CAPÍTULO 8 #2
Se rio, una risa corta y sincera que me recordó, de una manera extraña, a la de su hijo, y durante la siguiente hora caminamos los tres por la finca, con Gonzalo explicando cada detalle de la reforma con un orgullo que no disimulaba, mientras su padre hacía preguntas concretas, técnicas, del tipo que solo hace alguien que ha visto fracasar y triunfar cientos de proyectos parecidos a lo largo de su vida.
—Es un buen sitio —dijo, cuando terminamos el recorrido, sentados los cuatro en la mesa del porche con un café que mi tía había insistido en prepararnos ella misma—. Con potencial real, no solo sentimental. Mi hijo tiene buen ojo para esto, aunque no siempre lo tuvo para todo.
—Papá.
—Es un cumplido, aunque no lo parezca. —El padre de Gonzalo se giró hacia mí, ignorando el gesto de advertencia de su hijo—.
Estudiaré el caso en serio. Si los números que me habéis dado se sostienen, y por lo que he visto hoy creo que sí, mi fondo podría aportar los quince mil euros a cambio de una participación del diez por ciento durante cinco años, con opción de recompra a partir del segundo.
Son buenas condiciones, mejores de las que suelo ofrecer.
—¿Por qué mejores para nosotros? —pregunté, porque llevaba meses aprendiendo a desconfiar de cualquier oferta que sonara demasiado bien.
—Porque mi hijo me ha llamado dos veces esta semana para hablarme de este proyecto, y en veinte años no le había oído hablar así de ningún edificio. Solo de esta casa. Y de usted, aunque intente disimularlo delante de mí.
Gonzalo se removió en su silla, visiblemente incómodo, y yo sentí que me subían los colores de una manera que no me pasaba desde hacía años, mientras su padre, satisfecho con el efecto de su comentario, se limitaba a dar un sorbo tranquilo a su café, como quien acaba de ganar una partida sin ni siquiera levantarse de la silla.
***
La oferta del padre de Gonzalo llegó por escrito el lunes, con todos los detalles legales que Gonzalo se encargó de revisar línea por línea antes de dejármela leer a mí, y por primera vez desde la reunión en el banco, tuve la sensación de que los quince mil euros habían dejado de ser una montaña imposible para convertirse en un problema con solución concreta, aunque esa solución implicara ceder, durante un tiempo, un pequeño trozo de lo que hasta entonces había sido enteramente nuestro.
—Un diez por ciento no es nada, comparado con perderlo todo —dijo mi tía, después de leer el documento dos veces, con las gafas de leer que solo se ponía para las cosas realmente importantes—. Y recuperable en cinco años. Firmo esto ahora mismo si hace falta.
—Quiero pensarlo un día más —dije, no porque dudara del fondo del padre de Gonzalo, sino porque llevaba meses aprendiendo, a base de vigas con termitas y llamadas inesperadas, que las decisiones importantes merecían al menos una noche de sueño antes de firmarse.
Esa misma tarde, mientras terminaba de revisar el documento por tercera vez, sentada sola en el despacho, sonó el teléfono con un número que ya reconocía sin necesidad de guardarlo en la agenda.
—Vega, soy Marta Ibargüen. —Su voz sonaba distinta a la de la primera llamada, menos formal, más directa, como quien ya no necesita fingir cortesía porque cree tener la sartén por el mango—.
Sé que el banco les ha pedido un desembolso que no tienen fácil.
Quería que supiera que nuestra oferta sigue en pie, y que estamos dispuestos a mejorarla si cierran un acuerdo antes de que termine agosto.
Sería una salida limpia, sin deudas, sin inversores externos complicando la propiedad.
—¿Cómo sabe usted lo que me ha pedido el banco?
Se hizo un silencio breve al otro lado, el tipo de silencio que dice más que cualquier respuesta.
—Digamos que tenemos buenos contactos en el sector financiero de la zona —dijo, al final, sin molestarse siquiera en negarlo del todo—.
No es ningún secreto, Vega. Los bancos hablan con quien les conviene, y a veces les conviene que una operación como la nuestra siga sobre la mesa como alternativa, por si la suya no sale adelante a tiempo.
Sentí una mezcla de indignación y vértigo al imaginar hasta qué punto Iturralde tenía acceso a información que debería haber sido confidencial, y colgué el teléfono sin darle la satisfacción de una respuesta clara, prometiéndome que fuera cual fuera la decisión que tomáramos sobre el fondo del padre de Gonzalo, no iba a ser porque Marta Ibargüen hubiera conseguido meternos suficiente miedo en el cuerpo.
Se lo conté a Gonzalo esa misma noche, esta vez sin esperar dos días ni guardármelo por vergüenza, cumpliendo la promesa que nos habíamos hecho en el aparcamiento del banco.
—Va a intentarlo todo —dijo él, después de escucharme, con la mandíbula tensa de nuevo, aunque esta vez sin ningún rastro de la frialdad que había tenido conmigo semanas atrás—.
Cuanto más cerca estemos de cerrar la financiación, más presión va a meter, porque sabe que si lo conseguimos, pierde su única oportunidad real de quedarse con la finca.
—Entonces tenemos que ser más rápidos que ella.
—Tenemos que ser más rápidos que ella. —Repitió la frase como si estuviera sellando un pacto—. Mañana firmamos con mi padre. Cuanto antes tengamos los quince mil euros asegurados, antes deja Iturralde de tener algo con lo que negociar.
Firmamos el acuerdo al día siguiente, los cuatro alrededor de la misma mesa larga donde Gonzalo nos había presentado, semanas atrás, sus primeros gráficos de colores, y cuando el padre de Gonzalo se despidió con un apretón de manos y la promesa de tener el dinero transferido antes de que terminara la semana, sentí que por primera vez en meses llevábamos ventaja en una carrera que hasta entonces solo habíamos corrido a la defensiva.
Cata celebró la noticia de la firma con una tarta improvisada que horneó ella misma esa noche, torcida y un poco quemada por un lado, que dejó sobre la mesa de la cocina con la solemnidad de quien presenta una obra maestra.
—No es tan bonita como las que montamos para las bodas —admitió, cortando el primer trozo con más entusiasmo que precisión—, pero lleva mucho más cariño por metro cuadrado.
—Es perfecta —dije, y lo decía en serio, porque después de la tensión de las últimas semanas, una tarta torcida hecha por una amiga sabía mejor que cualquier pastel de tres pisos perfectamente nivelado.
—Por Casa Almendra —brindó mi tía, levantando su trozo de tarta como si fuera una copa—. Por las vigas curadas, por los quince mil euros y por el arquitecto que se ha ganado, a pulso, un sitio fijo en esta familia, le guste o no.
Gonzalo, sentado a mi lado con un trozo de tarta a medio comer, se rio con una naturalidad que ya no tenía nada que ver con la cortesía distante del primer día en la grava, y por un momento, viéndolos a los tres bromeando en la cocina como si llevaran años haciéndolo, pensé que aquella casa, con toda su historia de bodas ajenas, estaba a punto de sumar una celebración propia a la lista, aunque todavía no supiéramos muy bien cómo iba a llamarse.
Quedaban dos semanas y media hasta el quince de septiembre, quince mil euros ya casi asegurados, y una Marta Ibargüen que, por la determinación con la que había sonado por teléfono, no parecía dispuesta a aceptar una derrota sin jugar antes alguna carta que todavía no habíamos visto venir.
Esa noche, ya sola en mi piso, repasé mentalmente todo lo que habíamos conseguido en apenas dos meses: una viga salvada, una ayuda de patrimonio concedida, un informe entregado, una financiación casi asegurada gracias a un hombre que había bajado de su coche en junio con cara de estar calculando algo que no le gustaba y que ahora, sin que ninguno de los dos lo hubiera planeado del todo, formaba parte de mi vida de una manera que ya no sabía separar del todo del futuro de la casa.
Pensé también en Marta Ibargüen, en su voz demasiado tranquila al teléfono, en la seguridad con la que había hablado de «cartas todavía por ver», y me prometí que, fuera lo que fuera lo que estuviera planeando, esta vez no nos iba a pillar tan desprevenidos como la primera llamada de julio.
Habíamos aprendido, entre termitas y presupuestos, que el miedo se gestiona igual que el pánico de un pastel a punto de caerse: repartiéndolo en partidas pequeñas, y sujetándolo con lo que se tenga a mano hasta que alguien encuentre la manera de arreglarlo de verdad.
Le escribí a Gonzalo un mensaje corto antes de dormir, más por costumbre ya instalada que por necesidad urgente de decir nada importante.
«Gracias por lo de hoy. Y por lo de tu padre. Y por todo, en general.»
«De nada, en general. Duerme bien, Vega. Mañana toca seguir peleando, pero hoy hemos ganado una batalla que hace un mes ni siquiera sabíamos que teníamos que dar.»
Dejé el teléfono en la mesilla, junto a la gotera de siempre, que en algún momento del verano había dejado de sonarme a amenaza y había empezado a sonarme, simplemente, a parte del ruido de fondo de una vida que, poco a poco, empezaba a sentir de nuevo como mía.
Cerré los ojos pensando en la mesa larga del salón, en el padre de Gonzalo estrechándome la mano con la misma firmeza que su hijo, en la tarta torcida de Cata y en el brindis de mi tía llamando a Gonzalo, medio en broma y medio en serio, parte de la familia.
Hacía dos meses, la idea de depender de un desconocido con tablet y furgoneta blanca me habría parecido la peor noticia posible después de la primera llamada del banco.
Esa noche, en cambio, era exactamente la clase de dependencia que no me importaba admitir: no la de alguien que resuelve mis problemas por mí, sino la de alguien que se queda a resolverlos conmigo, aunque eso signifique noches largas rellenando formularios, discusiones en el aparcamiento de un banco y promesas de contárnoslo todo, aunque duela, aunque dé vergüenza, aunque cueste más de lo que ninguno de los dos hubiera imaginado en junio.