Instrucciones para sujetar un corazón CAPÍTULO 8
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CAPÍTULO 8

La reunión con el banco se celebró un martes de finales de agosto, en una sala de juntas con demasiado aire acondicionado y una mesa ovalada tan pulida que yo veía mi propio reflejo cada vez que bajaba la vista, nerviosa, para comprobar que llevaba bien puesta la chaqueta que Cata me había obligado a comprarme la tarde anterior «porque a los bancos hay que entrarles vestida de persona seria, Vega, no de organizadora de bodas en pleno agosto».

Al otro lado de la mesa nos esperaban dos personas: un director de oficina de mediana edad, con gafas de pasta y una carpeta tan gruesa como la nuestra, y una mujer más joven que se presentó como analista de riesgos y que durante los primeros diez minutos no dijo una sola palabra, solo tomó notas con una letra tan pequeña que parecía estar escribiendo un mensaje en clave.

—El informe es sólido —empezó el director, después de los saludos protocolarios—. La proyección de ingresos con las nuevas líneas de negocio nos parece razonable, y la resolución de la incidencia estructural, con ayudas públicas incluidas, demuestra buena gestión.

—Gracias —dijo mi tía, con una voz que sonaba mucho más tranquila de lo que yo sabía que estaba por dentro.

—Sin embargo —continuó él, y esa palabra, «sin embargo», se me quedó atravesada en el estómago como una espina—, el comité tiene dudas sobre el nivel de endeudamiento actual frente al valor de los activos disponibles.

Para aprobar la refinanciación en las condiciones que ustedes solicitan, necesitaríamos que la propiedad aportara una garantía adicional, o bien un desembolso de capital que reduzca el riesgo que asumimos.

—¿De cuánto estaríamos hablando? —preguntó Gonzalo, con la voz calmada de quien ya ha anticipado que la pregunta iba a llegar, aunque a mí me temblara un poco por dentro solo de esperarla.

—Quince mil euros —dijo la analista, hablando por primera vez, sin levantar la vista de su cuaderno—. O una garantía hipotecaria adicional equivalente sobre otro inmueble.

Quince mil euros. La cifra me golpeó con la misma fuerza que la primera llamada del banco, meses atrás, solo que esta vez no tenía ningún margen de sorpresa que amortiguara el golpe, porque llevaba semanas sabiendo que en algún momento el banco iba a pedir algo más de lo que ya habíamos dado.

—No tenemos otro inmueble que ofrecer como garantía —dijo mi tía, con una honestidad que agradecí, aunque me doliera oírla en voz alta delante de dos desconocidos—. Casa Almendra es prácticamente todo lo que tenemos.

—Entonces hablamos de los quince mil euros —dijo el director, cerrando su carpeta con un gesto que sonó, en aquella sala silenciosa, más definitivo de lo que probablemente pretendía—.

Tienen hasta el quince de septiembre para presentar el desembolso, junto con el resto de la documentación ya entregada.

Si no llegan a esa cifra, lamentablemente el comité no podrá aprobar la operación en los términos actuales.

Salimos de la oficina los tres en silencio, caminando hacia el coche de Gonzalo bajo un sol de agosto que parecía especialmente cruel con nuestro estado de ánimo, y no fue hasta que estuvimos los tres sentados dentro, con el motor todavía apagado, cuando mi tía dejó escapar el aire que llevaba conteniendo desde la sala de juntas.

—Quince mil euros —dijo, mirando al frente, hacia el parabrisas—. En dos semanas y media. Después de gastarnos casi todo lo que teníamos en la viga y en el informe.

—Podemos conseguirlos —dijo Gonzalo, aunque hasta a mí me pareció que sonaba menos seguro que de costumbre.

—¿Cómo? —pregunté, quizás con más brusquedad de la que pretendía—. No tenemos ahorros. No tenemos otro inmueble. Las bodas de septiembre y octubre ya están cobradas casi enteras, con la fianza y todo. No hay quince mil euros escondidos en ningún cajón de este coche, Gonzalo.

—Lo sé. Pero hay opciones que no hemos explorado todavía. Un préstamo puente con otra entidad, un adelanto de las reservas de la próxima temporada, incluso pedir ayuda a...

Se detuvo, como si hubiera estado a punto de decir algo que prefería no decir en voz alta delante de mi tía, y yo, con los nervios ya bastante desgastados por toda la mañana, no tuve paciencia para esperar a que lo dijera con más tacto.

—¿A quién, Gonzalo?

—A inversores privados. Gente que pone capital a cambio de una pequeña participación temporal, con opción de recompra en unos años. No es lo ideal, pero es una opción real, y conozco a un par de personas que podrían estar interesadas en un proyecto como este.

—¿Inversores privados? —La palabra me sonó, en ese momento, sospechosamente parecida a otra que llevábamos meses intentando evitar—. Eso no es tan distinto de vender una parte de la casa a un desconocido, Gonzalo. Es exactamente lo que llevamos meses tratando de impedir que haga Iturralde.

—No es lo mismo. Un inversor privado con opción de recompra les deja el control del negocio. Iturralde quiere comprarlo entero y convertirlo en otra cosa. Son situaciones completamente distintas.

—Para usted, que entiende de números, seguro que la diferencia está clarísima. Para mí, en este momento, las dos suenan a que alguien de fuera se queda con un trozo de mi casa.

Mi tía, sentada en el asiento de atrás, puso una mano en mi hombro con un gesto que pedía calma sin necesidad de palabras, pero yo ya notaba cómo el miedo de toda la mañana se estaba convirtiendo, de camino a casa, en algo más parecido a la rabia, y la rabia, cuando no tiene a nadie más cercano a quien dirigirse, suele encontrar el blanco más a mano.

***

Llegamos a Casa Almendra sin apenas cruzar palabra durante el resto del trayecto, y en cuanto mi tía bajó del coche, con la excusa poco convincente de que tenía que llamar al proveedor de mantelería, Gonzalo y yo nos quedamos solos en el aparcamiento, con el silencio incómodo de la discusión todavía flotando entre los dos.

—Lo siento —dije, al final, apoyada contra la puerta del coche—. No debí pagarlo con usted. No es culpa suya que el banco haya pedido más dinero del que tenemos.

—No pasa nada. Está asustada. Yo también lo estaría.

—No es solo miedo. —Me crucé de brazos, buscando las palabras exactas para algo que llevaba meses sintiendo sin ponerle nombre del todo—.

Llevo nueve años siendo la persona que resuelve los problemas de esta casa.

La que sujeta el pastel, la que calma a la novia, la que encuentra flores silvestres cuando falla el proveedor.

Y de pronto llega un problema que no puedo resolver con un cuchillo largo ni con un poco de romero cortado a tiempo, y me doy cuenta de que, por primera vez en mucho tiempo, no depende solo de mí.

—Depende de los dos. De los tres, contando a su tía. Eso no es una derrota, Vega. Es lo que significa no estar sola con algo tan grande.

—Ya lo sé, en la cabeza. En el estómago todavía no lo tengo tan claro.

Gonzalo se acercó, despacio, y me cogió las manos, que había mantenido cruzadas contra el pecho como una barrera pequeña e inútil contra todo lo que llevaba encima desde la sala de juntas.

—Deme dos días —dijo—. Voy a hacer algunas llamadas, hablar con esos inversores de los que le hablé, ver qué condiciones reales podrían ofrecer antes de que usted tenga que decidir nada.

Puede que ni siquiera lleguemos a necesitarlo, si conseguimos un préstamo puente en mejores condiciones.

Pero quiero que sepa que existe esa opción, por si acaso, y que usted decide, no yo, si llegamos a ese punto.

—¿Y si ninguna de las dos cosas funciona?

—Entonces buscaremos una tercera. Y si esa tampoco funciona, una cuarta. No pienso dejar que esto se resuelva solo porque se nos acaben las ideas antes que el tiempo.

Aquello, dicho con la misma calma con la que explicaba cualquier cálculo estructural, consiguió lo que ninguna otra frase de la mañana había logrado: que dejara de sentir que estaba sola frente a una cifra imposible, y empezara a sentir, otra vez, que teníamos un plan, aunque ese plan todavía no tuviera forma clara.

***

Dos días después, tal como había prometido, Gonzalo apareció con una noticia a medias: un conocido suyo, gestor de un pequeño fondo de inversión especializado en patrimonio rural, estaba dispuesto a estudiar el caso, pero quería conocer el sitio en persona antes de comprometerse a nada, y de paso, añadió Gonzalo con una sonrisa que no terminaba de ocultar los nervios, quería presentarme a alguien más.

—Mi padre —dijo, cuando le pregunté quién más venía—.

Es el gestor del fondo. Trabaja con patrimonio desde hace veinte años, desde antes incluso de que perdiéramos la casa de mi abuelo.

Fue él quien me enseñó todo lo que sé sobre números, aunque durante mucho tiempo no nos habláramos demasiado, precisamente por lo que pasó con aquella casa.

—¿No se hablaban?

—Él pensaba que debíamos vender rápido y quedarnos con lo poco que sacáramos. Yo pensaba que debíamos pelear más. No se lo perdoné durante años, aunque ahora entiendo que él también estaba asustado, solo que lo gestionó de otra manera.

Conocer al padre de Gonzalo, sabiendo todo aquello, me puso más nerviosa que la propia reunión del banco, y cuando llegó el sábado por la tarde, con Bruno acompañándolo esta vez no como técnico sino como amigo de la familia que se apuntaba a la excursión, descubrí a un hombre mayor, de manos grandes y mirada directa, que se parecía a Gonzalo en los gestos más que en la cara.

—Así que esta es la casa que tiene a mi hijo trabajando gratis los fines de semana —dijo, a modo de saludo, estrechándome la mano con una firmeza que no dejaba lugar a dudas sobre de dónde había sacado Gonzalo la suya.

—No trabaja gratis. Le pagamos con pastas de almendra y alguna que otra fuente de chocolate averiada.