CAPÍTULO 3 #2
—Diego, la sala se enseña con cita previa —dije, cortando aquello antes de que se convirtiera en algo que no tenía ganas de presenciar—. Llama a Cata esta tarde y te busca un hueco la semana que viene.
—Solo quería verte un momento. —Dio un paso hacia mí, bajando la voz, como si Gonzalo no estuviera a menos de dos metros fingiendo revisar algo en su tablet—. Estás bien. Se te ve bien.
—Estoy trabajando, Diego.
—Ya lo veo. —Miró hacia Gonzalo un segundo, y de vuelta a mí—. Nos vemos, Vega.
Se fue por donde había venido, con el mismo paso seguro de siempre, y en cuanto el coche desapareció por el camino, Gonzalo dejó por fin de fingir que miraba la tablet.
—Así que ese es Diego —dijo, sin levantar la vista del todo.
—Ese es Diego.
—No parece muy interesado en la boda de su prima.
—No lo está. —Suspiré, porque explicar a Diego a las nueve y media de la mañana no entraba en mis planes para ese miércoles—. Es una larga historia que no le debo a usted ni a nadie.
—No se la he pedido. —Guardó la tablet en la bolsa, y por primera vez desde que lo conocía, me pareció que elegía las palabras con más cuidado del habitual—. Solo he dicho que no parecía muy interesado en la boda. El resto es cosa suya.
Algo en su tono, tan medido, tan cuidadosamente neutro, me hizo sospechar que le había costado bastante más esfuerzo del que aparentaba, y por primera vez desde que Gonzalo Ferreira había bajado de su coche con cara de estar calculando algo que no le gustaba, sentí que la que estaba calculando de más era yo.
***
Esa tarde, mientras ayudaba a Cata a montar el escenario para el cumpleaños hawaiano del sábado —guirnaldas de flores de plástico, una fuente de chocolate que ya me daba mala espina y un cartel enorme que decía ALOHA en letras doradas—, le conté lo de Diego con el tono más neutro que pude fingir.
—¿Y qué hizo Gonzalo? —preguntó Cata, sin apartar la vista de las guirnaldas, aunque yo sabía perfectamente que aquella pregunta era la única que le interesaba de verdad.
—Nada. Fue educado. Le dio la mano y ya está.
—Vega. Llevo tres años viéndote contar historias. Sé cuándo te dejas la parte importante para el final, como si así no contara.
Suspiré, colgando una guirnalda torcida que enderecé después sin mucha convicción.
—Se puso raro. Un segundo, nada más. Como si hubiera hecho un cálculo que no le había salido bien.
—Eso —dijo Cata, señalándome con una flor de plástico como si fuera un dedo acusador— es lo que en el mundo normal, fuera de tu cabeza, se llama estar celoso.
—No estaba celoso. Estaba... calculando algo.
—Vega, cariño. —Cata dejó la caja de guirnaldas en el suelo y me miró con esa paciencia infinita que solo se tiene con la gente a la que quieres de verdad—. Los hombres que calculan algo cuando ven a tu ex no están pensando en metros cuadrados.
No le contesté, porque no tenía nada que decir que no sonara a admitir algo que todavía no estaba lista para admitir ni siquiera delante de mí misma, y seguimos colgando guirnaldas hasta que se hizo de noche, con el cartel de ALOHA balanceándose sobre nuestras cabezas como una advertencia de que el verano, con todo lo que traía dentro, apenas acababa de empezar.
El sábado, el cumpleaños hawaiano resultó ser exactamente el desastre que yo llevaba semanas temiendo, solo que con más purpurina de la que había previsto ni en mis peores cálculos.
La fuente de chocolate se atascó a media tarde, cuando ya llevaba dos horas de brazos infantiles metidos dentro, y empezó a escupir chocolate caliente en una trayectoria que ningún ingeniero, ni siquiera uno tan bueno como Gonzalo, hubiera sabido predecir.
El cartel de ALOHA, mal atado desde el principio por mi propia mano cansada, se desplomó sobre la mesa de los regalos a las seis de la tarde, justo cuando el homenajeado —un hombre de cincuenta años con una camisa de flores que le quedaba dos tallas pequeña— se disponía a hacer el brindis.
—Esto —le dije a Cata, mientras las dos intentábamos rescatar la fuente de chocolate con un trapo y una paciencia que se me acababa por segundos— es peor que cualquier boda que hayamos hecho.
—Las bodas tienen normas. Los cumpleaños de cincuenta con temática hawaiana no tienen ninguna. —Cata se limpió una mancha de chocolate de la mejilla con el dorso de la mano—. Deberíamos haber cobrado el doble solo por el riesgo psicológico.
Fue entonces cuando vi la furgoneta blanca entrando en la grava, sin que nadie la hubiera llamado, y a Gonzalo bajando de ella con una camisa distinta a la de la reforma, más informal, como si hubiera pasado por allí de camino a otro sitio y hubiera decidido, sin que se lo pidiera nadie, parar a ver qué tal iba todo.
—¿Qué hace usted aquí un sábado? —le pregunté, todavía con el trapo lleno de chocolate en la mano.
—Pasaba cerca. —No sonaba muy convincente, y por la manera en que evitó mirarme del todo mientras lo decía, sospeché que «pasar cerca» significaba, en realidad, «he pensado en este sitio todo el fin de semana y he encontrado una excusa».
No se lo dije, claro. Guardé esa sospecha para más tarde, para cuando pudiera examinarla con calma—. ¿Necesitan ayuda con eso?
Señaló la fuente de chocolate, que en ese momento decidió, como respuesta, escupir una nueva salpicadura que aterrizó peligrosamente cerca de su camisa limpia.
—Sabe arreglar fuentes de chocolate, además de tejados y balances de banco.
—No sé arreglar fuentes de chocolate. Sé desmontar motores pequeños, que es más o menos lo mismo si entrecierra los ojos.
Se arremangó la camisa sin que nadie se lo pidiera, y en diez minutos, con la misma concentración con la que había medido cada centímetro del tejado semanas atrás, encontró el tornillo atascado que había convertido la fuente en un géiser de chocolate y lo dejó funcionando otra vez, entre los aplausos improvisados de un grupo de niños que llevaban toda la tarde esperando su momento con los dedos ya pegajosos.
—Es usted un hombre de recursos inesperados, Ferreira.
—Y usted organiza fiestas hawaianas con la misma seriedad con la que yo calculo cargas estructurales. Debería estar orgullosa.
—Estoy agotada, que es distinto.
Se quedó un rato más, ayudando a recoger las mesas cuando ya se habían ido los últimos invitados, cargando sillas con la misma eficiencia silenciosa que había mostrado doblando servilletas semanas atrás, y cuando por fin nos quedamos solos en el jardín, con el cartel de ALOHA doblado y guardado hasta el próximo desastre, me tendió una copa de algo que había rescatado de la barra sin que yo se lo pidiera.
—Por los cumpleaños hawaianos —dijo, levantando su copa—. Y por las fuentes de chocolate, que son más peligrosas que cualquier viga que haya calculado en mi vida.
—Por sobrevivir a julio —contesté, chocando mi copa con la suya.
El jardín, vacío ya de invitados, tenía esa quietud especial que solo llega después de una fiesta, cuando todo el ruido se ha ido y solo queda el rastro: sillas fuera de sitio, alguna servilleta olvidada en la hierba, la luz del atardecer cayendo sobre el roble de siempre.
Gonzalo se quedó mirando ese roble un momento, como si todavía estuviera calculando algo, y cuando volvió a mirarme, algo en su cara me hizo pensar que el cálculo, esta vez, no tenía nada que ver con vigas ni con presupuestos.
—Vega —empezó, y se detuvo, como si hubiera decidido a última hora que no era el momento.
—¿Qué?
—Nada. —Sonrió, esa sonrisa a medias que ya reconocía como su forma de retirarse justo antes de decir algo que no estaba seguro de querer decir en voz alta—. Que mañana tengo que revisar los presupuestos de la buhardilla. Si quiere, se los enseño antes de mandárselos al banco.
No era lo que había estado a punto de decir. Los dos lo sabíamos, y los dos decidimos, por razones distintas seguramente, dejarlo pasar esa noche.
—Claro —dije—. Mañana.
Se fue poco después, y me quedé sola en el jardín un rato más, con la copa vacía en la mano y el cartel de ALOHA a mis pies, pensando que llevaba un mes entero coleccionando frases a medias de un hombre que se suponía que solo venía a salvar mi casa, y que en algún momento de julio, sin que yo lo hubiera planeado ni un poco, había empezado a preguntarme qué pasaría si alguna de esas frases llegara, por fin, hasta el final.