Instrucciones para sujetar un corazón CAPÍTULO 4
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CAPÍTULO 4

El domingo, tal como había prometido, Gonzalo llegó a las diez de la mañana con los presupuestos de la buhardilla impresos y una caja de pastas del horno del pueblo, lo cual me pareció, viniendo de un hombre que hasta entonces solo me había traído gráficos y frases técnicas, un gesto casi sospechosamente amable.

—¿Soborno? —le pregunté, cogiendo una pasta de la caja antes incluso de saludarlo.

—Estrategia. La gente firma mejor con azúcar en la sangre. Lo dice algún estudio que seguro que existe.

—O quiere que le perdone lo de ayer.

—¿Qué tenía que perdonarle de ayer?

—Que salvara la fuente de chocolate delante de veinte niños y se llevara todos los aplausos que llevo años ganándome yo a pulso en este jardín.

Se rio, de verdad, con una risa corta que no le había oído hasta entonces, y por algún motivo aquello me alegró más de lo que estaba dispuesta a admitir en voz alta un domingo por la mañana, con la boca todavía llena de pasta de almendra.

Nos sentamos en la mesa del porche, la que da sombra hasta media mañana, y extendió los planos de la buhardilla convertida: una sala pequeña, con vigas vistas y la claraboya original, capaz de veinte personas sentadas, treinta de pie.

Había dibujado incluso, con un detalle que no le pedí, una fila de sillas mirando hacia el jardín, como si ya estuviera viendo la ceremonia que algún día se celebraría allí.

—Esto es bonito —dije, y lo dije en serio, sin la reserva con la que solía recibir sus ideas—. De verdad.

—Gracias. —Pareció sorprendido de que se lo dijera sin pelea previa—. ¿No va a buscarle ningún problema?

—Le voy a buscar un problema en cuanto encuentre uno. Deme tiempo.

—Cuento con ello.

Repasamos los números durante casi una hora: el coste de reforzar el suelo, de instalar una escalera nueva que cumpliera la normativa, de la climatización que necesitaría un espacio que hasta entonces solo había servido para acumular polvo y recuerdos ajenos.

Gonzalo explicaba cada partida con la paciencia de quien ha aprendido a traducir números en historias, algo que necesitaría un espacio que hasta entonces solo había servido para acumular polvo y recuerdos ajenos.

—¿Y esto lo aprendió en la universidad? —le pregunté—. ¿A explicar números como si fueran cuentos?

—Esto lo aprendí viendo a mi padre perder una discusión tras otra con inversores que no entendían de arquitectura pero sí de dinero. Decidí que, si algún día tenía que sentarme al otro lado de la mesa, no iba a dejar que nadie perdiera un sitio como este por no saber explicarlo bien.

—Habla mucho de su padre y de su abuelo. Poco de usted.

Se quedó un momento callado, doblando una esquina del plano que no necesitaba doblarse.

—Yo soy la parte aburrida —dijo, al final—. El que hace números para que los demás puedan quedarse con sus casas. No hay mucha historia ahí.

—No le creo.

—¿Por qué no?

—Porque un hombre aburrido no se para en medio de una fiesta hawaiana a arreglar una fuente de chocolate sin que nadie se lo pida. Y no dibuja sillas mirando al jardín en un plano que nadie le ha pedido tan detallado.

Levantó la vista del plano, sorprendido de que me hubiera fijado en un detalle tan pequeño, y durante un segundo no dijo nada, solo me miró con esa atención suya que ya empezaba a resultarme, más que incómoda, familiar.

—Puede que no sea tan aburrido como digo —admitió—. Puede que solo lleve mucho tiempo practicando serlo, porque es más fácil cuando trabajas con casas ajenas y te vas antes de encariñarte demasiado.

—¿Y con esta casa?

—Con esta casa ya es tarde para esa estrategia.

No supe si hablaba de la casa o de otra cosa, y decidí, otra vez, no preguntarlo directamente, porque hacerlo habría significado admitir que yo también llevaba semanas sin saber muy bien de qué lado de esa frase quería estar.

***

Terminamos de repasar los números pasado el mediodía, cuando el calor ya apretaba de verdad y las pastas de almendra habían desaparecido enteras entre los dos, y decidimos caminar hasta la parte trasera del terreno, donde Gonzalo quería revisar el estado del muro de piedra que separa Casa Almendra del olivar vecino.

Salimos sin paraguas, porque el cielo estaba despejado cuando cruzamos la puerta de la cocina, y solo cuarenta minutos después, cuando ya estábamos junto al muro con la libreta de Gonzalo llena de anotaciones, el aire cambió de golpe, como suele pasar en verano, y una tormenta que nadie había anunciado descargó sobre nosotros sin darnos tiempo a correr más de veinte metros.

—¡La capilla! —grité, señalando el tejadillo de piedra que se veía entre los árboles, y corrimos los dos, empapados ya antes de llegar, hasta refugiarnos bajo el porche pequeño de la entrada, donde una vez até flores para setenta y cuatro bodas y donde nunca había tenido que resguardarme de nada peor que el sol.

—Esto no estaba en el plan de hoy —dijo Gonzalo, sacudiéndose el agua del pelo con una mano, la libreta protegida bajo la camisa con un instinto que me pareció, en medio de todo, bastante enternecedor.

—Nada de lo que pasa aquí está nunca en el plan. Bienvenido de verdad a Casa Almendra.

La lluvia caía con esa fuerza que solo tienen las tormentas de julio, cortas y furiosas, golpeando el tejado de piedra con un ruido que hacía casi imposible hablar sin acercarse.

Nos quedamos los dos bajo el porche estrecho, más cerca de lo que habríamos estado en cualquier otra circunstancia, viendo cómo el jardín se llenaba de charcos y cómo el roble, empapado, parecía más verde que nunca bajo la luz gris de la tormenta.

—¿Sabe qué es lo curioso? —dijo Gonzalo, después de un rato de silencio compartido—.

Llevo ocho años entrando en casas ajenas, midiendo, calculando, y siempre me voy antes de que el sitio empiece a importarme de verdad.

Es una regla que me puse yo mismo, después de lo de mi abuelo.

No encariñarme con edificios que no son míos.

—¿Y esta vez?

—Esta vez la regla no está funcionando muy bien.

Lo dijo mirando hacia el jardín, no hacia mí, pero algo en el tono dejaba claro que no hablaba solo del jardín, y el silencio que vino después se llenó de la lluvia golpeando la piedra y de mi propio corazón, que decidió, en ese momento exacto, comportarse de una manera francamente poco profesional.

—Gonzalo.

—¿Sí?

Me giré hacia él, y él se giró hacia mí, y por un segundo, con el agua cayendo a nuestro alrededor y la capilla vacía detrás, tan cerca que podía ver las gotas de lluvia todavía atrapadas en sus pestañas, pensé que iba a pasar algo que llevaba semanas sin admitir que estaba esperando.

—Nada —dije, apartando la vista hacia el jardín, con una cobardía que me reproché al instante—. Da igual.

Él no insistió. Se quedó mirando la lluvia un momento más, y cuando por fin habló, su voz sonaba un poco más ronca de lo habitual, como si también él hubiera estado a punto de decir algo y hubiera decidido, igual que yo, guardárselo para otro día.

—La tormenta va a durar un rato —dijo—. ¿Le apetece que le cuente la verdadera razón por la que dejé de dedicarme a los edificios grandes?

—Me apetece mucho, sí.

—Trabajaba en un estudio grande, en la ciudad, diseñando torres de oficinas y centros comerciales.

Se gana bien. Se aprende rápido a hacer números enormes con sitios que no significan nada para nadie, porque un centro comercial no tiene setenta y cuatro bodas guardadas en un cuaderno.

Tiene metros cuadrados y tiendas que rotan cada dos años.

—¿Y qué pasó?

—Que un día me pidieron que valorara la demolición de un edificio de los años veinte para levantar uno de esos centros.

Un edificio con historia, con familias que habían vivido allí generaciones, y mi trabajo consistía en encontrar la manera más barata de convencer al ayuntamiento de que merecía más la pena tirarlo que conservarlo.

Lo hice. Se me daba bien. Y el día que aprobaron la demolición, en vez de sentirme orgulloso de mi informe, pensé en la casa de mi abuelo, y en que yo me había convertido exactamente en la clase de persona que nos la había quitado a nosotros.

—Así que se hizo el arquitecto de las casas que no quiere que nadie pierda.

—Algo así. Suena más noble de lo que es. La mayoría de los días solo soy un hombre con una calculadora y una lista de prioridades distinta a la de mis antiguos jefes.

—A mí me parece bastante noble.

—Usted todavía no ha visto mis facturas.

Me reí, y él sonrió, y la tormenta, que ya empezaba a amainar, dejó paso a esa luz especial que sale después de la lluvia de verano, cuando todo parece recién estrenado.

Salimos del porche cuando ya solo caían gotas sueltas, con la ropa medio seca y medio empapada, y caminamos de vuelta hacia la casa principal sin decir gran cosa, aunque el silencio, esta vez, no tenía nada de incómodo.

Cata nos vio llegar desde la cocina, empapados los dos, caminando demasiado cerca el uno del otro para tratarse solo de arquitecto y clienta, y no dijo nada, lo cual, viniendo de ella, fue el comentario más elocuente de toda la tarde.

***

El martes, la tranquilidad duró poco. Bruno llamó a Gonzalo a media mañana desde la buhardilla con una urgencia en la voz que no le había oído hasta entonces, y cuando subimos los tres a ver qué pasaba, encontramos una de las vigas principales del tejado con una zona blanda al tacto, comida por dentro, aunque por fuera nadie lo hubiera dicho.

—Termitas —dijo Gonzalo, pasando los dedos por la madera con una expresión que no me gustó nada—. Antiguas, probablemente. Puede llevar años ahí, avanzando despacio.

—¿Cómo de grave es «años avanzando despacio»? —pregunté, con el estómago ya encogido de una manera que no tenía nada que ver con el calor.

—Grave si no se trata ahora. Esta viga sostiene parte del tejado de la buhardilla y de la zona de cocinas. Si sigue así, en un par de inviernos podríamos tener un problema serio de verdad, no solo una gotera.