CAPÍTULO 5 #2
—Buenos días, ¿hablo con Vega Alonso, de Casa Almendra? Soy Marta Ibargüen, de Grupo Iturralde Hoteles. Le llamo porque hemos sabido que la finca está en proceso de reforma y nos gustaría hacerles una propuesta de compra. Estamos dispuestos a ofrecer muy por encima del valor de mercado.
Miré a Cata, que había dejado de sonreír de golpe, y sentí que el suelo del jardín, el mismo donde apenas doce horas antes me habían besado bajo el roble de las setenta y cuatro bodas, se movía un poco bajo mis pies.
—Creo que tiene que hablar con mi tía —conseguí decir, al final—. Pero le adelanto que Casa Almendra no está en venta.
—Todo tiene un precio, señorita Alonso. Piénselo, y llámeme cuando quiera hablar de números. Mi oferta sigue en pie hasta finales de agosto.
Colgó antes de que yo pudiera añadir nada más, dejándome con el teléfono todavía pegado a la oreja y una sensación nueva, incómoda, instalándose junto a la que llevaba toda la mañana disfrutando: la de que quizás, después de todo, la amenaza más grande para Casa Almendra no había sido nunca la viga con termitas, ni siquiera el banco, sino alguien dispuesto a pagar lo suficiente para que todo lo que estábamos construyendo, la reforma, las ayudas, el beso de anoche incluido, dejara de importar delante de una cifra con muchos ceros.
***
Encontré a mi tía en el despacho, todavía con la sonrisa de la noche anterior medio dibujada en la cara, y verla así, tranquila por primera vez en meses, me hizo dudar un segundo antes de contarle lo de la llamada.
Lo hice de todas formas, porque guardárselo habría sido peor, y porque Casa Almendra era tan suya como mía, quizás más.
—Grupo Iturralde —repitió, cuando terminé de contarle la conversación, con una voz que se le apagó de golpe—. Los conozco. Compraron el antiguo balneario de la sierra hace tres años. Lo convirtieron en un hotel de lujo con spa y restaurante con estrella. Ni rastro de lo que había sido antes.
—Eso es exactamente lo que le he dicho que no queremos.
—Lo sé, cariño. Pero también sé lo que pagan. Y no es una cantidad que se pueda despachar con orgullo, sin más.
Nos quedamos las dos calladas un momento, con el peso de la conversación instalado entre nosotras como una tercera persona incómoda, hasta que mi tía, con ese gesto suyo de quien decide no dejarse arrastrar todavía por el miedo, se levantó y me puso una mano en el hombro.
—Vamos a terminar la reforma. Vamos a conseguir el informe del banco. Y si después de todo eso alguien quiere ofrecernos dinero por una casa que ya no está en números rojos, decidiremos con la cabeza fría, no con miedo. Pero hoy no. Hoy tenemos una boda que preparar.
Tenía razón, como casi siempre la tiene, aunque eso no evitó que pasara el resto del sábado con la llamada de Marta Ibargüen dando vueltas en algún rincón de la cabeza, entre la colocación de las mesas y la revisión del menú, como un ruido de fondo que no terminaba de apagarse.
Se lo conté a Gonzalo esa misma tarde, cuando pasó un momento por la casa para revisar el estado de la viga ya tratada, y su reacción fue tan inmediata que me sorprendió incluso a mí, que ya empezaba a acostumbrarme a sus reacciones medidas y calculadas.
—¿Iturralde? —Su voz cambió de tono por completo, algo que no le había oído hasta entonces—. Son los mismos que compraron el edificio que le conté. El de los años veinte. El que yo ayudé a valorar para que lo derribaran.
No supe qué decir. Verlo así, con la mandíbula tensa y la mirada fija en algún punto del jardín que ya no tenía nada que ver con vigas ni con tejados, me hizo entender, de una manera que ningún informe hubiera podido explicarme, cuánto le importaba de verdad todo aquello, y cuánto de sí mismo se estaba jugando en salvar Casa Almendra de un destino que ya conocía de primera mano.
—No van a conseguirlo —dijo, al final, con una determinación que sonaba menos a promesa profesional y más a algo personal—. No mientras yo pueda evitarlo.
—Gonzalo, no puede prometerme eso. Ni siquiera sabemos si el informe va a convencer al banco a tiempo.
—Lo sé. Pero se lo prometo igual. —Me miró, con esa mezcla de firmeza y algo más blando que ya había visto la noche anterior bajo el roble—.
Anoche le dije que llevaba un mes midiendo esta casa centímetro a centímetro.
No pienso quedarme de brazos cruzados viendo cómo alguien con más dinero que criterio decide cuánto vale.
Le cogí la mano, sin pensarlo demasiado, y él la apretó con una fuerza que decía más que cualquier informe de viabilidad que hubiera escrito hasta entonces.
El sol empezaba a bajar detrás del roble, pintando el jardín de ese color naranja que tanto le gustaba a los fotógrafos de bodas, y por un momento, a pesar de la llamada de esa mañana, a pesar de la fecha límite que seguía acercándose semana tras semana, sentí que teníamos algo a nuestro favor que ningún grupo hotelero podía comprar con dinero: gente dispuesta a pelear por un sitio, no solo a calcular su precio.
Quedaban siete semanas hasta el quince de septiembre, y ahora, además del banco y de la viga ya casi curada, teníamos un nuevo nombre que temer: Grupo Iturralde Hoteles, con su oferta «muy por encima del valor de mercado» esperando, paciente, hasta finales de agosto, por si alguno de nosotros terminaba cediendo antes de que llegara la fecha.
Esa noche, ya en casa, no pude evitar buscar en internet todo lo que encontré sobre Grupo Iturralde Hoteles: fotos del antiguo balneario convertido en spa de cinco estrellas, entrevistas con su directora general hablando de «recuperar el patrimonio con una mirada contemporánea», una lista larga de premios de arquitectura y diseño que, en otro contexto, me hubieran parecido hasta admirables.
En las fotos de antes y después, el edificio original apenas se reconocía: las mismas piedras, quizás, pero vaciadas de todo lo que las había hecho importantes para la gente que las había conocido antes de la reforma.
Le escribí a Gonzalo, aunque ya era tarde, porque necesitaba decírselo a alguien que entendiera exactamente por qué me daba tanto miedo.
«He estado mirando fotos del balneario que reformaron. Es precioso. Y no se parece en nada a lo que era antes.»
Contestó casi al momento, como si tampoco él pudiera dormir con la misma facilidad de otras noches.
«Lo sé. Yo hice parte de los cálculos de esa reforma, hace años, antes de dejar el estudio grande. Es uno de los proyectos de los que más me arrepiento.»
«¿Por qué no me lo dijiste antes?»
«Porque hasta esta mañana no sabía que Iturralde tenía puestos los ojos en Casa Almendra. Y porque contarle a la mujer que me gusta que ayudé a borrar la memoria de un edificio no es exactamente la conversación que uno busca la noche después del primer beso.»
Sonreí, sola, en la cama, leyendo esa frase dos veces antes de contestar, porque «la mujer que me gusta» sonaba a algo que llevaba semanas queriendo escuchar sin saberlo del todo.
«No vamos a dejar que le pase lo mismo a esta casa.»
«No. No vamos a dejarlo.»
Dejé el teléfono en la mesilla, junto a la gotera de siempre, pensando que hacía apenas veinticuatro horas mi mayor preocupación había sido una viga con termitas, y que ahora, en cambio, tenía un beso que repetir en la memoria cada vez que cerraba los ojos, una empresa hotelera dispuesta a comprar mi casa entera, y un arquitecto que, por primera vez desde que lo conocía, parecía tan decidido como yo a que ninguna de las dos cosas terminara ganando la partida.
Antes de apagar la luz, releí una vez más la conversación, deteniéndome otra vez en esas cuatro palabras que se me habían quedado prendidas en algún sitio del pecho —«la mujer que me gusta»— y pensé que había pasado un mes entero organizando la vida de otras personas, sus bodas, sus flores, sus votos escritos a mano en tarjetas que después guardaban en un cajón, sin pararme a pensar que a mí también podía pasarme algo parecido a lo que veía celebrar cada sábado.
Casa Almendra llevaba veinticinco años siendo el escenario de las historias de otros.
Por primera vez, tuve la sensación extraña y un poco vertiginosa de que también podía estar convirtiéndose en el escenario de la mía.
Apagué la luz, pero tardé en dormirme, repasando la semana entera como quien repasa un álbum de fotos recién revelado: la carta de las ayudas llegando justo a tiempo, el abrazo en el despacho, la cena bajo las velas, el beso, la llamada de Marta Ibargüen deshaciendo en un minuto la calma que habíamos tardado un mes en construir.
Si alguien me hubiera preguntado, ese jueves de hacía apenas ocho días, si un solo verano podía contener tantas cosas a la vez, me habría reído.
Ahora, tumbada en la oscuridad, con el móvil todavía caliente en la mano, pensé que julio, con todo lo que había traído, apenas había sido el ensayo general de lo que agosto tenía preparado.