Instrucciones para sujetar un corazón CAPÍTULO 7
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CAPÍTULO 7

El informe salió hacia el banco un miércoles de mediados de agosto, dentro de una carpeta azul que Gonzalo había elegido con el mismo cuidado con el que elegía cada palabra del documento, como si el color pudiera influir también en la decisión de un comité que, según nos había advertido, tardaría entre dos y tres semanas en dar una respuesta.

—Dos o tres semanas —repetí, viendo cómo el mensajero se llevaba la carpeta hacia su furgoneta—. Eso nos deja justo en el límite.

—Nos deja con margen, que no es lo mismo.

—Gonzalo me pasó un brazo por los hombros, un gesto que ya empezaba a sentir tan natural como cualquier otra costumbre de la casa—.

He incluido una nota pidiendo respuesta prioritaria, dado el interés de terceros en la finca.

A los bancos no les gusta llegar tarde a nada que huela a buen negocio.

—Habla de mi casa como si fuera una jugada de ajedrez.

—Es una jugada de ajedrez. Solo que esta vez las piezas nos importan de verdad.

Los días siguientes transcurrieron con esa lentitud especial de la espera importante, la misma que había sentido antes de cada resultado de análisis médico de mi abuela, antes de cada examen decisivo, antes de cualquier cosa cuyo resultado no dependía ya de lo que uno pudiera hacer, sino de la voluntad de alguien sentado detrás de un escritorio ajeno.

Seguíamos con las bodas de agosto, que aquel año habían decidido, por conspiración del calendario, concentrarse todas en fines de semana consecutivos, y entre boda y boda, Gonzalo y yo nos íbamos acostumbrando a una rutina nueva que ya no tenía nada que ver con clienta y arquitecto: desayunos improvisados en la cocina antes de que llegara el resto del equipo, paseos cortos hasta el olivar cuando el trabajo nos daba una hora libre, mensajes que empezaban hablando de presupuestos y terminaban, invariablemente, hablando de otra cosa.

Diego reapareció el jueves de la segunda semana, esta vez sin la excusa de ninguna boda ni de ninguna prima.

Me lo encontré sola, en el aparcamiento, cuando volvía de dejar unas flores sobrantes en las residencias del pueblo, y por su manera de apoyarse en el coche, con los brazos cruzados y una calma demasiado estudiada, supe antes de que abriera la boca que aquella visita no tenía nada de espontánea.

—Vega. Tienes un minuto.

—No especialmente. ¿Qué quieres, Diego?

—Hablar contigo. Sin arquitectos delante, sin tu tía, sin nadie más. Solo tú y yo, como antes.

—Como antes ya no existe. Y menos ahora que trabajas para la empresa que quiere quedarse con mi casa.

Algo se le tensó en la cara, la primera grieta que le veía en toda la conversación, y bajó los brazos, como si hubiera decidido cambiar de estrategia sobre la marcha.

—Precisamente por eso he venido. Sé cosas que tú no sabes, Vega.

Sobre cómo funciona esto. Iturralde no va a rendirse solo porque el banco os refinancie.

Tienen más paciencia y más dinero del que os imagináis, y al final, cuando la reforma cueste más de lo previsto, cuando aparezca otro problema como el de la viga, van a estar ahí, con la misma oferta y menos gente dispuesta a aguantar.

—¿Cómo sabes lo de la viga?

Se quedó callado un segundo de más, y esa pausa me dijo todo lo que necesitaba saber.

—Da igual cómo lo sepa. Lo importante es que te estoy avisando, como amigo.

—Tú y yo no somos amigos, Diego. Dejamos de serlo el día que decidiste que mi vida entera era menos interesante que un ascenso en una consultora, y ahora resulta que ese ascenso te ha llevado justo a la empresa que quiere quitarme lo único que me queda de los últimos nueve años. No necesito tus avisos.

—Solo intento que no pierdas más de lo necesario. Vendan ahora, con buenas condiciones, mientras Iturralde todavía está dispuesto a negociar con amabilidad. Dentro de unos meses, si el banco no os refinancia, no vais a tener margen para negociar nada.

—Vamos a tener el margen que nos dé la gana, porque esta casa no está en venta, y cada vez que vienes a repetírmelo, lo único que consigues es que esté más segura de que no pienso ceder.

Se fue con la misma calma estudiada con la que había llegado, dejándome con el estómago revuelto y una certeza incómoda: fuera lo que fuera lo que Iturralde tuviera preparado, no pensaban esperar tranquilamente el resultado del banco.

Pensaban presionar por todos los frentes posibles, y Diego, con su acceso privilegiado a información que no debería tener, era solo el primero de esos frentes.

***

No se lo conté a Gonzalo esa tarde. Me dije que era porque teníamos una boda al día siguiente y no quería añadirle más tensión a una semana ya bastante cargada, pero en el fondo, si soy sincera conmigo misma, también me daba vergüenza admitir que Diego seguía teniendo la capacidad de dejarme el estómago revuelto un rato después de cualquier conversación, por breve que fuera.

Se enteró dos días después, por Cata, que lo mencionó sin mala intención mientras los tres recogíamos el jardín después de la boda del sábado.

—Menos mal que Vega le paró los pies el jueves —dijo, refiriéndose a la visita de Diego con la misma naturalidad con la que hablaba de cualquier otro proveedor conflictivo—. Se ve que Iturralde no piensa quedarse quieto esperando al banco.

Vi la cara de Gonzalo cambiar en tiempo real, pasando de la sorpresa a algo más parecido a la decepción, y supe, antes de que dijera nada, que había cometido un error.

—¿Diego vino aquí el jueves? —preguntó, con una calma que sonaba más forzada que tranquila—. ¿Y no me lo contó?

—Iba a contárselo. Se me pasó, con la boda de por medio.

—Vega, lleva dos días sabiendo que Iturralde está usando a su ex para presionarla directamente, y se le ha «pasado» contármelo.

—No levantó la voz, pero algo en su tono se había vuelto más frío que en cualquier otra conversación que hubiéramos tenido hasta entonces—.

Estamos en esto juntos. Al menos, eso creía yo.

—Y lo estamos. No es que quisiera ocultárselo, es que...

—¿Es que qué?

Me costó encontrar la respuesta, porque la verdad, cuando por fin la encontré, no me hacía quedar especialmente bien.

—Es que me dio vergüenza —dije, al final—. Que Diego todavía pueda alterarme con una simple conversación de tres minutos en un aparcamiento. Que después de año y medio, y después de todo lo que hay ahora entre usted y yo, una parte de mí siga reaccionando a él como si todavía importara.

Gonzalo se quedó callado un momento, procesando aquello con la misma atención con la que procesaba cualquier problema estructural, y algo en su expresión se suavizó, aunque no del todo.

—No me importa que le altere, Vega. Sería raro que no le afectara nada, después de dos años juntos. Lo que me importa es que decidiera cargar con eso sola, en vez de contármelo, justo cuando llevamos semanas repitiéndonos que estamos en el mismo equipo.

—Tiene razón.

—Ya lo sé. —Esbozó una media sonrisa cansada, la primera grieta en su frialdad—. Pero no me gusta tenerla en esto.

Cata, que llevaba toda la conversación fingiendo estar muy concentrada doblando manteles a diez metros de distancia, decidió en ese momento que era buen momento para desaparecer discretamente hacia la cocina, dejándonos solos junto a las mesas vacías del jardín.

—Lo siento —dije, cuando nos quedamos solos—.

En serio. No volveré a guardarme algo así, aunque me dé vergüenza, aunque piense que puedo con ello sola.

Llevo nueve años acostumbrada a resolver los problemas de esta casa sin pedirle ayuda a nadie, y es difícil cambiar esa costumbre de un mes para otro, aunque quiera.

—Lo entiendo. Más de lo que cree. —Se acercó, despacio, y me cogió la mano con un gesto que era más de tregua que de reconciliación completa todavía—.

Yo tampoco soy precisamente un experto en pedir ayuda.

Llevo ocho años cargando solo con lo de mi abuelo, sin contárselo casi a nadie, hasta que se lo conté a usted bajo la lluvia de la capilla, sin haberlo planeado siquiera.

—Entonces estamos empezando a aprender los dos lo mismo, a la vez.

—Eso parece.

Nos quedamos un rato en silencio, con las manos entrelazadas y el jardín ya vacío a nuestro alrededor, mientras el cielo empezaba a teñirse del naranja habitual de los atardeceres de agosto, y poco a poco, sin necesidad de más palabras, la tensión de la discusión se fue disolviendo en algo más parecido al alivio de haberla tenido y haberla resuelto, en vez de dejarla enquistarse como tantas otras cosas que ninguno de los dos había sabido decir a tiempo en el pasado.

—Prométame una cosa —dijo Gonzalo, cuando ya caminábamos de vuelta hacia la casa—. La próxima vez que Diego, o cualquiera de Iturralde, intente algo, me lo cuenta el mismo día. Aunque le dé vergüenza. Aunque piense que puede con ello sola.

—Se lo prometo. Con una condición.

—¿Cuál?

—Que usted haga lo mismo si Marta Ibargüen vuelve a llamarlo con otra oferta triple.

—Trato hecho.

Sellamos el trato con un beso corto, casi solemne, como quien firma un contrato importante, y aunque la amenaza de Diego y de Iturralde seguía ahí, más cerca de lo que nos hubiera gustado admitir, tuve la sensación de que aquella pelea pequeña, la primera de verdad que teníamos como pareja, nos había dejado algo mejor de lo que teníamos antes: la certeza de que, cuando las cosas se complicaran de verdad, íbamos a decírnoslo el uno al otro, en vez de guardárnoslo por vergüenza o por costumbre.

El viernes siguiente, cuando ya empezábamos a acostumbrarnos a la rutina de esperar noticias del banco sin noticias de Iturralde, sonó el teléfono del despacho a media mañana, con un número que ninguno de los dos reconoció, y la voz al otro lado, formal y neutra como solo pueden serlo las voces que trabajan en un banco, pidió hablar con la titular de la cuenta de Casa Almendra para «revisar unos últimos detalles del expediente antes de la resolución final».

***