Instrucciones para sujetar un corazón CAPÍTULO 12
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CAPÍTULO 12

Encontré el momento para hablar con Gonzalo dos noches después, no porque hubiera estado esperando el instante perfecto, sino porque cada vez que lo intentaba antes, alguna boda, alguna llamada de proveedor o algún imprevisto de última hora se interponía entre nosotros y la conversación pendiente.

Al final fue él quien la empezó, sentados los dos en el porche con la cena a medio terminar, cuando el silencio entre bocado y bocado se hizo demasiado evidente como para seguir fingiendo que no pensábamos en lo mismo.

—Llevo dos días esperando a que saque el tema —dijo, dejando el tenedor sobre el plato—. Y usted lleva dos días esperando a que lo saque yo. Creo que entre los dos hemos batido un récord de evasión bastante notable, incluso para nuestros estándares.

—Estaba esperando el momento adecuado.

—No existe el momento adecuado para esto, Vega. Solo existe el momento en que uno decide dejar de posponerlo.

Aparté mi propio plato, ya sin demasiado apetito para seguir comiendo, y me obligué a decir en voz alta lo que llevaba días dándole vueltas en la cabeza.

—Creo que debería aceptar el proyecto de Bilbao.

Gonzalo se quedó mirándome, sorprendido, como si hubiera esperado cualquier otra frase menos esa.

—¿Eso piensa de verdad, o es lo que cree que debería decir?

—Las dos cosas a la vez, que es la parte más incómoda de todo esto. Pienso de verdad que sería un error que lo rechazara solo por mí, y también pienso que la idea de que se vaya me da un miedo que no sé muy bien dónde meter.

Gonzalo se quedó callado un momento, procesando mi honestidad con la misma atención con la que procesaba cualquier problema estructural, y cuando por fin habló, lo hizo más despacio de lo habitual, como si cada palabra le costara un esfuerzo distinto al de costumbre.

—He estado dándole vueltas a una idea —dijo—.

No es rechazar el proyecto ni aceptarlo sin más.

Es proponerles dirigirlo a distancia, con presencia física en Bilbao dos semanas al mes, y el resto del tiempo trabajando desde aquí, con desplazamientos cuando la obra los requiera.

No es lo habitual en un proyecto de esa envergadura, pero tampoco es descabellado.

Cada vez hay más despachos que trabajan así.

—¿Y cree que lo aceptarán?

—No lo sé. Depende de cuánto me quieran a mí específicamente, más que a cualquier otro arquitecto con currículum parecido.

—Esbozó una media sonrisa, la primera de toda la conversación—.

Mi antiguo compañero me ha llamado a mí, no a otro.

Eso me da cierto margen para negociar condiciones poco convencionales.

—¿Y si no aceptan la propuesta?

—Entonces tendré que decidir de verdad, sin atajos, y esa decisión no va a ser fácil, se lo aviso desde ahora.

Me acerqué a él, dejando a un lado la cena ya fría, y le cogí la mano con la misma firmeza que él solía usar conmigo en los momentos más inciertos del verano.

—Sea lo que sea que decida, Gonzalo, quiero que sepa que no le estoy pidiendo que renuncie a nada por mí.

Y también quiero que sepa que, si al final tiene que irse a Bilbao entero, sin propuestas intermedias, no pienso dejar que la distancia sea excusa para que esto se acabe.

He pasado media vida ayudando a otras personas a construir la suya.

Puedo aprender a construir la mía a ochenta kilómetros de distancia, si hace falta.

—¿Y si son cien kilómetros? ¿O ciento veinte, según el tráfico de la autopista?

—Entonces aprenderé también a odiar la autopista, que ya tengo bastante práctica odiando cosas por su culpa este verano.

Se rio, con esa risa corta y sincera que tanto me gustaba, y por primera vez desde la llamada de Bilbao, sentí que la conversación, en lugar de abrir una grieta entre los dos, nos había dejado más cerca que antes, con un plan concreto sobre el que trabajar en vez de un miedo difuso flotando sin nombre entre los dos.

***

La cena de aniversario terminó celebrándose un viernes, con la buhardilla ya terminada del todo, iluminada con las mismas luces cálidas que Gonzalo había diseñado para las futuras ceremonias íntimas, y una mesa pequeña dispuesta bajo la claraboya original, justo en el sitio donde meses atrás habíamos encontrado la caja de fotografías antiguas que tanto nos habían enseñado sobre aquella casa.

Mi tía se presentó con un vestido que no le había visto en años, del color verde que solo se ponía, según ella misma explicaba, «para las ocasiones que de verdad lo merecen».

Cata llegó con una tarta hecha por ella misma, esta vez sin quemar por ningún lado, y con Bruno, a quien había empezado a invitar a estas cosas con una naturalidad que nadie se molestó en comentar en voz alta, aunque todos sospecháramos que aquello no era casualidad.

El padre de Gonzalo llegó el último, con una botella de vino que insistió en abrir él mismo, «porque en algunas cosas todavía no me fío del todo del gusto de mi hijo».

—Cuatro meses —dijo mi tía, levantando su copa cuando ya estábamos todos sentados alrededor de la mesa pequeña—.

Cuatro meses desde que este hombre bajó de su coche con cara de estar calculando algo que no le gustaba, y mírennos ahora, celebrando en la sala que él mismo diseñó, en la casa que él mismo ayudó a salvar.

—Por Casa Almendra —brindó Cata—. Y por que la próxima crisis, si viene, tarde al menos un año en aparecer. Necesitamos vacaciones.

Todos nos reímos, y brindamos, y la cena transcurrió entre anécdotas del verano que ya empezaban a sonar, contadas en voz alta con la distancia de unas semanas, más divertidas que aterradoras: el pastel inclinado de la primera boda, la fuente de chocolate averiada, la denuncia urbanística que había estado a punto de arruinarlo todo.

El padre de Gonzalo, que resultó tener un sentido del humor mucho más afilado del que había mostrado en su primera visita, contó con detalle la reacción de su hijo la primera vez que le había hablado de Casa Almendra por teléfono, «con una voz que no le oía usar desde que era adolescente y hablaba de la primera chica que le había gustado en el instituto», comentario que hizo que Gonzalo se atragantara ligeramente con el vino y que yo me pasara el resto de la cena sonriendo sin poder evitarlo.

Cuando llegaron los postres, ya con la noche cerrada del todo y las luces de la buhardilla creando un ambiente que ni el mejor fotógrafo de bodas hubiera sabido mejorar, Gonzalo se levantó de la mesa con una copa en la mano y una expresión que reconocí enseguida como la de alguien que llevaba un rato preparando lo que iba a decir.

—Quiero decir algo, si me lo permiten —empezó, mirando alrededor de la mesa antes de detener la vista en mí—.

Hace cuatro meses llegué a esta casa pensando que iba a hacer un trabajo más, calcular unos números, entregar un informe y seguir con mi vida en otro sitio.

En vez de eso, encontré una familia que no sabía que necesitaba, un negocio que aprendí a querer casi tanto como quienes lo llevan, y una mujer que sabe convertir cualquier desastre en una historia bonita, incluida la mía.

Se giró hacia mí del todo, dejando la copa sobre la mesa con un cuidado que contrastaba con el ligero temblor de su voz.

—También quiero aprovechar para contarles algo.

Esta tarde he hablado con el estudio de Bilbao.

Van a aceptar la propuesta de dirección mixta que les planteé: dos semanas al mes allí, el resto aquí, trabajando también en lo que haga falta en Casa Almendra y en cualquier otro proyecto de la zona que quiera aceptar.

No es la solución perfecta, pero es la que me permite tener las dos cosas que más me importan ahora mismo, sin tener que elegir entre ellas.

Sentí que se me llenaban los ojos de lágrimas, de esas que ya no intentaba disimular delante de mi tía y de Cata, que llevaban todo el verano viéndome pasar por prácticamente cualquier emoción posible, y me levanté para abrazarlo, sin importarme que la mesa estuviera todavía llena de platos de postre a medio terminar.

—Enhorabuena —le dije, contra su hombro—. De verdad. Se lo merece.

—Nos lo merecemos los dos —contestó, apartándose lo justo para mirarme a la cara—. Porque esto no habría sido posible si usted no me hubiera dejado claro, hace unos días, que no tenía que renunciar a nada para que esto funcionara. Así que, en cierto modo, esta noticia es tan suya como mía.

Mi tía, con los ojos igual de brillantes que los míos, levantó de nuevo su copa, esta vez con una sonrisa que le ocupaba toda la cara.

—Por las dos semanas al mes en Bilbao —dijo—, y por todas las demás, que espero que sean muchas más, aquí, con nosotros.

—Por eso —repitieron todos, alzando sus copas, y durante un rato largo, bajo la claraboya de la buhardilla y las luces cálidas que Gonzalo había diseñado pensando en noches exactamente como aquella, nos quedamos los cinco celebrando algo que no tenía nada que ver con bancos, informes ni grupos hoteleros: simplemente, que después de un verano entero peleando por todo lo que nos importaba, habíamos conseguido quedárnoslo, cada uno a su manera.

***

Bruno y Cata se marcharon los primeros, con una excusa poco convincente sobre «madrugar mañana» que hizo sonreír a mi tía de una manera muy elocuente, y el padre de Gonzalo se despidió poco después, no sin antes recordarme, en voz baja, junto a la puerta, que la cláusula de recompra del diez por ciento seguía en pie «para cuando quieran quitarme de en medio, que entiendo que un suegro con participación en el negocio familiar no es la situación más cómoda del mundo».

—Todavía no es mi suegro —le dije, entre risas.

—Todavía —repitió él, con un guiño que me dejó pensando el resto de la noche.