CAPÍTULO 4 #2
Mi tía, que había subido detrás de nosotros con las zapatillas todavía puestas, se quedó mirando la viga como si acabara de recibir una noticia médica sobre alguien de la familia, lo cual, en cierto modo, no estaba tan lejos de la verdad.
—¿Cuánto? —preguntó, con esa voz seca que usa cuando ya sabe que la respuesta le va a doler.
—Entre tratamiento y refuerzo estructural, unos seis mil euros. Puedo intentar ajustarlo, pero no mucho más. Esto no es negociable, Sole. No podemos meter la sala nueva encima de una viga comida por dentro.
Seis mil euros no estaban en ningún gráfico de los que Gonzalo nos había enseñado el domingo.
Seis mil euros eran, calculé rápidamente en mi cabeza mientras el corazón se me aceleraba, casi todo el margen de un año entero de bodas, el mismo margen que se suponía que teníamos que multiplicar, no gastar en salvar una viga que llevaba generaciones ahí sin que nadie se hubiera dado cuenta de que se estaba muriendo por dentro.
—Lo encontraremos —dijo Gonzalo, mirándome a mí más que a mi tía, como si hubiera notado el pánico que yo intentaba disimular—.
Hay una línea de ayudas para rehabilitación de patrimonio rural que podría cubrir buena parte, si presentamos la solicitud esta semana.
No es rápido, pero es dinero real que no sale de su bolsillo.
—¿Y si no llega a tiempo la ayuda?
—Entonces buscamos otra manera. Pero no se me ocurre ni una sola razón para dejar que una viga con termitas se cargue todo lo que llevamos un mes construyendo.
Habló con una firmeza que, extrañamente, me calmó más que cualquier número que hubiera podido darme, y mi tía, que llevaba meses viviendo con el miedo pegado a la piel, pareció respirar por primera vez en toda la mañana.
—Redacte la solicitud —dijo ella—. Lo que haga falta.
Gonzalo se quedó esa tarde hasta tarde, sentado en la mesa del despacho de mi tía, rellenando formularios con una concentración que no había visto en él ni siquiera con los planos de la buhardilla, y yo me quedé a su lado, pasándole cafés y buscando papeles antiguos de la casa que la solicitud pedía, sintiendo, por primera vez desde que todo aquello había empezado, que no estaba sola enfrentándome al banco, a las termitas y al calendario que se nos echaba encima.
—Gracias —le dije, ya de noche, cuando por fin cerró la carpeta—. En serio. Por esto y por todo lo demás.
—Todavía no hemos ganado nada. Solo hemos rellenado un formulario.
—Ya. Pero es la primera vez en meses que rellenar un formulario me hace sentir que tenemos una oportunidad de verdad, y no solo una lista de problemas cada vez más larga.
Me miró un momento, con esa atención suya que ya no me resultaba incómoda sino, de alguna manera extraña, reconfortante, y por un segundo pensé que iba a decir algo más, algo que no tenía que ver con vigas ni con ayudas de patrimonio. En vez de eso, cerró la carpeta del todo y se levantó.
—Váyase a dormir, Vega. Mañana seguimos.
Lo acompañé hasta la furgoneta, más por costumbre que porque hiciera falta, y antes de subir se giró un momento, con la carpeta de la solicitud todavía bajo el brazo.
—¿Sabe lo que más me ha sorprendido de hoy? —dijo—. No ha llorado. Ni una vez. Le he dado una cifra que podría hundir el negocio de su familia y usted ha pasado directamente a buscar papeles antiguos en un archivador.
—Llorar no arregla vigas.
—Ya lo sé. Solo digo que la mayoría de la gente, con esa noticia, se hubiera derrumbado un rato antes de ponerse a solucionar nada. Usted no.
—Llevo nueve años calmando novias histéricas quince minutos antes de que suene la marcha nupcial. Se me ha quedado la costumbre de guardar el derrumbe para cuando estoy sola.
Aquello pareció preocuparle más que consolarle, y por un momento pensé que iba a decir algo al respecto, algún comentario sobre lo poco sano que suena guardar los derrumbes para la soledad, pero solo asintió, despacio, como archivando la información para otro momento.
—Pues si alguna vez necesita derrumbarse acompañada —dijo, subiendo por fin a la furgoneta—, ya sabe dónde encontrarme. Aunque sea mala hora. Aunque sea sobre una viga con termitas.
Se fue antes de que yo encontrara qué contestar a eso, y me quedé en la grava, viendo las luces traseras alejarse hacia la carretera, pensando que aquel hombre tenía una habilidad muy particular para decir las cosas más importantes de la noche justo cuando ya no me daba tiempo a responder.
Encontré a Cata en la cocina, terminando de fregar las tazas de café que habíamos ido acumulando toda la tarde, y le conté lo de la viga, lo de la solicitud, lo de los seis mil euros que ahora mismo no teníamos y que, con suerte, no tendríamos que buscar solos.
—¿Y lo otro? —preguntó, sin dejar de fregar, con esa capacidad suya de intuir que siempre hay «lo otro».
—¿Qué otro?
—Vega. Llevas la cara de alguien a quien le acaban de decir algo importante y no sabe muy bien dónde guardarlo.
Le conté lo de la furgoneta, lo de «si alguna vez necesita derrumbarse acompañada», intentando quitarle importancia con el tono, aunque sabía que a Cata no se le escapaba nada, y menos aún el brillo que debía de tener yo en los ojos al repetirlo.
—Eso —dijo Cata, secándose las manos en el trapo con una lentitud deliberada— no es lo que dice un arquitecto a una clienta cualquiera.
—Es lo que dice un hombre educado a alguien que ha tenido un mal día.
—Es lo que dice un hombre que lleva un mes intentando decirte otra cosa y no encuentra el momento. —Colgó el trapo y me miró de frente—. Vega, en serio. ¿Cuánto tiempo más piensas seguir llamándolo «el arquitecto» en tu cabeza para no tener que ponerle otro nombre a esto?
No le contesté, porque no tenía una respuesta que no sonara a excusa, y me fui a casa con la pregunta de Cata todavía resonando, mezclada con la voz de Gonzalo diciendo lo de la furgoneta, mezclada con el peso concreto de seis mil euros y una viga con termitas que, por algún motivo, esa noche me preocupaba mucho menos de lo que debería.
***
Esa noche, ya en mi piso, con el teléfono en la mano y la tentación de escribirle algo a Gonzalo que no supe cómo empezar, recibí un mensaje suyo primero.
«¿Llegó bien a casa? La tormenta ha vuelto por aquí.»
Lo leí tres veces antes de contestar, buscando en cada palabra algo que probablemente no estaba, y al final escribí lo único sensato que se me ocurrió, que era también, sospeché, lo único sincero.
«Llegué bien. Gracias por lo de hoy. Todo. La reforma, la tormenta, la historia de su abuelo.»
«De nada. Mañana sigo con los presupuestos. Intentaré no arreglar ninguna fuente de chocolate, se lo prometo.»
«No prometa cosas que no puede cumplir, Ferreira.»
«Buenas noches, Vega.»
Dejé el teléfono en la mesilla y me quedé mirando el techo, la misma gotera pequeña de siempre, pensando que llevaba un mes entero repitiéndome que aquel hombre solo estaba allí para salvar un negocio, y que cada día que pasaba esa frase me sonaba un poco menos verdadera.
Pensé en la viga con termitas, en los seis mil euros que todavía no sabíamos de dónde iban a salir, en la solicitud de ayudas que Gonzalo había rellenado con la misma dedicación con la que había dibujado sillas mirando al jardín en un plano que nadie le había pedido tan detallado.
Pensé en Diego, aparcando donde no debía un miércoles cualquiera, y en lo poco que me había costado no sentir nada al verlo, comparado con lo mucho que me estaba costando fingir que no sentía nada cada vez que Gonzalo Ferreira aparecía en la grava con su furgoneta blanca.
Pensé, sobre todo, en la frase que se había quedado a medio decir bajo el porche de la capilla, con la lluvia cayendo entre los dos, y en que tarde o temprano alguno de los dos iba a tener que terminarla.
Quedaban siete semanas y media hasta el quince de septiembre, y por primera vez no supe si tenía más miedo de que el plan de Gonzalo fracasara, o de que funcionara tan bien que, cuando todo estuviera arreglado, ya no tuviera ningún motivo para seguir viniendo cada mañana con su furgoneta blanca y su tablet llena de números que, poco a poco, habían empezado a sonar a otra cosa.