Instrucciones para sujetar un corazón CAPÍTULO 3
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CAPÍTULO 3

El martes siguiente amaneció con la primera ola de calor de verdad del verano, de esas que hacen que el aire tiemble sobre la grava del aparcamiento y que mi tía saque los ventiladores viejos del trastero con la misma ceremonia con la que otros sacan el árbol de Navidad.

Gonzalo llegó a las ocho, como siempre, pero esta vez sin Bruno.

—¿Hoy trabaja solo? —le pregunté, viéndolo bajar del coche con una carpeta bajo el brazo en vez del arnés y el metro láser.

—Hoy no toca medir. Toca hablar de números, y para eso Bruno no hace falta. Solo hacen falta usted, su tía y un café fuerte.

Nos sentamos los tres en la mesa larga del salón principal, la que usamos para las cenas de ensayo cuando los novios quieren algo más informal que un banquete, y Gonzalo extendió sobre el mantel una serie de gráficos que había impreso en color, con barras y líneas que a mí me costó media hora entender del todo y que a mi tía, sospecho, le costaron el resto de la mañana.

—Esto es lo que hay —empezó—. Casa Almendra factura una media de ochenta y cuatro mil euros al año en bodas y eventos.

Los gastos fijos, entre mantenimiento, personal de temporada y la hipoteca, se comen setenta y nueve mil.

Eso deja un margen de cinco mil euros anuales para imprevistos, reformas y vida propia, lo cual, en un edificio de este tamaño, es matemáticamente insostenible.

—Eso ya lo sabíamos —dijo mi tía, con la voz un poco más apagada de lo habitual.

—Lo que no sabían, o no habían puesto en un papel, es que con tres cambios concretos ese margen podría multiplicarse por cuatro antes de dos años.

—Señaló el primer gráfico—. Uno: una segunda sala, la buhardilla que vimos la semana pasada, para ceremonias íntimas y cenas de ensayo, que ahora mismo pierden ustedes porque no tienen dónde ofrecerlas sin montar y desmontar el salón grande.

Dos: paquetes de temporada baja, de octubre a marzo, con precios más bajos para quien quiera casarse fuera de la temporada alta, que ahora mismo tienen ustedes vacía casi entera. Y tres...

Se detuvo, como si el tercer punto le costara más que los otros dos.

—Y tres —dijo por fin—, dejar de depender solo de bodas. Este sitio, entre semana, podría alquilarse para retiros de empresa, sesiones de fotos, rodajes pequeños. Cualquier cosa que llene un calendario que ahora mismo está vacío de lunes a viernes salvo cuando llego yo a medir paredes.

—No —dije, casi antes de que terminara la frase.

Los dos me miraron. Mi tía con una mezcla de sorpresa y algo parecido al alivio de no tener que ser ella quien lo dijera primero; Gonzalo con la paciencia de quien ya se esperaba la objeción y solo estaba calculando cuánto tiempo tardaría en llegar.

—¿No, qué parte exactamente? —preguntó.

—La parte de convertir esto en un plató de rodajes o en una sala de reuniones para gente que vende seguros.

Casa Almendra es un sitio donde la gente celebra lo más importante que le va a pasar en años.

No puedo enseñarle el jardín a una novia el sábado sabiendo que el jueves anterior aquí dentro un director de marketing ha hecho una dinámica de equipo con pelotas antiestrés.

—Vega —dijo mi tía, con ese tono suave que usa cuando quiere que me calme sin decirme directamente que me calme—, quizás deberíamos escuchar el plan entero antes de...

—Está bien —la interrumpió Gonzalo, levantando una mano, no de manera brusca sino como quien pide un segundo antes de defenderse—. Puedo explicarle por qué lo he puesto en el plan, y si sigue sin gustarle después de eso, lo quito. Pero escúcheme primero.

Asentí, aunque con los brazos cruzados, en la postura exacta que uso cuando pienso escuchar solo para poder rebatir mejor después.

—No estoy hablando de convertir esto en una sala de conferencias de lunes a viernes —dijo—.

Estoy hablando de dos o tres días al mes, en temporada baja, con tarifas altas precisamente porque el sitio es especial y no un hotel cualquiera con wifi y proyector.

La gente paga más por reunirse en un sitio con alma que en una sala gris de un polígono industrial.

No estoy vendiendo Casa Almendra. Estoy vendiendo lo mismo que usted vende cada sábado, solo que a un público distinto y en los días en que ahora mismo no gana ustedes ni un euro.

Lo pensé. Odiaba tener que pensarlo, porque llevaba toda la reunión preparada para no darle la razón en nada, pero los números no dejaban de tener sentido, y yo, por mucho que quisiera fingir lo contrario, sé leer un balance tan bien como sé calmar a una novia nerviosa.

—¿Y quién decide qué entra y qué no entra? —pregunté, al final—. Porque si la respuesta es «yo, desde un despacho en la ciudad, sin conocer el sitio», entonces seguimos teniendo un problema.

—La respuesta es usted —dijo, sin dudar—. Usted decide qué eventos encajan con lo que es este sitio y cuáles no. Yo solo pongo los números que demuestran que hay margen para decir que no a algunas cosas sin que la casa se hunda por eso.

Mi tía miró de Gonzalo a mí y de mí a Gonzalo con una expresión que no me gustó nada, la expresión de alguien que está viendo una película que ya conoce el final, y dijo, con una inocencia que no me creí ni por un segundo:

—Bueno, pues ya está. Vega decide, Gonzalo hace los números. Un equipo.

—No somos un equipo —dije, quizás demasiado rápido.

—Todavía no —dijo Gonzalo, y por la manera en que lo dijo, con esa media sonrisa que ya empezaba a reconocer como su forma particular de tomarme el pelo sin que se le notara del todo, supe que lo había dicho a propósito, solo para ver mi cara.

Mi tía se levantó con la excusa de hacer más café, que en realidad era la excusa de dejarnos solos en la mesa con los gráficos entre los dos, y en cuanto se fue, Gonzalo empezó a recoger los papeles con una calma que a mí, con el calor que ya empezaba a apretar en el salón, me pareció francamente irritante.

—¿Siempre gana las discusiones cediendo un poco al final? —le pregunté.

—No estoy cediendo. Estoy siendo razonable. Son cosas distintas, aunque a veces se parezcan.

—Y usted siempre es razonable.

—Casi siempre. —Levantó la vista de los papeles—. Con usted me está costando más de lo normal, si le sirve de consuelo.

No supe si aquello era un cumplido, una queja o las dos cosas a la vez, y decidí, como llevaba haciendo toda la semana, no darle más vueltas en voz alta, aunque por dentro sí que le di unas cuantas mientras recogía las tazas de café frío.

***

El miércoles, sin previo aviso, apareció Diego.

Lo vi antes de que él me viera a mí, aparcando el coche en la zona de invitados aunque no había ninguna boda ese día, con esa costumbre suya de entrar en cualquier sitio como si tuviera derecho a estar allí.

Llevaba año y medio sin verlo en persona, solo en las fotos que mi madre insistía en enseñarme «por casualidad» cada vez que la visitaba, y comprobé, con una mezcla de alivio y fastidio, que verlo bajar del coche no me hacía sentir gran cosa, más allá de una vaga curiosidad por saber qué hacía allí.

—Vega —dijo, con esa sonrisa que antes me parecía encantadora y que ahora me parecía, simplemente, muy practicada—. Cuánto tiempo.

—Diego. —Miré alrededor, buscando una explicación que no llegaba sola—. ¿Qué haces aquí?

—Mi prima se casa en octubre. Quería ver el sitio antes de recomendárselo, ya sabes, para asegurarme de que sigue siendo tan bonito como lo recuerdo.

Sonaba razonable, hasta que reparé en que Diego nunca había sido de los que se preocupan por asegurarse de nada para otra persona, y menos aún un miércoles cualquiera, sin avisar, con la camisa recién planchada y esa manera suya de mirarme como si estuviera comprobando algo.

—Podrías haber llamado —dije—. Te habría dado toda la información por teléfono, sin necesidad de venir hasta aquí.

—Quería verte. —Se encogió de hombros, como si aquello fuera la explicación más natural del mundo—. Me han dicho que llevas un mes trabajando con un arquitecto. Que la casa tiene problemas serios.

—La casa tiene una reforma en marcha, que no es lo mismo que problemas serios. ¿Quién te lo ha dicho?

—Mi madre. Que se lo dijo la tuya. —Sonrió otra vez, esa sonrisa que antes lograba desarmarme y que ahora solo conseguía cansarme un poco—. Ya sabes cómo va esto en el pueblo, Vega. Todo se sabe antes de que pase del todo.

Justo entonces, como si el guion de la mañana lo hubiera planeado con una puntualidad que solo existe en las peores comedias, la furgoneta blanca de Ferreira & Asociados entró en la grava y Gonzalo bajó de ella con una carpeta bajo el brazo, la misma expresión concentrada de siempre, hasta que nos vio a los dos juntos junto al roble y algo en su cara se ajustó, apenas un segundo, como quien recalcula una medición que acaba de cambiar.

—Buenos días —dijo, acercándose, con una cortesía tan perfecta que resultaba casi sospechosa—. No sabía que teníamos visita.

—Diego —dije, señalándolo con una mano que de pronto no sabía muy bien dónde poner—. Un... conocido. Viene a ver la casa para la boda de su prima.

—Su ex —corrigió Diego, tendiéndole la mano con una sonrisa que a mí me pareció innecesariamente amplia—. No hace falta suavizarlo, Vega. Encantado. Diego Marín.

—Gonzalo Ferreira. —Le estrechó la mano con la misma cortesía de antes, sin que se le notara absolutamente nada en la cara, lo cual, viniendo de un hombre que hasta entonces no había logrado ocultarme ni una sola opinión, me pareció el gesto más elocuente de toda la mañana—. Soy el arquitecto que lleva la reforma.

—Ya me han hablado de usted.

—Espero que bien.

—Depende de a quién le pregunte.

Los dos se sostuvieron la mirada un segundo de más, con esa cortesía tensa que usan los hombres cuando están midiéndose sin admitirlo, y yo, en medio de los dos, tuve la sensación clarísima de estar sobrando en una conversación que técnicamente trataba sobre mí.