CAPÍTULO 9 #2
Se lo conté a Cata y a mi tía esa misma tarde, y la celebración, esta vez, fue más contenida que las anteriores, no porque la noticia importara menos, sino porque los cuatro empezábamos a entender que cada victoria, en aquel verano interminable, venía acompañada casi automáticamente de la sospecha de que la siguiente jugada de Iturralde ya estaba en marcha, aunque todavía no supiéramos qué forma iba a tomar.
Esa sospecha se confirmó antes de lo que hubiera querido, apenas dos días después, cuando Cata entró en el despacho con el teléfono en la mano y una expresión que ya reconocía como el preludio de una mala noticia.
—Vega, tienes que ver esto. Es sobre la boda de los Iturri de la semana que viene. Los padres de la novia acaban de llamar. Dicen que han recibido una oferta de otro salón, más grande, por la mitad de precio, y que se lo están pensando en serio.
—¿Qué salón?
Cata giró la pantalla del teléfono hacia mí, mostrándome la página web recién estrenada de un espacio de eventos que yo no conocía, con fotografías demasiado perfectas y un nombre que, en cuanto lo leí, me confirmó exactamente lo que ya empezaba a temer: «Espacio Iturralde Eventos», a apenas veinte minutos de Casa Almendra, inaugurado, según la fecha de la web, la semana anterior.
***
Entré en la página web con el estómago encogido, y lo que encontré confirmó cada uno de mis peores presentimientos: un espacio de eventos flamante, con salones enormes, un jardín artificial con césped demasiado verde para ser real y precios agresivamente bajos, «de lanzamiento», que cualquier pareja con calculadora en la mano encontraría difíciles de rechazar frente a los nuestros, más ajustados desde que habíamos empezado a pagar la reforma.
En la sección «sobre nosotros», sin ninguna sutileza, se mencionaba que el espacio pertenecía a Grupo Iturralde Hoteles, «con la misma vocación de excelencia que ya aplicamos en nuestros hoteles de referencia».
—Han montado un salón de bodas de la nada, en menos de dos meses, solo para robarnos clientes —dije, todavía mirando la pantalla con una mezcla de indignación y un miedo nuevo que no se parecía a los anteriores—.
Esto no es sobre comprar la finca. Esto es sobre asfixiarnos hasta que no tengamos más remedio que vender.
—O sobre las dos cosas a la vez —dijo Gonzalo, que había entrado al despacho justo a tiempo de escuchar el final de la frase—.
Si consiguen que perdamos suficientes bodas, el negocio deja de ser rentable, el banco vuelve a poner en duda la viabilidad, y de repente su oferta de compra vuelve a parecer la única salida razonable.
—Es un plan bastante retorcido para un grupo hotelero que se supone que se dedica a reformar edificios con «vocación de excelencia».
—Marta Ibargüen no es de las que se rinden a la primera negativa. Ya lo hemos visto con lo de la denuncia urbanística.
Llamé a los padres de la novia de los Iturri esa misma tarde, con el corazón acelerado y una lista de argumentos que había preparado mentalmente durante los últimos veinte minutos, aunque al final, cuando conseguí hablar con ellos, descubrí que no necesitaba ningún argumento demasiado elaborado.
—Entendemos que el precio es tentador —les dije, con la voz más calmada que pude fingir—, pero llevan reservada esta fecha desde hace ocho meses, con un contrato firmado, un menú diseñado a medida y un jardín que su hija ya ha visto tres veces con la luz exacta que quería para las fotos.
Ese otro espacio no puede ofrecerles nada de eso en una semana, por muy grande que sea el jardín artificial.
Se produjo un silencio al otro lado de la línea, y después, la voz del padre, algo avergonzada, admitió que en realidad su hija se había negado en redondo a cambiar de sitio en cuanto se enteró de la propuesta, y que la llamada de esa mañana había sido más una comprobación de precios por parte de la madre que una decisión firme de nadie más en la familia.
—Nuestra hija dice que este sitio tiene alma —añadió el padre, casi disculpándose—. Que el otro parece un catálogo de IKEA con flores.
Colgué el teléfono con un alivio que me duró exactamente los quince minutos que tardó Cata en aparecer con la noticia de que otras dos parejas, con boda programada para octubre, habían recibido la misma llamada de comparación de precios, y que una de ellas, a diferencia de los Iturri, sí estaba considerando en serio el cambio.
***
Esa noche, reunidos otra vez los cuatro en la mesa larga del salón, con mapas de clientes, contratos y calendarios extendidos como si estuviéramos planeando una operación militar en vez de defendiendo un negocio de bodas, mi tía resumió la situación con una frase que se me quedó grabada durante el resto de la semana.
—Llevamos veinticinco años compitiendo con la calidad y con el cariño que le ponemos a cada boda —dijo—.
Nunca hemos tenido que competir con el bolsillo de un grupo hotelero dispuesto a perder dinero durante meses solo para hundirnos.
No podemos ganar esa guerra de precios. Tenemos que ganar la otra.
—¿Qué otra? —preguntó Cata.