CAPÍTULO 10
Ninguno de los cuatro había organizado nunca una jornada de puertas abiertas, así que improvisamos el formato a partir de lo único que sabíamos hacer de verdad: montar una boda.
Cata se encargó de las invitaciones, un mensaje breve y sin florituras que mandamos a todas las parejas con reserva pendiente y a unas cuantas más que solo habían pedido información en los últimos meses.
Mi tía se puso con el menú de degustación, decidida a que nadie saliera de Casa Almendra sin probar al menos tres de nuestros postres estrella.
Gonzalo, por su parte, se pasó tres noches seguidas terminando los últimos flecos de la buhardilla, con Bruno de refuerzo, para que la sala estuviera lista antes del sábado, aunque eso significara acostarse pasada la medianoche y presentarse en la reforma otra vez a las ocho de la mañana.
Yo me ocupé de lo que mejor sé hacer: convertir el jardín en un lugar capaz de contar, sin necesidad de folletos ni presentaciones, por qué merecía la pena elegirlo.
Saqué del desván las fotografías antiguas que habíamos encontrado meses atrás, las mismas que Gonzalo había hojeado con tanto cuidado la primera semana, y las colgué en una cuerda tendida entre dos ramas del roble, junto a fotos más recientes de las bodas de aquel mismo verano, para que cualquiera que caminara por debajo pudiera ver, de un solo vistazo, veinticinco años de la misma historia repitiéndose con caras distintas.
—Esto es mejor que cualquier folleto que hubiera podido diseñar un departamento de marketing —dijo Gonzalo, la tarde antes de la jornada, mirando la cuerda llena de fotografías con una expresión que ya no tenía nada de calculadora—.
Espacio Iturralde Eventos puede tener césped artificial. Esto no lo van a poder copiar nunca.
***
El sábado amaneció despejado, sin ni rastro de las tormentas repentinas que habían protagonizado buena parte de nuestro verano, como si hasta el cielo hubiera decidido darnos una tregua justo el día que más la necesitábamos.
A las once, media hora antes de la apertura oficial, ya había coches aparcando en la grava, y a las doce, cuando técnicamente empezaba el recorrido, el jardín estaba lleno de parejas paseando entre las mesas de degustación, subiendo a curiosear la buhardilla recién terminada y deteniéndose, casi todas, frente a la cuerda de fotografías tendida entre las ramas del roble.
—Mira esta —oí decir a una chica joven, señalando una foto en blanco y negro de los años noventa—, son mis padres. Se casaron aquí.
Resultó que no era la única. Al menos cuatro de las parejas que pasaron aquella tarde por Casa Almendra descubrieron, mirando las fotografías, que sus propios padres, o sus tíos, o algún vecino del pueblo, habían celebrado su boda bajo el mismo roble décadas atrás, y esa sorpresa, repetida una y otra vez a lo largo de la tarde, hizo más por convencer a la gente de que aquel sitio tenía algo irrepetible que cualquier argumento que yo hubiera podido preparar de antemano.
Cata se encargó de guiar los grupos más numerosos, con un discurso que se había aprendido de memoria y que mejoraba cada vez que lo repetía, mientras mi tía atendía la mesa de postres con la energía de alguien que llevaba meses esperando exactamente esa ocasión para lucirse.
Gonzalo, por su parte, se quedó en la buhardilla, explicando a cada grupo que subía los detalles de la reforma con un entusiasmo que ya no tenía nada de la distancia técnica del primer día, señalando la claraboya original, contando la historia de la viga con termitas como si fuera una anécdota divertida en vez del susto que en realidad había sido.
—Su arquitecto sabe vender el proyecto casi tan bien como usted vende la casa —me dijo Cata, en un momento de respiro entre grupo y grupo, viendo a Gonzalo gesticular frente a media docena de futuros novios embelesados con la historia de la claraboya.
—No es «mi» arquitecto. Bueno, sí lo es. En más de un sentido.
—Ya lo sé, Vega. Llevo meses viéndolo venir.
***
A media tarde, cuando el jardín estaba en su momento de mayor afluencia, con el olor a los postres de mi tía mezclándose con el de las flores recién cortadas y una banda de música local que Cata había contratado en el último minuto tocando algo suave junto a la capilla, una mujer que no reconocí entró por la puerta principal con un vestido demasiado elegante para tratarse de una simple visitante curiosa.
—Vega Alonso —dijo, tendiéndome una mano con una sonrisa profesional que no le llegaba del todo a los ojos—. Marta Ibargüen. Nos hemos hablado por teléfono varias veces, aunque nunca en persona.
Sentí que el estómago me daba un vuelco, la misma sensación de aquella primera llamada de julio, aunque esta vez, rodeada de gente, de música y de un jardín lleno de parejas descubriendo fotos de sus propios padres, la sensación se transformó rápido en algo más parecido a la indignación que al miedo.
—No la esperaba aquí.
—Tenía curiosidad por ver en persona el sitio que tanto está costando convencer. —Miró alrededor, con una expresión que intentaba parecer neutra y que no conseguía disimular del todo la sorpresa ante la cantidad de gente que llenaba el jardín—. Debo admitir que han montado un buen espectáculo.
—No es un espectáculo. Es lo que llevamos haciendo veinticinco años, solo que hoy lo hemos abierto a más gente de la habitual.
Gonzalo, que había bajado de la buhardilla al ver la escena desde la ventana, se acercó justo a tiempo de escuchar el final de la conversación, y su presencia, calmada pero firme a mi lado, me dio la seguridad que necesitaba para no dejar que la sonrisa profesional de Marta Ibargüen me hiciera sentir, ni por un segundo, que estábamos jugando en desventaja.
—Señora Ibargüen —dijo él, con una cortesía que ya reconocía como su arma más afilada—. Qué sorpresa. ¿Viene a comparar el césped artificial de su nuevo salón con las raíces de veinticinco años que tenemos aquí?
—Vengo a ver si el informe del ayuntamiento, que según tengo entendido ha resultado favorable, va a hacer que reconsideren nuestra oferta antes de que expire a final de mes.
—No va a hacerlo —dije, sin dejar que la frase de Gonzalo terminara de asentarse antes de añadir la mía—.
Y esta jornada, con toda la gente que ve usted aquí, es la mejor respuesta que le puedo dar.
Casa Almendra no está en venta, señora Ibargüen.
No lo estaba en julio, y no lo está ahora, con más razón todavía.
Se quedó mirándome un segundo, calculando, quizás, si merecía la pena insistir delante de tantos testigos, y al final se limitó a asentir, con una calma que no terminaba de convencerme del todo de que aquella fuera, de verdad, su última carta.
—La oferta sigue en pie hasta final de mes. Disfruten de la fiesta.
***
Se fue tan discretamente como había llegado, dejando tras de sí una sensación extraña, mezcla de victoria pequeña y amenaza aplazada, que intenté no dejar que me estropeara el resto de la tarde.
Para cuando cayó la noche, con las luces del jardín encendidas y la banda tocando algo más animado mientras los últimos invitados terminaban sus copas de vino, habíamos conseguido siete reservas nuevas en firme, tres consultas serias para el año siguiente, y la promesa, nada desdeñable, de dos de las parejas dudosas que habían estado a punto de cambiarse a Espacio Iturralde Eventos, de quedarse con nosotros después de todo.
—Siete reservas —repitió mi tía, sentada en el porche con los pies descalzos por fin, después de un día entero de pie—. En una sola tarde. No recuerdo la última vez que conseguimos tantas de golpe.
—Espacio Iturralde Eventos acaba de perder siete clientes que creía tener casi asegurados —dijo Cata, con una satisfacción que no se molestó en disimular—. Que le den con el césped artificial.
Gonzalo se sentó a mi lado, en el escalón del porche, con esa mezcla de cansancio y euforia que solo dan los días que salen mejor de lo que uno se atreve a esperar, y me pasó un brazo por los hombros mientras contemplábamos juntos el jardín ya casi vacío, con las últimas luces encendidas y las mesas de degustación reducidas a bandejas medio vacías.
—¿Sabe qué me ha gustado más de hoy? —dijo, después de un rato de silencio compartido—.
No ha sido el informe del ayuntamiento, ni las siete reservas, ni siquiera ver la cara de Marta Ibargüen cuando le ha dejado claro que no pensaba ceder.
Ha sido ver a esa chica reconociendo a sus padres en una fotografía de hace treinta años, y darme cuenta de que en unos años, si todo sale bien, alguien va a mirar una foto de hoy y va a reconocer a otra pareja, quizás incluso a nosotros, colgada de la misma cuerda entre las mismas ramas.
—¿Está diciendo que se imagina una foto suya colgada de ese roble, Ferreira?
—Estoy diciendo que llevo dos meses imaginándome muchas más cosas de las que me atrevo a admitir en voz alta, y que hoy, viendo todo esto, me ha parecido buen momento para empezar a decir alguna.
Me giré hacia él, con el corazón acelerado de una manera que ya no tenía nada que ver con el miedo de los últimos meses, y antes de que pudiera preguntarle exactamente a qué se refería, me besó despacio, con la misma certeza tranquila del primer beso bajo el roble, solo que esta vez rodeados de las fotos de veinticinco años de historias que, sin habérnoslo propuesto del todo, habíamos empezado a formar parte de la nuestra.
***
El domingo, con la casa todavía oliendo a las flores de la jornada anterior y el jardín lleno de sillas por recoger, nos tomamos, por acuerdo tácito de los cuatro, la mañana con más calma de la que nos habíamos permitido en semanas.
Cata llegó tarde, con unas ojeras que delataban que la celebración posterior a las reservas nuevas se había alargado bastante más de lo prudente, y se dejó caer en una silla del porche con un gemido dramático que hizo reír hasta a mi tía.
—No vuelvo a beber cava un domingo por la mañana en mi vida —anunció, sujetándose la cabeza con ambas manos.