CAPÍTULO 6
Agosto entró en Casa Almendra con la misma discreción con la que suele entrar el mes que todo el mundo teme y nadie está nunca preparado para recibir.
Las bodas de agosto son las más grandes del año, las que llevan meses de preparación y las que peor sientan un imprevisto, así que entre eso, la fecha límite del banco y la sombra de Grupo Iturralde flotando sobre cada conversación, los primeros días del mes se me pasaron entre listas, proveedores y una sensación constante de estar corriendo detrás de algo que no terminaba de dejarse alcanzar.
Gonzalo, por su parte, se había vuelto todavía más metódico de lo habitual. Llegaba antes, se iba después, y cada vez que yo mencionaba a Iturralde, algo se le tensaba en la mandíbula que no se le quitaba en el resto del día.
—¿Está bien? —le pregunté un martes, viéndolo revisar por tercera vez el mismo cálculo de la instalación eléctrica, con una concentración que ya empezaba a parecer más nerviosismo que rigor.
—Estoy calculando.
—Lleva media hora calculando lo mismo.
Dejó el bolígrafo sobre la mesa y se pasó una mano por la cara, un gesto de cansancio que no le había visto ni siquiera la noche de la viga con termitas.
—Marta Ibargüen me ha llamado —dijo, al final—. Directamente a mí, no a través de Casa Almendra.
Sentí que el estómago se me encogía de una manera que ya conocía, la misma de cuando había colgado el teléfono aquella mañana de julio.
—¿Y qué quería?
—Contratarme. Como consultor externo para «evaluar el potencial del edificio», según sus palabras exactas. Me ha ofrecido el triple de lo que factura este proyecto entero.
No dije nada durante un segundo entero, procesando la información con una calma que no sentía en absoluto, y Gonzalo, que debió de leerme la cara mejor de lo que a mí me hubiera gustado, levantó las dos manos como quien se rinde antes de que empiece la pelea.
—Le he dicho que no, Vega. Antes de que termine de contarle nada más, le he dicho que no, y le he colgado.
—No he dicho nada.
—No hacía falta que lo dijera. Tiene la misma cara que puso el día que le hablé de meter alquileres para empresas en el plan.
Solté el aire que no sabía que estaba conteniendo y me senté frente a él, en la silla que ya empezaba a considerar «mi silla» en aquella mesa de reuniones improvisada.
—No es que no confíe en usted —dije, aunque una parte de mí, la parte que llevaba un mes y medio calculando riesgos con la misma intensidad que él calculaba cargas, sabía que no era del todo cierto—.
Es que llevo demasiado tiempo viendo cómo el dinero cambia las prioridades de la gente más rápido de lo que a nadie le gusta admitir.
—Lo sé. Y por eso mismo entiendo que le costara un segundo creerme del todo.
—Se inclinó hacia delante, buscando mi mirada con una insistencia que no era agresiva, solo honesta—.
Pero llevo ocho años cargando con lo que hice en aquel proyecto.
No pienso repetirlo por dinero, y mucho menos aquí, con usted.
—¿Y si le ofrecen más? ¿Y si insisten?
—Entonces insistirán con la persona equivocada.
Le creí. O quise creerle, que a veces, cuando se lleva tan poco tiempo confiando de verdad en alguien, es lo más parecido que se consigue a la certeza absoluta.
***
El viernes, Gonzalo apareció a las ocho de la tarde, fuera de horario, sin tablet ni carpeta ni ninguno de sus instrumentos habituales, vestido con una camisa que no le había visto y que claramente no era de trabajo.
—¿Esto es una visita técnica fuera de horario? —le pregunté, todavía con el delantal puesto de haber ayudado a Cata a recoger la boda del mediodía.
—Esto es una cita. La primera que le pido en condiciones, sin tener una excusa de reforma de por medio.
—¿Y adónde piensa llevarme un arquitecto sin tablet?
—A ningún sitio con manteles ni menú degustación, si eso le tranquiliza. He pensado que después de un mes y medio viendo esta casa de día, quizás le apetecía verla de noche, sin listas de invitados ni proveedores de por medio.
Me quité el delantal más rápido de lo que hubiera querido admitir, y los dos caminamos hasta el jardín trasero, el que da al olivar, donde Gonzalo había extendido una manta y una cesta que, según confesó con cierta vergüenza, había preparado él mismo esa tarde, entre planos y llamadas de teléfono.
—No hay tarta de tres pisos ni cava —advirtió, mientras nos sentábamos—, pero hay queso decente y una botella de vino que espero que no decepcione.
—Viniendo de un hombre que dobla servilletas mejor que cualquier profesional que haya contratado, no esperaba menos.
El sol se ponía despacio detrás de los olivos, tiñendo el cielo de ese naranja intenso que solo tienen los atardeceres de agosto, y por primera vez en semanas no hablamos de números, ni de la viga, ni del banco, ni de Iturralde.
Hablamos de todo lo demás: de la infancia de Gonzalo entre planos de su padre, de mi primer trabajo como camarera de bodas antes de convertirme en organizadora, de las ciudades que él había visitado por trabajo y que yo apenas conocía porque llevaba nueve años sin salir más de un fin de semana seguido de aquella finca.
—¿Nunca le ha apetecido irse? —preguntó, en algún momento entre el queso y la segunda copa—. Ver mundo, trabajar en otro sitio, vivir en una ciudad donde nadie sepa el nombre de todos los novios que ha visto casarse.
—Lo pensé, una vez. Después de Diego. Estuve a punto de irme a trabajar a una agencia de eventos en la capital.
—¿Y qué pasó? —Que la noche antes de mandar la solicitud definitiva, mi tía me llamó llorando porque se le había estropeado el generador en plena boda de los Etxeberria, en pleno agosto, con doscientos invitados y un DJ que amenazaba con irse.
Vine a ayudar, arreglamos el generador entre las dos con cinta aislante y mucha suerte, y cuando terminó la noche, viendo bailar a los novios bajo las luces que habíamos rescatado in extremis, me di cuenta de que no quería estar en ningún otro sitio viendo esa escena. Rompí la solicitud al día siguiente.
—¿Nunca se ha arrepentido?
—Algunos lunes de enero, cuando no hay ni una boda en el calendario y llueve sin parar, un poco. Pero no lo suficiente como para irme de verdad.
—Yo tampoco me arrepiento de haber dejado el estudio grande —dijo Gonzalo, mirando hacia el olivar, donde ya empezaban a encenderse las primeras estrellas—.
Gano menos. Trabajo más. Pero cada proyecto que hago ahora se parece más a esto: a algo que le importa a alguien de verdad, no solo a un balance de accionistas.
—Menos mal que no lo convenció Marta Ibargüen con su oferta triple.
—Con esa oferta, ni con el doble de esa oferta. —Me miró, con esa media sonrisa que ya reconocía tan bien—. Hay cosas que no se calculan en euros, por mucho que yo me pase el día haciendo números.
Nos quedamos allí hasta que se hizo de noche del todo, hablando de todo y de nada, con el vino ya casi terminado y el jardín de Casa Almendra a nuestra espalda, iluminado apenas por las luces de la cocina, y cuando por fin recogimos la manta y caminamos de vuelta hacia la casa, cogidos de la mano sin que ninguno de los dos hiciera ningún comentario al respecto, tuve la sensación clara de que aquella cita, sin tarta ni cava ni listas de invitados, había sido, con diferencia, la mejor celebración que se había hecho en aquel jardín en mucho tiempo.
***
El lunes siguiente, Cata me esperaba en la puerta de la cocina con el teléfono en la mano y una expresión que no auguraba nada bueno.
—Tienes que ver esto —dijo, sin ni siquiera saludarme, tendiéndome la pantalla.
Era una publicación de LinkedIn, del perfil profesional de Diego, anunciando con evidente orgullo su nuevo puesto: «Encantado de compartir que me incorporo a Grupo Iturralde Hoteles como responsable de desarrollo de nuevas ubicaciones».
La foto que acompañaba la publicación era una imagen corporativa del propio Diego, sonriendo con esa sonrisa practicada de siempre, junto al logotipo de la empresa que llevaba semanas intentando comprarme la casa.
—Esto no puede ser casualidad —dijo Cata, leyendo mi cara con la misma facilidad de siempre.
Pensé en la visita de Diego, semanas atrás, con la excusa de la boda de su prima que ya empezaba a sonarme, en retrospectiva, tan poco convincente como me había parecido entonces.
Pensé en su madre hablando con la mía en la peluquería, en lo rápido que se había enterado de que teníamos un arquitecto trabajando en la reforma, en la manera en que se había ido aquel día, mirando a Gonzalo con una atención que en su momento achaqué a simples celos de ex.
—Creo —dije, despacio, mientras la cabeza me iba uniendo piezas que hasta ese momento habían parecido sueltas— que Diego no vino aquel día por ninguna prima que se casa en octubre.
—Creo que vino a hacer exactamente el mismo trabajo que Marta Ibargüen le ha estado ofreciendo a Gonzalo. Solo que él sí aceptó.
Cata guardó el teléfono despacio, sin decir nada más, y las dos nos quedamos mirando hacia el jardín, hacia el roble que llevaba veinticinco años presidiendo bodas ajenas y que ahora, por lo visto, se había convertido también en el centro de una partida mucho más grande de lo que ninguna de las dos había imaginado: una en la que mi ex trabajaba ya, oficialmente, para el bando contrario, y en la que el quince de septiembre, cada día que pasaba, se acercaba un poco más deprisa de lo que a mí me hubiera gustado.
***
Encontré a Gonzalo esa misma tarde, revisando los últimos detalles del informe que teníamos que entregar al banco en menos de un mes, y le enseñé la publicación sin decir nada, dejando que fuera él quien la leyera entera antes de reaccionar.
—Diego Marín —dijo, despacio, reconociendo el nombre—. Su ex.
—Mi ex, que resulta que ahora trabaja para la empresa que quiere comprarnos la casa. Y que estuvo aquí, hace unas semanas, con la excusa de una boda que probablemente ni siquiera existe.