Instrucciones para sujetar un corazón CAPÍTULO 11 #2
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CAPÍTULO 11 #2

De Diego no supimos nada directamente, aunque Cata, que seguía teniendo acceso privilegiado a los cotilleos del pueblo a través de su prima, que trabajaba en la peluquería de mi madre, se enteró unas semanas después de que había pedido el traslado a otra región dentro de la misma empresa, «para nuevos retos profesionales», según la publicación de LinkedIn que ya nadie de Casa Almendra se molestó en leer con atención.

—Buen viaje —dije, cuando Cata me lo contó, y descubrí que lo decía en serio, sin ningún rastro del rencor que hubiera sentido apenas unos meses atrás—. Espero que Correos le trate mejor que a nosotros.

Aquella noche, sentados los dos en el porche con una copa de vino cada uno, celebrando a nuestra manera tranquila el fin oficial de una guerra que había durado casi todo el verano, Gonzalo levantó su copa hacia mí con una expresión que mezclaba el alivio con algo parecido a la expectación.

—Por Casa Almendra —dijo—. Por haber sobrevivido a un banco, a un grupo hotelero, a una viga con termitas y a un ex con muy mal timing.

—Por sobrevivir a todo eso juntos.

—Y por lo que viene ahora —añadió, con una sonrisa que no terminé de descifrar del todo—, que espero que sea mucho más tranquilo que este verano, aunque después de todo lo que hemos vivido, no tengo ninguna garantía de que Casa Almendra sepa hacer las cosas de otra manera.

Brindamos, y mientras el sol se ponía detrás del roble por enésima vez aquel verano, pensé que tenía razón: después de meses de vigas, bancos y grupos hoteleros, la vida en Casa Almendra ya no sabía moverse a un ritmo tranquilo del todo.

Pero por primera vez, esa idea, en lugar de darme miedo, me hacía sonreír, con la misma certeza con la que sabía que, pasara lo que pasara a partir de entonces, no iba a tener que averiguarlo sola.

***

La rutina que siguió a la aprobación del banco fue extraña al principio, casi silenciosa en comparación con el ruido constante de los últimos meses.

Sin fechas límite que perseguir ni amenazas externas que esquivar, las mañanas en Casa Almendra volvieron a llenarse de las cosas de siempre: bodas que preparar, proveedores que coordinar, la rutina de una casa que, después de todo, seguía siendo lo que había sido siempre, solo que ahora con los cimientos más firmes y un futuro que ya no dependía de la buena voluntad de un comité bancario.

Gonzalo cumplió su promesa. Apareció el lunes siguiente sin ninguna excusa profesional, solo con dos cafés y la propuesta de revisar juntos, «por puro placer, no por trabajo», los últimos detalles de cómo organizar la temporada baja que habíamos incluido en el plan original.

Nos sentamos en la mesa del porche, la misma donde meses atrás habíamos discutido cada partida presupuestaria con desconfianza mutua, y descubrimos que trabajar juntos sin la presión del banco de por medio resultaba, contra todo pronóstico, todavía más agradable que antes.

—¿Sabe lo que deberíamos hacer con la buhardilla para octubre?

—preguntó, extendiendo un boceto que evidentemente había dibujado la noche anterior, sin que nadie se lo pidiera—.

Una cena de aniversario, para probar el espacio antes de ofrecerlo oficialmente.

Nada grande. Solo nosotros, su tía, Cata, mi padre si quiere venir.

—¿Aniversario de qué?

—De la primera vez que discutimos en esta grava, con usted diciéndome que era más maleducado de lo que decía el correo. Cuatro meses ya, si contamos desde entonces.

—Cuatro meses discutiendo, besándonos bajo la lluvia y salvando esta casa de un grupo hotelero. Parecen más.

—Los meses intensos siempre parecen más largos. Es una de las pocas cosas que la física no ha conseguido explicar todavía.

Me reí, y acepté la propuesta con más entusiasmo del que hubiera admitido delante de cualquier otra persona, y durante los días siguientes, entre boda y boda, fuimos preparando aquella pequeña celebración con el mismo cuidado que le poníamos a cualquier evento de verdad, aunque esta vez el único objetivo fuera, simplemente, celebrar que seguíamos ahí, juntos, sin ningún banco respirándonos en la nuca.

Fue precisamente en medio de esos preparativos cuando Gonzalo recibió una llamada que le cambió la cara de una manera que no le había visto desde la primera denuncia urbanística, aunque esta vez, por lo que pude deducir de su expresión, no se trataba de ninguna mala noticia.

—Era un antiguo compañero del estudio grande —explicó, guardando el teléfono con una mezcla de sorpresa y algo más difícil de nombrar—.

Están rehabilitando un conjunto de edificios históricos en el centro de Bilbao, un proyecto enorme, de los que solo se presentan una vez cada diez años en la carrera de cualquier arquitecto.

Quieren que dirija yo la parte de patrimonio.

—Eso suena importante.

—Lo es. Sería el proyecto más grande que he tenido nunca, con diferencia.

—Se quedó mirando el boceto de la buhardilla que todavía teníamos extendido sobre la mesa, como si de repente le costara conectar las dos ideas—.

También significaría pasar la mayor parte de la semana en Bilbao, al menos durante el primer año, quizás más.

No dije nada de inmediato, porque la noticia, tan repentina, me pilló procesando dos sentimientos contradictorios a la vez: la alegría genuina por una oportunidad que Gonzalo llevaba, sospechaba, toda la vida esperando sin decirlo en voz alta, y un miedo mucho más egoísta, mucho más pequeño, que no tardó en aparecer justo cuando empezábamos a construir algo que ya no dependía de ningún banco ni de ninguna reforma.

—¿Qué les ha dicho? —pregunté, al final, con la voz más firme de lo que sentía por dentro.

—Que necesitaba pensarlo. Que tenía... —Me miró, buscando las palabras con el mismo cuidado que ponía en cualquier informe importante—.

Que tenía cosas aquí que también me importaban mucho, y que no quería decidir nada sin hablarlo primero con la persona que más se iba a ver afectada por mi respuesta.

Quedaban apenas unos días para la pequeña cena de aniversario que habíamos empezado a planear con tanta ilusión, y de repente, sin que ninguno de los dos lo hubiera visto venir, teníamos delante una decisión mucho más grande que cualquier viga con termitas o cualquier denuncia anónima: la de averiguar si lo que habíamos construido aquel verano era lo bastante fuerte como para sobrevivir, esta vez, no a una amenaza externa, sino a la vida real, con sus oportunidades imposibles de rechazar y sus kilómetros de distancia de por medio.

Esa noche no hablamos más del tema, ninguno de los dos con ganas de estropear la calma recién recuperada con una conversación que intuíamos larga y complicada, pero me quedé despierta mucho después de que Gonzalo se fuera, dándole vueltas a la misma pregunta que sin duda también le quitaba el sueño a él: si una relación nacida entre vigas, presupuestos y una amenaza compartida podía sostenerse igual de firme cuando la amenaza desaparecía y, en su lugar, aparecía algo mucho más difícil de pelear, porque no tenía ni villano ni fecha límite.

Solo una elección, la de él, que también terminaría siendo, quisiera o no, una elección mía.

***

Le conté la noticia a Cata al día siguiente, mientras las dos revisábamos el inventario de mantelería antes de la boda del sábado, y su reacción, lejos de la efusividad habitual, fue una seriedad que rara vez le veía fuera de las conversaciones realmente importantes.

—¿Y tú qué quieres que haga? —preguntó, doblando un mantel con más cuidado del necesario, como si necesitara las manos ocupadas para pensar mejor.

—No lo sé. Quiero que sea feliz. Y también quiero, de una manera bastante menos noble, que no se vaya a vivir a ochenta kilómetros de aquí.

—Las dos cosas no tienen por qué ser incompatibles, Vega. Bilbao no es la luna. Hay trenes, hay coches, hay fines de semana. Mucha gente lleva relaciones a distancia mucho más dura que ochenta kilómetros.

—Ya lo sé. Pero después de un verano entero acostumbrándome a que apareciera cada mañana con su furgoneta, la idea de que solo lo vea los fines de semana me da un vértigo que no sé si es razonable o simplemente egoísta.

Cata dejó el mantel a un lado y me miró con esa mezcla de cariño y franqueza que solo se permitía en los momentos que de verdad importaban.

—No es egoísta querer que la persona que quieres esté cerca.

Lo que sería egoísta es pedirle que rechace el proyecto de su carrera solo para quedarse aquí doblando servilletas contigo el resto de su vida.

Y por lo que le conozco, aunque sea poco, no creo que él fuera capaz de perdonárselo a sí mismo si lo hiciera y luego, dentro de unos años, se preguntara qué habría pasado con aquel proyecto en Bilbao.

Tenía razón, como solía tenerla en casi todo lo que de verdad importaba, y aquella conversación, aunque no resolvió nada de manera inmediata, me ayudó a entender que la decisión que se avecinaba no consistía en elegir entre Gonzalo y la casa, ni siquiera entre Gonzalo y yo misma, sino en encontrar una manera de que ninguno de los dos tuviera que renunciar a lo que era, en el fondo, para que lo nuestro pudiera seguir teniendo sentido.

—Habla con él antes de la cena de aniversario —dijo Cata, ya de vuelta a los manteles—. No dejes que se convierta en el tema que ninguno de los dos se atreve a sacar mientras brindáis con vino bueno fingiendo que todo sigue igual.

—No pensaba hacerlo.

—Ya, claro. Como tampoco pensabas contarle lo de Diego a la primera, y mira cómo terminó aquello.

Le saqué la lengua, como si tuviera diecisiete años en vez de treinta y uno, y seguimos doblando manteles en un silencio cómodo, cada una perdida en sus propios pensamientos sobre lo que se avecinaba: para mí, una conversación que llevaba pendiente desde la llamada de Bilbao; para Cata, sospeché, la certeza tranquila de que, pasara lo que pasara, iba a estar ahí para sujetar lo que hiciera falta, tenedor en mano, como llevaba haciendo desde el principio de aquel verano interminable.