Instrucciones para sujetar un corazón CAPÍTULO 2 #3
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CAPÍTULO 2 #3

—Todas las bodas son un caos organizado. La diferencia entre una boda bonita y un desastre no es que no haya caos. Es que el caos no se note desde donde están sentados los invitados.

—Como un edificio bien construido. Nadie ve las vigas, solo la fachada.

—Exacto. —Lo miré, sorprendida de que hubiera entendido algo tan rápido que a mí me había costado años explicar hasta a mi propia madre—. Igual sí que entiende algo de esto, después de todo.

—Llevo una semana intentando decírselo.

La ceremonia salió bien, como suelen salir cuando nadie más que yo sabe cuántas cosas han estado a punto de torcerse.

Los Salaberri se casaron bajo el roble, contaron su anécdota del paro entre risas de los invitados, y a las nueve de la noche, cuando el baile ya llevaba una hora y la tarta —bien nivelada esta vez, gracias— estaba servida, encontré a Gonzalo apoyado en la barandilla del porche, mirando la fiesta con un vaso de vino que no había pedido nadie que le sirviera.

—¿Qué hace usted todavía aquí? Su jornada de mediciones terminó hace horas.

—Estaba viendo cómo termina esto. Los números que necesito no salen solo de las vigas.

—¿Y qué le dicen los números esta noche?

Se quedó callado un momento, mirando cómo los novios bailaban algo lento en medio del jardín, rodeados de gente que aplaudía sin ningún interés en guardar la coreografía perfecta.

—Que sería un error muy caro cargarse esto por ahorrar en la reforma equivocada —dijo por fin—. Y que llevo una semana equivocándome de pregunta.

—¿Cuál era la pregunta equivocada?

—Cuánto vale este sitio en el mercado. —Me miró, esta vez sin la distancia técnica de los primeros días—.

Debería haber empezado por cuánto vale para la gente que lo usa.

Eso no sale en ningún informe bancario, pero es lo único que va a convencer a alguien de invertir aquí en vez de tirarlo y construir un hotel con piscina infinita.

No supe qué contestar a eso. Llevaba una semana preparada para pelear con él por cada viga, cada presupuesto, cada frase técnica que sonara a sentencia de muerte para Casa Almendra, y no tenía ninguna respuesta guardada para el momento en que dejara de sonar como el enemigo.

—Bueno —dije, al final, porque el silencio empezaba a durar más de lo que me apetecía admitir—, bienvenido al negocio de las bodas, Ferreira. Aquí todo el mundo acaba llorando tarde o temprano, y no siempre es por la novia.

Sonrió, mirando otra vez hacia la pista de baile, y por un rato los dos nos quedamos ahí, apoyados en la misma barandilla, viendo bailar a gente que no éramos nosotros, sin decir nada más, lo cual, para dos personas que llevaban una semana entera discutiendo por todo, era quizás la conversación más larga que habíamos tenido hasta entonces.

Cata me encontró allí veinte minutos después, cuando Gonzalo ya se había ido a buscar su coche y yo seguía apoyada en la misma barandilla, sin saber muy bien por qué no me había movido.

—¿Qué ha sido eso? —preguntó, con la mirada todavía puesta en el camino por donde había desaparecido la furgoneta blanca.

—Ha sido un arquitecto doblando servilletas.

—Ha sido un arquitecto doblando servilletas y mirándote como si tú fueras el edificio más interesante que ha medido en años. No me mires así, Vega, llevo toda la noche viéndolo.

—No me miraba a mí. Miraba la boda. Es su trabajo, ¿recuerdas? Entender por qué la gente elige este sitio.

—Ya. Y tú te has quedado aquí, sola, en la barandilla, repasando la conversación en tu cabeza, porque también es tu trabajo, claro.

No tenía una respuesta ingeniosa para eso, lo cual, tratándose de Cata, era casi peor que si la hubiera tenido, porque ella sabe leer mis silencios mejor que mis frases.

Me cogió del brazo y me llevó de vuelta hacia la fiesta, hacia la tarta ya casi terminada y la música que seguía sonando para los pocos invitados que aún no se habían rendido al sueño.

—Solo te digo una cosa —añadió, antes de soltarme para ir a rescatar al DJ, que discutía con el padre de la novia sobre la última canción de la noche—.

Llevas año y medio diciendo que no quieres saber nada de nadie.

No hace falta que quieras saber nada de nadie para darte cuenta de que alguien te está mirando distinto. Solo hace falta estar despierta.

Me quedé un rato más entre las mesas ya medio vacías, ayudando a recoger centros de flores que mañana repartiríamos entre las residencias del pueblo, como hacíamos siempre, y pensando que Cata tenía la costumbre irritante de decir la verdad justo cuando yo prefería seguir fingiendo que no la había visto venir.

Cuando por fin me subí al coche, pasada la medianoche, con los zapatos en la mano y los pies agradeciéndomelo en silencio, me descubrí repasando otra vez la frase de Gonzalo en el porche —«llevo una semana equivocándome de pregunta»— y preguntándome, sin querer admitirlo del todo, si yo también llevaba una semana equivocándome de algo, aunque todavía no supiera exactamente de qué.

Quedaban ocho semanas y media hasta el quince de septiembre. Y por primera vez desde que había empezado todo aquello, la fecha no me daba solo miedo. Me daba, también, una curiosidad que no sabía muy bien dónde guardar.