Instrucciones para sujetar un corazón CAPÍTULO 11
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CAPÍTULO 11

El teléfono del despacho sonó a las nueve y cuarto de la mañana, mientras mi tía revisaba el correo con la taza de café todavía humeante y yo terminaba de colocar las últimas sillas de una boda que se celebraba esa misma tarde.

Reconocimos el número antes de que ella descolgara, porque a esas alturas del verano ya nos sabíamos de memoria el prefijo de la sucursal, y los tres —Gonzalo había llegado temprano, como cada mañana desde hacía semanas— nos quedamos completamente inmóviles, como si movernos pudiera de alguna manera alterar lo que fuera a decir la voz al otro lado.

—Casa Almendra, dígame —contestó mi tía, con una serenidad que a mí, viéndole temblar ligeramente la mano libre, me pareció puramente actuada.

Escuchamos su parte de la conversación con la respiración contenida: «sí», «entiendo», «¿eso significa que...

?», y entonces, de repente, la vimos llevarse la mano a la boca y cerrar los ojos, y durante un segundo entero ninguno de los dos supimos si aquello era la reacción de una buena noticia o de una catástrofe.

—Gracias. Muchísimas gracias. Se lo comunico ahora mismo a mi sobrina y al arquitecto —dijo, colgando por fin, con la voz ya quebrada.

—¿Y bien? —pregunté, incapaz de aguantar ni un segundo más de incertidumbre.

Mi tía abrió los ojos, y en ellos había lágrimas de las buenas, de las que yo conocía tan bien de tantas ceremonias ajenas y que nunca había visto en ella misma por algo que nos perteneciera a nosotras.

—Aprobado —dijo—. El comité ha aprobado la refinanciación. Con las condiciones que pedimos, con el plazo que necesitábamos. Casa Almendra sigue siendo nuestra.

***

Lo que siguió fue una mezcla de abrazos, lágrimas y una llamada a Cata que interrumpió a media frase para que viniera corriendo desde la cocina, todavía con un delantal puesto y las manos llenas de harina, convencida por nuestros gritos de que había pasado alguna desgracia.

Cuando por fin entendió la noticia, soltó un chillido tan agudo que espantó a los dos gorriones que llevaban toda la mañana posados en el roble, y se unió al abrazo colectivo sin siquiera quitarse el delantal.

—Nueve meses —dijo mi tía, cuando por fin conseguimos calmarnos lo suficiente para hablar con frases completas—. Nueve meses viviendo con esto encima. Se me había olvidado lo que era respirar sin esa losa en el pecho.

Gonzalo se había quedado un poco al margen del abrazo colectivo, observándonos a las tres con una sonrisa que mezclaba la alegría profesional del trabajo bien hecho con algo más difícil de nombrar, y cuando por fin me giré hacia él, entendí, mirándole la cara, que aquella victoria significaba para él algo mucho más personal que cualquier informe de viabilidad.

—Lo ha conseguido —le dije, acercándome—. De verdad lo ha conseguido.

—Lo hemos conseguido. Los cuatro. —Me cogió de las manos, con los ojos brillantes de una manera que no le había visto ni siquiera la noche del beso bajo el roble—.

Aunque le voy a confesar algo: llevo nueve semanas trabajando en este proyecto como si fuera el más importante de mi carrera, y no es solo por la casa, ni por la promesa que me hice después de lo de mi abuelo.

—¿Por qué es, entonces?

—Ya lo sabe.

Lo besé allí mismo, delante de mi tía y de Cata, que fingieron muy poco disimuladamente estar mirando hacia otro lado, y por un momento, con la noticia de la aprobación todavía resonando en el aire y el jardín preparado para recibir otra boda esa misma tarde, sentí que todo lo que llevábamos meses construyendo —la casa, el amor, la familia improvisada de los cuatro— había encontrado, por fin, el terreno firme que necesitaba para seguir creciendo.

***

La boda de esa tarde salió, contra todo pronóstico dado el estado de ánimo general de la casa, sin ningún incidente digno de mención, como si hasta el universo hubiera decidido darnos un respiro después de meses de sobresaltos constantes.

Fue al día siguiente, ya con la euforia de la aprobación asentándose en algo más parecido a la normalidad, cuando empecé a notar algo raro en Gonzalo: una distancia pequeña, casi imperceptible, que se coló entre nosotros mientras revisábamos juntos los últimos detalles administrativos de la financiación ya aprobada.

—¿Está bien? —le pregunté, viéndolo repasar por tercera vez el mismo documento sin necesidad real de hacerlo.

—Estoy bien. Solo pensando en los próximos pasos.

—¿Qué próximos pasos?

Dejó el documento sobre la mesa y se quedó callado un momento, con esa expresión suya de quien está calculando algo que no termina de gustarle, aunque esta vez supe, con una certeza incómoda, que no se trataba de ningún problema estructural ni de ninguna cifra del banco.

—Técnicamente, mi trabajo aquí ha terminado, Vega. La reforma está hecha, el informe está aprobado, la financiación está cerrada. No tengo ninguna excusa profesional para seguir facturando horas a Casa Almendra.

—Ya hablamos de esto. Dijo que iba a seguir viniendo con su furgoneta.

—Lo dije, y lo digo en serio. Pero una cosa es decirlo la noche que celebramos el informe del ayuntamiento, con la adrenalina todavía en el cuerpo, y otra muy distinta es que a partir de la semana que viene, cuando ya no haya nada que medir ni ningún expediente que defender, todo lo que tengamos sea...

esto. Nosotros, sin ningún proyecto de por medio que nos obligue a vernos cada mañana.

—¿Y eso le preocupa?

—Me preocupa no saber si lo que hay entre nosotros aguanta sin la excusa del trabajo. Llevamos dos meses construyendo esto entre vigas, presupuestos y una amenaza constante de perderlo todo. No sé cómo es querernos sin ese ruido de fondo, y no se lo voy a negar: me da vértigo averiguarlo.

Aquella confesión, tan honesta y tan inesperada, me tocó de una manera que no supe gestionar de inmediato, porque llevaba semanas dando por hecho que lo nuestro era lo bastante sólido como para no necesitar ninguna prueba adicional, y de pronto descubría que Gonzalo, con toda su seguridad aparente, cargaba con la misma clase de miedo que yo llevaba arrastrando desde Diego, solo que disfrazado de otra forma.

—¿Sabe qué pienso yo? —le dije, sentándome frente a él, buscando sus manos sobre la mesa llena de papeles—.

Pienso que llevamos dos meses queriéndonos entre vigas y presupuestos porque esas eran las circunstancias que nos tocaron, no porque necesitáramos ese ruido de fondo para que funcionara.

Sujeté pasteles con tenedores mucho antes de conocerlo, y voy a seguir haciéndolo mucho después de que su furgoneta deje de tener ninguna excusa profesional para aparcar en esta grava.

Eso no ha sido nunca lo que nos ha unido.

—¿Entonces qué ha sido?

—Que usted se paró a arreglar una fuente de chocolate en pleno cumpleaños hawaiano sin que nadie se lo pidiera.

Que dibujó sillas mirando al jardín en un plano que no le hacía falta tan detallado.

Que se quedó despierto hasta la una de la madrugada rellenando formularios, no porque yo se lo exigiera, sino porque de verdad le importaba que esta casa siguiera en pie.

Ninguna de esas cosas tenía que ver con facturar horas, Gonzalo. Tenían que ver con usted, sin más.

Se quedó mirándome un momento, con esa atención suya que ya formaba parte de mi vocabulario emocional tanto como cualquier palabra, la tensión de sus hombros fue cediendo, como quien deja caer un peso que llevaba cargando sin darse cuenta de lo mucho que pesaba.

—Tiene razón —dijo, al final—. Es solo que no estoy acostumbrado a que algo bueno dure más allá del proyecto que lo hizo posible. En mi trabajo, cuando termina la obra, termina también la relación con el cliente. Firmamos, nos despedimos, y cada uno sigue su camino.

—Yo no soy una clienta, Ferreira.

—Ya lo sé. Por eso me da tanto vértigo.

—Pues empecemos a acostumbrarnos juntos a que esto no se acaba con la última factura.

Invénteme una excusa nueva cada semana, si hace falta.

Revisar la instalación eléctrica cada seis meses, comprobar que la buhardilla sigue en pie, lo que se le ocurra.

O, mejor todavía, no se invente ninguna excusa, y venga simplemente porque quiere verme, como hace cualquier persona normal que no necesita facturar horas para justificar querer a alguien.

Sonrió, por fin, con esa sonrisa entera que ya reconocía como la más sincera de su repertorio, y me atrajo hacia él por encima de la mesa llena de papeles, tirando sin querer un vaso de agua que ninguno de los dos se molestó en recoger hasta mucho después.

—Trato hecho —dijo, contra mi pelo—. Aunque le advierto que se me van a acabar las excusas creativas antes de octubre.

—Para entonces ya se me habrá ocurrido alguna a mí.

***

La confirmación de que Grupo Iturralde Hoteles había decidido retirarse definitivamente llegó de la manera menos dramática posible: un correo escueto de Marta Ibargüen, dirigido a mi tía, agradeciendo «el tiempo dedicado a valorar nuestra propuesta» y deseándonos «éxito en los futuros proyectos de la finca», sin ninguna mención a denuncias urbanísticas, salones rivales ni ofertas triples a arquitectos ajenos.

Cata lo leyó en voz alta en la cocina, con un tono tan exageradamente ceremonioso que sonó a lectura de sentencia judicial, y terminó doblando la pantalla del móvil como quien cierra un libro después del capítulo final.

—Se acabó —dijo—. Sin disculpas, sin reconocer nada. Muy propio de gente que solo entiende el lenguaje de perder dinero.

—Mejor así —dijo mi tía, sirviéndose una copa de vino que esta vez sí se bebió entera de un trago—. No necesito sus disculpas. Necesito que desaparezcan de mi vida, y con esto ya lo han hecho.