CAPÍTULO 10 #2
—Lo dijiste también después de la boda de los Etxeberria —le recordé, sirviéndole un café que aceptó con la gratitud de quien recibe agua en el desierto.
—Esta vez lo digo en serio.
Recogimos el jardín entre los cuatro, con esa lentitud agradable de las mañanas sin prisa, comentando cada detalle de la jornada anterior como quien repasa las mejores jugadas de un partido ya ganado: la cara del padre de los Iturri al reconocer el roble en una foto de hace veinte años, la banda de música improvisada que Cata había contratado con apenas dos días de antelación, la manera en que Marta Ibargüen se había ido, con su vestido demasiado elegante, sin conseguir absolutamente nada de lo que había venido a buscar.
—¿Creéis que va a rendirse? —pregunté, doblando manteles que oliían todavía a cera de las velas de la noche anterior.
—No —dijo Gonzalo, sin dudarlo—. Pero le hemos hecho perder terreno, que es distinto. Y en once días se acaba su plazo de agosto ampliado, así que si no ha conseguido nada para entonces, tendrá que decidir si sigue insistiendo o busca otra finca a la que amargarle el verano.
—Qué manera más suya de ser optimista —dijo Cata, todavía con la cabeza apoyada en la mesa—. «Le hemos hecho perder terreno.» Cualquiera diría que está describiendo una boda, no una guerra empresarial.
—A estas alturas del verano, ya no sé muy bien dónde está la diferencia —contesté, y los cuatro nos reímos, con esa risa floja y agradecida de quien por fin puede permitirse encontrarle la gracia a algo que hace apenas dos meses le quitaba el sueño.
Mi tía, sentada en el último escalón del porche, nos miró a los tres con una expresión que no supe interpretar del todo hasta que habló.
—¿Sabéis qué he pensado, viéndoos a los tres trabajar juntos estos meses?
—dijo—. Que esta casa lleva veinticinco años necesitando exactamente esto.
No solo reformas, ni informes bancarios, ni jornadas de puertas abiertas.
Gente dispuesta a pelear por ella como si fuera suya de verdad.
Vega siempre lo ha hecho. Cata también, aunque cobre por ello.
Pero usted, Gonzalo, ha llegado de fuera y ha decidido pelear igual, sin que nadie de la familia le obligara a hacerlo.
—No lo he decidido yo solo —dijo Gonzalo, buscando mi mano con la suya sin ningún disimulo—. Me lo puso fácil una organizadora de bodas que sujeta pasteles con tenedores y convence a novias indecisas con tres frases hechas.
—Cuatro frases, como mínimo. Nunca subestime mi repertorio.
La tarde se nos fue entre risas, entre recoger lo último del jardín y entre planear, ya con más calma, los últimos detalles antes de la fecha límite que se acercaba: la documentación final para el banco, la reunión de confirmación que esperábamos en cualquier momento, y la sensación, cada vez más firme, de que después de un verano entero defendiendo aquella casa con uñas y dientes, estábamos a punto de averiguar si todo aquel esfuerzo había merecido la pena.
Once días. Once días para que el quince de septiembre dejara de ser una fecha temida en el calendario y se convirtiera, con suerte, en el día en que Casa Almendra dejara atrás, de una vez por todas, la sombra que llevaba meses persiguiéndola.
***
Mi madre llamó esa misma noche, a la hora de siempre, entre el telediario y su serie, y por primera vez en año y medio no mencionó a Diego ni una sola vez.
—Me ha llamado tu tía —dijo, en cambio, con un tono que no reconocí del todo, más suave de lo habitual—. Me ha contado lo de la jornada de puertas abiertas. Siete reservas en una tarde, Vega. Está muy orgullosa de ti.
—Fue un trabajo de equipo. Cata, mi tía, Gonzalo.
—Ese es el arquitecto, ¿no? El que lleva la reforma.
—Ese es.
Se produjo un silencio breve al otro lado de la línea, el tipo de silencio que en mi madre normalmente precede a una pregunta incómoda, y me preparé mentalmente para lo que fuera a venir a continuación.
—¿Y qué tal es? Como persona, digo. No como arquitecto.
La pregunta, tan sencilla, tan distinta de las comparaciones habituales con Diego y su nueva novia de Correos, me pilló tan desprevenida que tardé un momento en encontrar la respuesta.
—Es de los que se quedan despiertos hasta las tantas rellenando formularios para que no me quiten la casa, mamá.
Es de los que doblan servilletas mejor que cualquier profesional que hayamos contratado nunca, y que discuten conmigo sobre presupuestos sabiendo que voy a acabar dándoles la razón solo si me lo explican con la paciencia suficiente. Es bueno. Muy bueno, en realidad.
—Suena mejor que Diego.
—Mamá.
—Solo digo lo que pienso. —Casi pude verla encogiéndose de hombros al otro lado de la línea, con esa media sonrisa suya que solo usaba cuando estaba a punto de decir algo que consideraba objetivamente cierto e innegable—.
Invítalo a comer un domingo. Quiero conocer al hombre que ha conseguido que mi hija hable de presupuestos con esa voz.
—¿Qué voz?
—La que llevas usando toda la llamada, Vega. La misma que usabas de adolescente cuando hablabas del chico que te gustaba en el instituto, solo que ahora disimulas peor.
Colgué el teléfono riéndome sola, sentada en el borde de la cama, con una sensación cálida en el pecho que no tenía nada que ver con el alivio de las reservas nuevas ni con la victoria pequeña frente a Marta Ibargüen.
Tenía que ver, simplemente, con la certeza de que aquel verano, entre vigas con termitas y denuncias anónimas, había cambiado algo mucho más importante que el futuro financiero de Casa Almendra: había cambiado, sin que yo lo planeara del todo, la manera en que hablaba de mi propia vida cuando alguien me preguntaba por ella.
Le escribí a Gonzalo antes de dormir, como ya era costumbre, contándole lo de la llamada de mi madre y su petición de invitarlo a comer un domingo cualquiera, sin bodas ni reformas de por medio.
«Su madre tiene buen gusto», contestó, casi al momento. «Acepto la invitación encantado. Aunque le advierto que no sé hacer conversación de sobremesa tan bien como calculo cargas estructurales.»
«Con doblar bien la servilleta le basta. Mi madre se conforma con poco, la pobre.»
«Entonces tengo el trabajo hecho de antemano.»
Dejé el teléfono en la mesilla, sonriendo todavía, y pensé que quedaban once días hasta el quince de septiembre, y que por primera vez en todo el verano, esa cifra no me daba solo miedo, sino también, en la misma medida, una impaciencia extraña por ver qué forma iba a tomar, por fin, todo lo que llevábamos meses construyendo entre papeles de banco, vigas reparadas y una casa que, contra todo pronóstico de Grupo Iturralde Hoteles, seguía llenándose de gente dispuesta a celebrar su vida entera bajo el mismo roble de siempre.
El lunes, con la casa ya recogida del todo y el calendario de septiembre empezando a llenarse con las siete reservas nuevas, Gonzalo se presentó antes de lo habitual con una noticia que no esperaba tan pronto: el informe favorable del ayuntamiento había llegado, sellado y firmado, tres días antes de lo previsto.
—Con esto —dijo, dejando el documento sobre la mesa de la cocina con el mismo cuidado con el que trataba cualquier papel importante—, ya no nos queda nada pendiente que presentar al banco.
Expediente urbanístico cerrado, financiación asegurada, informe de viabilidad completo.
Solo queda esperar la resolución final del comité.
—¿Cuánto tardarán?
—El director de la oficina me ha dicho que, con toda la documentación ya en regla, podrían resolver en cuestión de días. Antes del quince, seguro.
Aquella frase, «antes del quince, seguro», llevaba meses siendo la promesa que todos necesitábamos escuchar, y oírla por fin de labios de Gonzalo, con el informe del ayuntamiento ya sellado sobre la mesa, me produjo una sensación de alivio tan repentina que tuve que sentarme un momento, con las piernas menos firmes de lo que me hubiera gustado admitir.
—Vamos a conseguirlo —dije, más para mí misma que para él, como quien necesita oír la frase en voz alta para empezar a creérsela del todo.
—Vamos a conseguirlo —repitió Gonzalo, sentándose a mi lado y cogiéndome la mano con esa firmeza tranquila que ya formaba parte de mi vida diaria tanto como el olor a café de las mañanas en la cocina—.
Y cuando lo consigamos, Vega, quiero que sepa que pienso seguir viniendo cada mañana con mi furgoneta, aunque ya no quede ni una sola viga por revisar.
—Se lo voy a tomar como una promesa formal, Ferreira.
—Tómeselo como quiera. Pero pienso cumplirla.
Guardamos el informe del ayuntamiento junto al resto de la documentación, en la misma carpeta azul que Gonzalo había elegido con tanto cuidado semanas atrás, y mientras la cerraba, pensé en todo lo que habíamos metido dentro sin planearlo: la licencia de obra, los certificados de la viga, la tasación independiente, y ahora también, aunque ningún funcionario fuera a leerla nunca, la certeza tranquila de que fuera cual fuera la resolución final del banco, aquel verano nos había dado algo que ninguna cifra podía reflejar en ningún informe.