Instrucciones para sujetar un corazón CAPÍTULO 5
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CAPÍTULO 5

La respuesta de la línea de ayudas para patrimonio rural tardó diez días en llegar, diez días durante los cuales Gonzalo apareció cada mañana con la misma puntualidad de siempre, aunque con una tensión nueva en los hombros que no se le quitaba ni doblando servilletas ni arreglando fuentes de chocolate averiadas.

Yo tampoco dormía mucho mejor. Entre boda y boda de julio, revisaba el correo cuatro o cinco veces al día, como si mirarlo con más frecuencia fuera a acelerar la respuesta de una administración que, según todo lo que Gonzalo me había explicado, tardaba de media entre tres semanas y dos meses en contestar cualquier cosa.

—Va a salirnos una úlcera a los dos antes de que llegue esa carta —le dije un martes, mientras revisábamos juntos, otra vez, el estado de la buhardilla.

—A mí ya me ha salido. Es solo que no se la enseño a los clientes. Forma parte del servicio.

—Qué generoso.

—Incluido en el precio.

El correo llegó, por fin, un jueves de finales de julio, un día sin bodas, mientras yo estaba en el despacho ayudando a mi tía a cuadrar las facturas del mes.

Gonzalo entró sin llamar, cosa que no hacía nunca, con el teléfono en la mano y una expresión que durante un segundo entero no supe leer, ni para bien ni para mal.

—Nos la han concedido —dijo—. Cuatro mil doscientos euros. No los seis mil enteros, pero cubre la mayor parte del tratamiento de la viga y del refuerzo.

Mi tía soltó el bolígrafo con tanta fuerza que rodó hasta el suelo, y yo me levanté tan rápido que la silla estuvo a punto de caerse detrás de mí.

No pensé lo que hice a continuación. Simplemente crucé el despacho y abracé a Gonzalo con una fuerza que probablemente no era del todo profesional, y él, después de un segundo de sorpresa, me devolvió el abrazo con la misma intensidad, con una mano firme en mi espalda que se quedó ahí un poco más de lo estrictamente necesario para celebrar una noticia administrativa.

—Gracias —le dije, todavía con la cara contra su hombro, notando que olía a algo que no supe identificar del todo, algo entre madera recién cortada y el café que llevábamos bebiendo toda la mañana—. En serio. Gracias.

—Ha sido su cuaderno el que convenció al comité, no mis números. Incluí dos páginas enteras describiendo las bodas que se han celebrado aquí. Al parecer los funcionarios también tienen corazón, aunque no lo parezca.

Nos separamos, quizás un poco más despacio de lo que hubiera separado a dos personas que solo compartían una noticia de trabajo, y mi tía, que nos miraba desde su silla con una sonrisa que no se molestó en disimular, propuso lo único razonable que se podía proponer en ese momento.

—Esto se celebra. Esta noche. Los cuatro, Cata incluida, en el jardín, con la última botella buena que me queda del armario.

***

La cena improvisada se convirtió, sin que nadie lo planeara del todo, en una fiesta pequeña bajo el roble, con velas que Cata sacó de un cajón de emergencias para bodas, una tabla de quesos que apareció de la nevera de mi tía y la botella de vino que llevaba guardada, según ella, «para una ocasión especial que nunca terminaba de llegar».

—Pues ha llegado —dijo mi tía, sirviendo las copas con una alegría que no le veía desde antes de la primera llamada del banco—. Por la viga que no se va a caer, por las ayudas de patrimonio y por el arquitecto que hemos tenido la suerte de contratar.

—Por el arquitecto —repitió Cata, mirándome a mí con una ceja levantada que solo yo supe interpretar del todo.

Brindamos los cuatro, y la noche se fue estirando con esa lentitud agradable de las noches de verano que nadie tiene prisa por terminar.

Mi tía contó anécdotas de las primeras bodas de Casa Almendra, de cuando todavía no existía la buhardilla ni el problema de la viga, de un novio que se había caído literalmente al estanque que en aquella época sí existía, antes de que lo rellenaran por seguridad.

Cata contó la vez que había tenido que sujetar un centro de mesa entero durante una hora porque el jarrón se había roto justo antes de la ceremonia.

Gonzalo, para mi sorpresa, contó una historia de cuando era estudiante y había calculado mal la carga de un puente de madera en una maqueta de clase, delante de todo el profesorado, con un resultado que él mismo describió como «espectacularmente húmedo».

—Así que no siempre ha sido usted el hombre infalible de los informes perfectos —le dije, cuando ya llevábamos la segunda copa cada uno.

—Nadie es infalible a los veinte años. A los treinta y dos, procuro que se note menos.

—A los treinta y dos años yo todavía sujeto pasteles con tenedores en plena boda, así que no se sienta tan superior.

Mi tía y Cata, en algún momento entre el postre y la tercera vela que se consumió del todo, encontraron excusas para retirarse hacia la cocina, primero una y después la otra, con una sincronización tan poco disimulada que hasta Gonzalo se dio cuenta.

—Creo que nos están dejando solos a propósito —dijo, mirando hacia la cocina, donde se veía a Cata fingiendo fregar algo que ya estaba limpio.

—Cata lleva un mes convencida de que aquí hay algo más que reformas y presupuestos.

—¿Y usted qué opina?

La pregunta se quedó suspendida entre los dos, junto con el humo de la última vela y el canto de los grillos que empezaba a llenar el jardín ahora que la música de fondo se había apagado.

No contesté enseguida. Miré el roble, la misma silueta oscura contra un cielo que empezaba a llenarse de estrellas, y pensé que llevaba semanas evitando exactamente esa pregunta, disfrazándola de bromas, de trabajo, de cualquier cosa que me permitiera no responderla en voz alta.

—Creo —dije, al final— que llevo un mes intentando convencerme de que todo esto es solo gratitud. Que le estoy agradecida porque está salvando mi casa, y que confundo la gratitud con otra cosa porque llevo mucho tiempo sin que nadie se tome tantas molestias por algo mío.

—¿Y lo cree de verdad?

—No. —Me sorprendió lo fácil que salió, después de tantas semanas guardándomelo—. No lo creo, no. Pero es más cómodo decirlo así.

Gonzalo dejó su copa en la mesa, despacio, con ese cuidado suyo de quien mide cada gesto antes de hacerlo, y se acercó un paso, lo suficiente para que el olor a madera y café volviera a envolverme, lo suficiente para que el corazón se me acelerara de una manera que ya no podía achacar al vino.

—Vega, llevo un mes entero midiendo esta casa centímetro a centímetro —dijo, con la voz más baja de lo habitual—. Y llevo el mismo mes intentando no darme cuenta de que la parte que más me interesa medir no está en ningún plano.

—Eso ha sonado a una frase técnica muy rara.

—Es lo mejor que se me ha ocurrido con dos copas de vino y usted mirándome así.

—¿Así cómo?

—Así, como si también llevara un mes queriendo que alguien terminara esta frase por usted.

No lo negué. No pude, en realidad, porque en ese momento el resto del jardín, el roble, las velas, incluso el ruido lejano de Cata fingiendo fregar en la cocina, se quedaron en un segundo plano tan lejano que casi dejé de percibirlos del todo.

Gonzalo levantó una mano, despacio, y me apartó un mechón de pelo de la cara con un gesto que no tenía nada de técnico ni de calculado, y cuando por fin se inclinó hacia mí, yo ya había decidido, sin necesidad de pensarlo más, que no pensaba apartarme.

El beso fue breve, casi tímido al principio, como si los dos estuviéramos comprobando que aquello no era una idea que se nos hubiera ocurrido solos a cada uno, sino algo que llevaba semanas construyéndose despacio entre servilletas dobladas, gráficos de presupuesto y una tormenta bajo el porche de la capilla.

Cuando se separó, apenas unos centímetros, con la frente casi pegada a la mía, sonrió de una manera que no le había visto nunca, sin la media sonrisa calculada de siempre, entera y un poco insegura, como si él tampoco supiera muy bien qué hacer con lo que acababa de pasar.

—Esto —dijo, en voz baja— no estaba en ningún informe.

—Menos mal. No sé qué partida presupuestaria le habría puesto.

Se rio, y me besó otra vez, esta vez sin la timidez del primero, con una certeza que se contagió también a mí, y durante un rato que no supe medir, allí, bajo el roble de las setenta y cuatro bodas, dejé de contar los días que quedaban hasta el quince de septiembre y me permití, por primera vez en meses, no calcular absolutamente nada.

***

Cata me encontró a la mañana siguiente en la cocina, antes de que abriéramos la casa para la boda del sábado, con una sonrisa tan amplia que no necesitó preguntar nada.

—No hace falta que digas ni una palabra —dijo, sirviéndose un café con una calma que contrastaba con el brillo de sus ojos—. Se te nota en la cara. Pareces una novia el día antes de la boda, y no precisamente por los nervios.

—No digas tonterías.

—Vega. Anoche os dejamos solos en el jardín durante cuarenta minutos y volviste a casa sonriendo como no te había visto sonreír en año y medio. No hace falta ser detective.

Le di el gusto de contárselo, porque llevaba tantas semanas guardándome cosas que no confesar aquello me pareció, por una vez, un alivio en vez de una carga.

Cata escuchó cada detalle —el vino, las velas, la frase a medio hacer bajo el roble— con la atención de quien lleva meses esperando exactamente esa historia, y cuando terminé, en vez de la broma que esperaba, me miró con una seriedad poco habitual en ella.

—Me alegro mucho, de verdad —dijo—. Solo prométeme una cosa.

—¿Qué?

—Que esta vez no vas a esperar a que la historia se acabe sola para darte cuenta de lo que sentías. Con Diego tardaste dos años en admitir que ya no eras feliz. No tardes dos años en admitir esto.

No tuve tiempo de contestarle, porque en ese momento sonó mi teléfono, con un número que no tenía guardado, y la voz al otro lado, formal y directa, cambió el tono de toda la mañana antes de que hubiera terminado de decir su nombre completo.