Instrucciones para sujetar un corazón CAPÍTULO 7 #2
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CAPÍTULO 7 #2

Le pasé el teléfono a mi tía con las manos temblando, y ella, que llevaba semanas preparándose mentalmente para ese momento, lo cogió con una serenidad que a mí, en su lugar, me habría resultado imposible de fingir.

—Sí, soy yo. Dígame.

Gonzalo y yo nos quedamos los dos pegados a la puerta del despacho, intentando descifrar en la mitad de la conversación que podíamos oír, la de mi tía, algo que nos diera una pista de hacia dónde iba aquello.

«Sí», «entiendo», «¿cuándo necesitarían eso exactamente?

», «por supuesto, se lo hacemos llegar esta misma semana»: frases sueltas que no revelaban nada, ni bueno ni malo, y que a mí me estaban desgastando los nervios más que cualquier silencio.

—Van a necesitar la tasación independiente firmada por un perito colegiado, no solo la de su colega —dijo mi tía, colgando por fin, con una expresión que tampoco terminaba de darme ninguna pista—.

Y quieren una reunión presencial la semana que viene, con los tres, para «resolver dudas puntuales antes de elevar el expediente al comité».

—¿Eso es bueno o malo? —pregunté, incapaz de aguantar más la incertidumbre.

—Es normal —dijo Gonzalo, aunque también a él se le notaba el alivio de tener, por fin, algo concreto en lo que ocuparse—.

Si fueran a rechazarlo directamente, no pedirían una reunión ni una tasación adicional.

Piden más documentación porque se están planteando en serio aprobarlo, y quieren tenerlo todo blindado antes de presentarlo al comité.

—¿Está seguro?

—No al cien por cien. Pero llevo bastantes informes de viabilidad presentados a bancos, Vega, y esta no es la forma en que se comportan cuando ya han decidido decir que no.

Aquello no era una promesa, ni mucho menos una confirmación, pero fue suficiente para que los tres, esa noche, nos permitiéramos una cena algo más tranquila que las últimas semanas, hablando de la tasación pendiente y de la reunión de la semana siguiente con una esperanza cautelosa que ninguno se atrevía a decir en voz alta del todo, por miedo a gafarla.

Le escribí a Cata esa misma noche, resumiéndole la llamada, y su respuesta llegó con la brevedad característica de los mensajes que manda cuando está trabajando en algo.

«Eso es buena señal. Ningún banco pide papeles nuevos para un "no". Duerme tranquila, aunque sea por una vez.»

No dormí exactamente tranquila, pero sí distinta, con una calma nerviosa que no había sentido desde antes de que empezara todo aquello, desde antes de las termitas, de Marta Ibargüen, de Diego apareciendo en el aparcamiento con su traje nuevo.

Gonzalo se quedó esa noche más tarde de lo habitual, ayudando a preparar la documentación adicional que el banco había pedido, y en algún momento, entre carpeta y carpeta, levantó la vista hacia mí con una expresión que no tenía nada que ver con presupuestos.

—¿Sabe qué he pensado hoy, mientras esperábamos la llamada? —dijo.

—¿Qué?

—Que si esto sale bien, y creo de verdad que puede salir bien, no voy a tener ninguna excusa profesional para seguir viniendo cada mañana con mi furgoneta y mi tablet.

Se me encogió algo en el pecho, una mezcla extraña de alegría por la posibilidad de salvar la casa y de un vértigo muy concreto ante la idea de que Gonzalo pudiera desaparecer de mi rutina diaria en cuanto el trabajo estuviera terminado.

—Tendrá que inventarse alguna otra excusa, entonces.

—Ya lo he pensado. —Sonrió, esa sonrisa entera que ya reconocía tan bien—. Se me ocurren unas cuantas, ninguna relacionada con vigas ni con presupuestos.

—¿Por ejemplo?

—Por ejemplo, que hay una mujer en esta casa que sujeta pasteles con tenedores y sabe convertir un desastre en una boda perfecta cada fin de semana, y que no pienso dejar de verla solo porque el informe esté firmado.

No supe qué contestar a eso, así que no contesté con palabras. Lo besé, entre carpetas y papeles del banco, con la misma certeza tranquila con la que había firmado, sin saberlo del todo, un contrato mucho más importante que cualquiera de los que estábamos a punto de mandarle al comité de crédito.

A la mañana siguiente, como si el universo hubiera decidido recordarnos que Casa Almendra seguía siendo, ante todo, un negocio de bodas y no solo el escenario de una negociación bancaria, tuvimos una emergencia de las de verdad: la boda de las diez, la de Nerea y Iker, amaneció sin florista.

La empresa que llevaba diez años sirviéndonos las flores había cerrado de un día para otro, sin previo aviso, dejando un mensaje escueto en el contestador sobre «problemas de suministro» que a mí me sonó, más bien, a quiebra silenciosa.

—Tenemos cuatro horas —le dije a Cata, con el teléfono todavía caliente de la llamada de pánico a media docena de floristerías del pueblo, ninguna de las cuales tenía centros de mesa preparados para cien invitados con tan poca antelación—.

Cuatro horas para un problema que normalmente se soluciona con cuatro semanas de margen.

—Pues vamos a improvisar como en los viejos tiempos —dijo Cata, ya poniéndose los guantes de jardinería que guardábamos en el trastero para emergencias de este tipo—.

El olivar tiene romero, lavanda silvestre junto al muro y ese rosal que crece solo detrás de la capilla desde que nadie se acuerda.

No será el centro de mesa de catálogo que habían pedido, pero será bonito, y sobre todo, existirá.

Gonzalo, que había llegado temprano para revisar los últimos detalles de la tasación, se sumó a la operación sin que nadie se lo pidiera, cortando ramas de romero con una tijera de podar que encontró en el cobertizo y que manejaba con la misma precisión metódica que aplicaba a cualquier plano.

—No sabía que entre sus muchos talentos estaba también la floristería de emergencia —le dije, viéndolo atar un ramillete con una habilidad sospechosa.

—Mi madre tenía un vivero antes de que naciera yo. Se ve que algo se queda, aunque uno se dedique después a calcular vigas.

Entre los tres, y con la ayuda providencial de dos camareras que se apuntaron a cortar lavanda en cuanto entendieron la urgencia, conseguimos montar cien centros de mesa improvisados con romero, lavanda y las rosas silvestres de detrás de la capilla, atados con la misma cinta que usábamos para las servilletas, que resultaron, para sorpresa de todos menos quizás de Cata, mucho más bonitos que cualquier catálogo que hubiéramos podido pedir con antelación.

Nerea, la novia, lloró al verlos, aunque esta vez de la buena manera, y comentó entre lágrimas que aquellos centros de mesa silvestres «tenían más alma que cualquier cosa de floristería».

—Esto —le dije a Gonzalo, ya con la ceremonia empezada y los dos escondidos discretamente al fondo del jardín, observando— es exactamente lo que intentaba explicarle el primer día que vino.

Que esta casa se sostiene con improvisación, cariño y mucho romero cuando hace falta, no solo con hojas de cálculo.

—Ya lo veo. Y por primera vez no se lo estoy discutiendo.

—Un milagro.

—El milagro es que hayamos conseguido cien centros de mesa en cuatro horas sin que a usted le diera un ataque de nervios.

—Los ataques de nervios los guardo para las cosas que de verdad los merecen. Un problema con solución siempre encuentra su solución. Los que me quitan el sueño son los que no sé cómo arreglar.

Gonzalo me pasó un brazo por la cintura, allí mismo, entre el romero cortado y el eco de los votos de Nerea e Iker llegando desde la capilla, y por un momento, con el susto de la mañana ya convertido en anécdota, sentí que aquel verano, con toda su locura, se estaba convirtiendo también en la prueba más clara de que Casa Almendra, con Gonzalo o sin la ayuda del banco, sabía sobrevivir a casi cualquier cosa que le pusieran por delante.

Quedaban cinco semanas y media hasta el quince de septiembre, una reunión presencial pendiente, una tasación por encargar y un exnovio trabajando para el enemigo que probablemente no había dicho su última palabra.

Pero por primera vez desde que Gonzalo Ferreira había bajado de su coche con cara de estar calculando algo que no le gustaba, sentí que el futuro de Casa Almendra, y el mío propio, empezaban a apuntar en la misma dirección.