CAPÍTULO 6 #2
Gonzalo dejó el teléfono sobre la mesa con un cuidado exagerado, como si necesitara ese gesto pequeño para no reaccionar de una manera más brusca.
—Eso explica la mano que me tendió aquel día —dijo, al final—. Y la pregunta sobre si «hablaba bien» de mí. No estaba midiéndome como ex de nadie. Estaba haciendo trabajo de campo.
—Debí darme cuenta antes. Diego nunca ha hecho nada sin un motivo concreto detrás.
—No podía saberlo. Ninguno de los dos podíamos.
—Pero me siento estúpida igualmente. Dejé que entrara en mi casa, que viera la buhardilla, que le pidiera el hueco a Cata para «enseñarle la sala». Le hemos dado un recorrido guiado gratis a la competencia.
Gonzalo se levantó y se acercó a mí, con esa calma suya que a veces me exasperaba y que en ese momento, precisamente, era lo único que impedía que yo empezara a dar vueltas por el despacho como un animal enjaulado.
—Escúcheme —dijo, cogiéndome de los hombros con una firmeza tranquila—.
Que Diego haya venido a hacer trabajo de campo no cambia nada de lo que ya sabíamos.
Iturralde quiere comprar la casa. Ya lo sabíamos.
Lo único que cambia es que ahora sabemos que están dispuestos a jugar sucio para conseguirlo, y eso, en realidad, nos da una ventaja.
—¿Qué ventaja?
—Que podemos contárselo al banco. Un informe de viabilidad pesa más cuando además demuestra que hay un grupo hotelero dispuesto a comprar la finca muy por encima de mercado. Eso no es una amenaza, Vega. Es una prueba de que el activo vale lo que decimos que vale.
Me quedé mirándolo, sorprendida, no por primera vez, de la capacidad que tenía de convertir cualquier mala noticia en un argumento a nuestro favor con solo darle la vuelta suficiente.
—A veces se me olvida que usted es bueno en esto.
—A veces se me olvida a mí también, con todo lo demás que está pasando. —Me soltó los hombros, aunque dejó una mano apoyada en mi brazo, como si no quisiera perder del todo el contacto—. Vamos a incluir la oferta de Iturralde en el informe. Y vamos a ganar esta partida con sus propias cartas.
***
Mi tía, cuando se lo contamos esa misma noche, tardó un buen rato en reaccionar, sentada en su silla de siempre, con las zapatillas puestas y un vaso de vino que esta vez sí llegó a beberse entero antes de hablar.
—Diego Marín —repitió, con un desprecio que no le había oído nunca, ni siquiera cuando él y yo rompimos—. El mismo Diego que vino a esta casa dos veces, de niño, a las bodas de sus primos, comiendo de mi tarta gratis.
—El mismo.
—Pues que sepa una cosa —dijo mi tía, levantándose con una energía que hacía semanas que no le veía—: esta familia lleva veinticinco años sujetando pasteles con tenedores y arreglando generadores con cinta aislante.
No nos va a asustar un chico que se ha comprado un traje nuevo y una tarjeta de empresa.
Cata, que había venido a cenar con nosotras esa noche, levantó su copa con una sonrisa torcida.
—Por Casa Almendra —dijo—. Y porque Diego Marín se entere, tarde o temprano, de con quién se ha metido.
Brindamos las tres, y aunque la amenaza seguía ahí, agazapada, con nombre y apellido y una tarjeta de empresa nueva, sentí, por primera vez desde la llamada de Marta Ibargüen, que no estábamos solas enfrentándonos a ella.
Teníamos un informe cada día más sólido, una familia dispuesta a pelear, una amiga que sabía sujetar pasteles y ahora también centros de mesa contra cualquier cosa que se les pusiera por delante, y un arquitecto que, por lo visto, prefería perder dinero antes que perder la casa que había empezado, sin planearlo, a considerar también un poco suya.
***
Gonzalo se quedó esa noche hasta tarde, después de que Cata se fuera y mi tía se retirara a su cuarto con la promesa de dormir mejor de lo que había dormido en semanas, ayudándome a reunir todos los documentos que necesitábamos añadir al informe: la publicación de LinkedIn de Diego, capturada y guardada; el correo de Marta Ibargüen, que por suerte había respondido por escrito además de por teléfono; una tasación independiente que Gonzalo encargó esa misma noche, con una llamada urgente a un colega que le debía, según dijo, «más de un favor».
—¿Cree que esto es suficiente? —le pregunté, ya pasada la medianoche, con los ojos cansados de tanta pantalla y tanto papel.
—Creo que es la mejor baza que hemos tenido desde que empezamos.
Un banco no quiere quedarse con un edificio en ruinas, pero tampoco quiere dejar escapar un activo que otra empresa está dispuesta a pagar muy por encima de mercado.
Vamos a ponérselo delante de las narices: si refinancian, Casa Almendra sigue siendo un negocio rentable con setenta y cinco bodas al año.
Si no lo hacen, alguien más se queda con un activo que ellos mismos reconocen que vale mucho más de lo que la hipoteca pendiente representa.
—Habla como si ya hubiera ganado.
—Hablo como alguien que lleva toda la noche despierto por usted y prefiere sonar seguro antes que asustado, aunque las dos cosas convivan bastante bien ahora mismo, si le soy sincero.
Aquella confesión, tan simple, dicha casi de pasada mientras ordenaba papeles sobre la mesa, me tocó de una manera que ningún gráfico ni ninguna cifra había conseguido en todo el verano.
Me acerqué a él, le quité de las manos la carpeta que estaba a punto de cerrar, y lo besé despacio, sin la urgencia del primer beso bajo el roble, con la calma de quien ya no tiene que comprobar nada, solo confirmarlo.
—Gracias por quedarse despierto por mí —dije, cuando nos separamos—. Y por creer en esta casa tanto como yo, aunque no le corresponda del todo.
—Me corresponde más de lo que cree. —Me apartó un mechón de pelo de la cara, el mismo gesto de la noche del jardín, que ya empezaba a sentir como algo suyo, particular, solo para mí—.
Llevo ocho años intentando reparar, aunque sea un poco, lo que hice con aquel edificio de los años veinte.
Salvar esta casa no es solo un trabajo, Vega.
Es la manera que he encontrado de hacer las paces conmigo mismo.
Se fue casi a la una de la madrugada, con la carpeta ya completa bajo el brazo y la promesa de entregar el informe final al banco antes de que terminara la semana, y me quedé sola en el despacho de mi tía, rodeada de papeles, pensando que hacía dos meses mi mayor preocupación había sido un pastel inclinado en la boda de Marisol y Fran, y que ahora, en cambio, tenía entre manos una guerra silenciosa contra un grupo hotelero, un ex convertido en enemigo corporativo y un hombre que decía cosas como «hacer las paces conmigo mismo» sin darse cuenta, quizás, de que también estaba ayudándome a hacer las paces con la mía.
Quedaban seis semanas y media hasta el quince de septiembre.
Por primera vez en todo el verano, con el informe casi terminado y Gonzalo de mi lado en todos los sentidos que importaban, esa cifra empezó a sonarme menos a cuenta atrás y un poco más a plazo razonable para ganar algo que, hasta hacía muy poco, ni siquiera sabía que estaba en juego.
Apagué la luz del despacho, guardé la última copia del informe en la carpeta que dejaríamos preparada para el mensajero del banco, y antes de subir a mi piso me quedé un momento en el porche, mirando el jardín a oscuras, el roble apenas una sombra más oscura contra el cielo de agosto.
Pensé en Diego, en su traje nuevo y su tarjeta de empresa, intentando convencer a alguien de que aquel sitio no era más que metros cuadrados con potencial turístico.
Pensé en Marta Ibargüen, calculando cifras al otro lado de una ciudad que ni siquiera conocía el nombre de las setenta y cinco bodas que llevábamos ya ese año.
Y pensé, sobre todo, en que ellos podían ofrecer todo el dinero del mundo, pero ninguno de los dos tenía lo que nosotros teníamos esa noche: a alguien dispuesto a quedarse despierto hasta la una de la madrugada, no por un contrato, sino porque el sitio, y la gente que lo defendía, se le habían metido dentro de una manera que ningún cheque, por grande que fuera, podía comprar.
Subí las escaleras hacia mi piso despacio, sin prisa por dormirme, repasando en la cabeza cada detalle de aquella noche extraña: el descubrimiento sobre Diego, el enfado que se me había pasado más rápido de lo esperado gracias a la calma de Gonzalo, el beso en el despacho entre carpetas y facturas, la confesión sobre las paces consigo mismo que todavía me resonaba en el pecho.
Pensé también en mi tía, brindando con una energía que llevaba meses sin verle, y en Cata, prometiendo guerra con una copa de vino en la mano como si aquello fuera, más que una crisis, una aventura compartida entre las tres.
Fuera lo que fuera lo que Grupo Iturralde tenía preparado para las próximas semanas, tuve la certeza, esa noche, de que no nos iban a encontrar solas ni asustadas, sino exactamente como llevábamos veinticinco años recibiendo cualquier imprevisto en aquel jardín: con los pies en la tierra, la cabeza fría y, si hacía falta, un tenedor clavado en el sitio justo para que nada se viniera abajo.