CAPÍTULO 9
La carta que todavía no habíamos visto venir llegó un jueves de principios de septiembre, en forma de inspector municipal, con chaleco reflectante y una carpeta oficial, que se presentó en Casa Almendra a las nueve de la mañana, justo cuando Cata y yo montábamos las mesas para una boda que empezaba a mediodía.
—Vengo a raíz de una denuncia —dijo, con la neutralidad profesional de quien ha dado esa misma frase cientos de veces—. Sobre posibles irregularidades urbanísticas en las obras de reforma que se están ejecutando en la finca.
—¿Qué denuncia? —pregunté, con el corazón ya acelerado, aunque todavía no entendía del todo lo que estaba pasando.
—Anónima. Alegan que la reforma de la buhardilla se está haciendo sin la licencia correspondiente, y que hay elementos estructurales modificados sin proyecto visado. Voy a necesitar revisar toda la documentación técnica y hacer una inspección del inmueble.
Llamé a Gonzalo antes incluso de que el inspector terminara de sacar su cuaderno, y llegó en menos de quince minutos, con el mismo gesto contenido que le había visto en la reunión del banco, aunque esta vez con una nota de indignación que no se molestó en disimular del todo.
—Toda la documentación está en regla —dijo, mostrando al inspector la carpeta que llevaba siempre en el coche, por precaución, desde el primer día—.
Licencia de obra menor solicitada y aprobada en julio, proyecto técnico visado por el colegio de arquitectos, comunicación previa presentada según normativa. Puede comprobarlo todo aquí mismo.
El inspector revisó los papeles con calma, comparándolos con lo que veía en la buhardilla, y aunque al final reconoció que la documentación parecía correcta, insistió en que, dado que había una denuncia formal registrada, tenía que levantar un acta y remitir el expediente para revisión, lo que implicaba, según nos explicó con la misma neutralidad de antes, que las obras deberían quedar suspendidas cautelarmente hasta que se resolviera el expediente, un proceso que podía llevar, en el peor de los casos, entre dos y cuatro semanas.
—Dos y cuatro semanas que no tenemos —dije, en cuanto el inspector se fue, calculando mentalmente que aquello coincidía casi exactamente con la fecha límite del banco.
—Es exactamente lo que pretenden —dijo Gonzalo, con la voz tensa de quien acaba de entender del todo la jugada—. No necesitan ganar el expediente. Solo necesitan que se alargue lo suficiente para que no lleguemos a tiempo de cerrar la financiación con toda la documentación en regla.
***
—¿Puede ser Iturralde? —pregunté, aunque la respuesta ya la sabía antes de terminar la frase—. ¿Pueden hacer algo así, legalmente?
—Presentar una denuncia anónima no es ilegal, por desgracia.
Cualquiera puede hacerlo, y el ayuntamiento está obligado a investigarla, aunque sea completamente infundada.
Es sucio, pero no es delito. —Gonzalo se pasó una mano por el pelo, un gesto de frustración que no le había visto desde la primera semana, cuando todavía discutíamos por cada detalle de la reforma—.
Lo que sí podemos hacer es presentar toda la documentación de forma tan clara y tan rápida que no les quede ningún resquicio legal para alargar el expediente más de lo estrictamente necesario.
—¿Cuánto es lo estrictamente necesario?
—Con suerte, y si el técnico municipal no se toma vacaciones esta semana, podríamos tener una resolución en siete o diez días. Es ajustado, pero no imposible.
Mi tía, que había escuchado la conversación desde la puerta de la cocina, se acercó con la cara pálida de quien ya ha vivido demasiadas malas noticias seguidas en un mismo verano.
—¿Y si el técnico municipal sí se toma vacaciones esta semana?
—Entonces perdemos el margen que nos queda hasta el quince de septiembre, y el banco tendría motivos para retrasar o incluso denegar la operación, alegando que la finca tiene un expediente urbanístico abierto.
El silencio que siguió a esa frase pesó más que cualquier otra cosa que hubiéramos escuchado en la sala de juntas del banco, porque por primera vez en todo el verano, la amenaza no dependía de nuestra capacidad de trabajar más, de reunir más dinero o de convencer a más gente.
Dependía de la agenda de vacaciones de un funcionario que ninguno de los tres conocía, y de la velocidad con la que una administración pudiera moverse en pleno mes de septiembre, justo cuando toda España parecía decidida a volver de las vacaciones a la vez y colapsar cualquier trámite que se le pusiera por delante.
—Voy a llamar al colegio de arquitectos —dijo Gonzalo, ya sacando el teléfono—. Y al ayuntamiento, para pedir cita presencial esta misma semana. Si hay que sentarse delante del técnico y explicárselo en persona, papel por papel, lo haremos.
—¿Y si eso tampoco es suficiente?
Se quedó callado un segundo, y esa pausa, más que cualquier respuesta, me dijo que ni siquiera él tenía una alternativa clara para ese escenario.
***
Los siguientes días se convirtieron en una sucesión de llamadas, esperas en pasillos de administración y correos electrónicos redactados y reescritos media docena de veces para que sonaran lo bastante urgentes sin sonar desesperados.
Gonzalo consiguió, a base de insistencia, una cita presencial con el técnico municipal para el lunes siguiente, y se pasó el fin de semana entero preparando una carpeta todavía más completa que la que ya había mostrado al inspector: fotografías de cada fase de la obra, facturas de los materiales homologados, certificados del instalador eléctrico, todo ordenado con una meticulosidad que, en cualquier otro contexto, me habría parecido excesiva y que en aquel momento me pareció, sencillamente, la única cosa capaz de calmarme un poco.
—Debería descansar —le dije el domingo por la noche, encontrándolo todavía en la mesa del despacho, rodeado de papeles, con dos tazas de café frío a medio terminar.
—No puedo. Si algo sale mal el lunes, prefiero que sea porque el ayuntamiento decide ser injusto, no porque a mí se me haya olvidado algún documento.
—Gonzalo. —Me senté a su lado, quitándole de las manos el bolígrafo con el que llevaba media hora subrayando la misma factura—. Esto no es solo mi casa. Ya no. Lleva usted semanas trabajando como si el expediente fuera personal.
—Es que lo es. —Levantó la vista, con unas ojeras que no tenía la semana anterior—.
Cada vez que veo una denuncia anónima intentando frenar una reforma legítima, pienso en mi abuelo, en toda la gente que pierde lo que quiere por no tener a nadie dispuesto a pelear el papeleo con la misma insistencia con la que otros pelean por quitárselo.
No pienso dejar que a usted le pase lo mismo que le pasó a él, ni aunque tenga que presentarme en ese ayuntamiento todos los días hasta que me hagan caso.
Aquella confesión, dicha con la voz ronca de quien lleva demasiadas horas sin dormir, me llegó de una manera que ningún argumento técnico había conseguido hasta entonces, y por primera vez desde que había empezado la crisis del inspector, sentí que la determinación de Gonzalo no venía solo de hacer bien su trabajo, sino de algo mucho más parecido a lo que yo sentía por aquella casa: una mezcla de amor y obstinación que no admitía fácilmente un no por respuesta.
—Venga aquí —le dije, y cuando se acercó, lo abracé con fuerza, dejando que apoyara la cabeza en mi hombro un momento, algo que él, con su costumbre de ser siempre el que sostiene a los demás, no parecía saber hacer con mucha naturalidad—.
Mañana vamos los dos a esa reunión. Y pase lo que pase, seguimos peleando juntos, como hemos hecho con todo lo demás.
***
La reunión con el técnico municipal duró casi dos horas, en un despacho pequeño con ventiladores en vez de aire acondicionado y una montaña de expedientes apilados sobre cada superficie disponible, y durante esas dos horas Gonzalo explicó cada documento con la paciencia de quien ha aprendido, a base de práctica forzosa, a convertir hasta el trámite más árido en una historia comprensible.
—Todo está en orden —dijo por fin el técnico, un hombre callado que apenas había hablado durante la primera hora y que ahora cerraba la carpeta con un gesto que a mí me pareció, después de tanta tensión acumulada, el sonido más bonito que había oído en semanas—.
La licencia es correcta, el proyecto está bien visado, y no encuentro ninguna irregularidad en lo ejecutado.
Voy a emitir un informe favorable, que debería estar listo en tres o cuatro días.
—¿Y la denuncia? —pregunté, todavía sin atreverme a respirar tranquila del todo.
—Se archiva, si el informe confirma que todo está en regla, como parece.
Estas denuncias anónimas son más frecuentes de lo que la gente cree, sobre todo en fincas con valor que despiertan interés de terceros.
La mayoría no tienen fundamento, solo generan trabajo administrativo y algún que otro disgusto.
Salimos del ayuntamiento con la sensación de haber corrido una maratón entera en dos horas de despacho, y en cuanto estuvimos fuera, en la calle, bajo un sol de septiembre que empezaba a suavizarse un poco después del calor de agosto, Gonzalo me cogió de la mano y me hizo girar hacia él con una sonrisa que no le había visto desde antes de que empezara toda aquella pesadilla del inspector.
—Tres o cuatro días —dijo—. Justo a tiempo para presentarlo junto con el resto de la documentación del banco.
—Justo a tiempo. Otra vez.
—Empiezo a pensar que esta casa tiene la costumbre de resolver las cosas en el último minuto posible, solo para mantenernos a todos con el corazón en la boca.
—Lleva veinticinco años haciéndolo. No creo que vaya a cambiar la costumbre justo ahora.