonzalo empezó a repartir su tiempo tal como habían acordado con el estudio de Bilbao: dos semanas allí, viviendo en un piso pequeño que había alquilado cerca de la obra, y el resto del mes en Casa Almendra, retomando la rutina que ya considerábamos nuestra sin que ninguno de los dos necesitara ya ninguna excusa profesional para justificarla.
Las primeras semanas de aquella nueva normalidad fueron, lo reconozco, más difíciles de lo que había imaginado: la casa se sentía distinta sin su furgoneta blanca aparcada en la grava cada mañana, y las noches sin sus mensajes constantes, sustituidas por llamadas más cortas y programadas entre reuniones de obra, me recordaban con más fuerza de la que esperaba lo mucho que me había acostumbrado a tenerlo cerca de manera casi permanente.
—Esto es lo normal al principio —me dijo Cata, una tarde en que me pilló mirando el teléfono por tercera vez en diez minutos, esperando un mensaje que sabía que no llegaría hasta la noche—. Cualquier cosa nueva necesita su tiempo de ajuste. No significa que esté yendo mal.
—Ya lo sé. Es solo que después de un verano entero viéndolo cada día, esto de las dos semanas se me hace más largo de lo que pensaba.
—Pues aprovecha esas dos semanas para las cosas que llevas meses posponiendo. Empezando por esa idea tuya de organizar retiros de escritura en la buhardilla, que llevas mencionando desde agosto y todavía no le has dedicado ni una tarde entera.
Cata tenía razón, como de costumbre, y aquella conversación despertó algo que llevaba semanas rondándome sin que le hubiera dado la importancia que merecía: la posibilidad de aprovechar las nuevas instalaciones no solo para bodas, sino para dar forma a una idea que se me había ocurrido durante la reforma de la buhardilla, viendo aquella luz especial que entraba por la claraboya y que parecía pedir, casi por sí sola, algo más tranquilo que el ajetreo habitual de una celebración.
—Un espacio para escritores —le dije a Gonzalo esa misma noche, durante nuestra llamada diaria, con más entusiasmo del que esperaba sentir al decirlo en voz alta por primera vez—.
Fines de semana de retiro, en temporada baja, con la buhardilla como sala de trabajo y el resto de la casa disponible para quien quiera quedarse a dormir.
He estado mirando precios de otros sitios parecidos, y creo que podría funcionar, sobre todo entre noviembre y marzo, cuando apenas tenemos bodas.
—Me parece una idea excelente —dijo él, con un entusiasmo que sonaba sincero incluso a través del teléfono—. Y encaja perfectamente con el plan de negocio que presentamos al banco. Diversificar sin perder la esencia del sitio.
—¿Puede ayudarme a calcular los números, cuando vuelva la semana que viene?