CAPÍTULO 9 #3
—La de recordarle a la gente por qué elige un sitio con alma en vez de un catálogo de IKEA con flores, como ha dicho tan bien la hija de los Iturri.
—Mi tía sonrió, con esa determinación suya que llevaba meses reapareciendo poco a poco desde la primera llamada del banco—.
Vamos a organizar una jornada de puertas abiertas.
Este fin de semana. Invitamos a todas las parejas con boda pendiente, a sus familias, y les enseñamos exactamente lo que Espacio Iturralde Eventos nunca va a poder ofrecerles: veinticinco años de historia real, no un césped artificial recién instalado.
Gonzalo, que llevaba toda la conversación tomando notas en su tablet con la concentración de siempre, levantó la vista con una expresión que reconocí enseguida: la de alguien que acaba de encontrar la manera de convertir un ataque en una oportunidad, exactamente igual que había hecho semanas atrás con la oferta de compra de Iturralde.
—Puedo tener la buhardilla lista para enseñarla ese mismo fin de semana —dijo—.
Aunque los últimos detalles no estén terminados del todo, la estructura y la sala ya están presentables.
Sería la primera vez que se enseña al público, y sería la prueba viviente de que aquí no solo se conserva lo antiguo, también se construye algo nuevo encima, sin perder el alma por el camino.
Quedaban apenas nueve días hasta el quince de septiembre, un informe urbanístico pendiente de confirmación final, una jornada de puertas abiertas por organizar en tiempo récord, y un grupo hotelero que, por lo visto, no pensaba dejar de jugar cartas hasta el último segundo posible.
Pero por primera vez desde que había leído el nombre de Espacio Iturralde Eventos en aquella pantalla, sentí que teníamos, por fin, un plan que no consistía solo en defendernos, sino en salir a pelear con nuestras propias armas: veinticinco años de bodas de verdad, contra un jardín de césped artificial que ni siquiera había cumplido dos semanas.
Esa noche, ya a solas con Gonzalo en el porche, mientras repasábamos la lista de invitados a la jornada de puertas abiertas, le pregunté algo que llevaba días rondándome sin que encontrara el momento adecuado para decirlo en voz alta.
—¿Y si no es suficiente? Puertas abiertas, informe urbanístico, financiación del padre de usted. ¿Y si, aun así, sigue sin ser suficiente?
—Entonces habremos perdido peleando con todo lo que teníamos, no rindiéndonos a la primera denuncia anónima ni a la primera oferta con muchos ceros.
—Me miró, con esa seriedad tranquila que ya asociaba enteramente a él—.
Hay una diferencia enorme entre esas dos maneras de perder, Vega, aunque el resultado final se parezca.
Yo perdí la casa de mi abuelo de la segunda manera, sin pelear a tiempo.
No pienso dejar que a usted le pase lo mismo mientras yo tenga algo que decir al respecto.
—No suena muy optimista.
—Es realista. El optimismo se lo dejo a su tía, que por lo visto tiene reservas inagotables. Yo me limito a asegurarme de que, ganemos o perdamos, no sea porque nos faltaron ganas de intentarlo.
Apoyé la cabeza en su hombro, mirando hacia el jardín donde en unos días recibiríamos a decenas de parejas dispuestas a comprobar si aquel sitio todavía merecía la pena, y pensé que, pasara lo que pasara con el banco, con el ayuntamiento o con Marta Ibargüen y su césped artificial, ya habíamos ganado algo que ningún informe podía reflejar: la certeza tranquila de que, esta vez, no estábamos librando la batalla solos.
Antes de subir a dormir, me detuve un momento junto al roble, pasando la mano por su corteza como llevaba haciendo desde niña cada vez que necesitaba tomar aire antes de una decisión importante.
Pensé en las setenta y cinco bodas que había visto celebrarse a su sombra, en los novios que se habían caído al estanque que ya no existía, en la madre del novio de los Iturri que lloraba en todas las bodas, no solo en la suya.
Pensé que ningún césped artificial, por muy verde que estuviera recién instalado, podía competir con veinticinco años de raíces reales, y que quizás esa era, después de todo, la mejor manera de explicarle a cualquier pareja dudosa por qué merecía la pena quedarse.
Subí las escaleras hacia mi piso pensando en la lista de invitados que había que terminar antes del viernes, en las flores que Cata quería cortar del olivar para dar ambiente al recorrido, en la tarta de prueba que mi tía insistía en encargar «por si acaso alguien se anima a firmar en el sitio», y en Gonzalo, que se había quedado abajo revisando una vez más los planos de la buhardilla, decidido a que estuviera perfecta para el sábado aunque tuviera que pasarse las próximas noches sin dormir.
Me quedé dormida, por primera vez en varios días, sin repasar mentalmente ninguna cifra ni ningún plazo, solo con la imagen tranquila de aquel jardín lleno de gente comprobando, con sus propios ojos, que había sitios que ningún grupo hotelero podía fabricar de la noche a la mañana, por mucho dinero que estuvieran dispuestos a gastar en intentarlo.