CAPÍTULO 2 #2
—No lo sienta. Ayúdeme a que esto no le pase a la suya.
—Se levantó, sacudiéndose el polvo del pantalón, y volvió a ser, casi, el hombre distante de la semana anterior, aunque ya no del todo—.
Bajemos. Bruno necesita medir la claraboya y yo necesito fingir que esta conversación no ha pasado, si no le importa.
—No me importa. Aunque le va a costar más de lo que cree.
Bajamos los tres por la escalera estrecha, y aunque no volvimos a hablar del abuelo ni de la casa del norte en lo que quedaba de mañana, algo entre nosotros había cambiado de sitio, como uno de esos muebles que llevan años en el mismo rincón y que, al moverlos por fin, dejan una marca distinta en el suelo.
Cuando Gonzalo y Bruno se fueron, ya pasado el mediodía, mi tía me llamó a su despacho con el gesto de quien necesita decir algo que lleva rato posponiendo.
—Hablé con el banco otra vez esta mañana —dijo, sin preámbulos—. Nos dan hasta el quince de septiembre. Antes de esa fecha tiene que estar el informe de Gonzalo, firmado, con un plan de reforma y una previsión de ingresos que ellos puedan creerse.
Hice la cuenta rápido, la misma cuenta que llevaba haciendo desde que se enteró de todo aquello: nueve semanas.
Nueve semanas para convertir un caserón con goteras en algo que un banco quisiera seguir financiando, y de paso, aunque eso no se lo dije a mi tía, nueve semanas trabajando codo con codo con un hombre que doblaba servilletas con la misma precisión con la que hacía preguntas incómodas.
—¿Y si no llega a tiempo? —pregunté, aunque ya sabía la respuesta, porque la habíamos hablado tantas veces que se había convertido en una especie de ritual macabro entre las dos.
—Si no llega a tiempo, ejecutan la hipoteca. Y Casa Almendra pasa a ser un solar bonito con vistas, que es la manera elegante que tienen los bancos de decir «ruina».
—No va a pasar eso.
—Ya sé que no va a pasar eso —dijo mi tía, con una convicción que no le había visto en meses—. Porque tú no lo vas a permitir, y ahora tenemos a alguien que sabe convertir en números lo que tú sabes convertir en bodas. Es la primera vez en un año que tengo la sensación de que esto puede salir bien.
No supe si aquello era optimismo genuino o el vino de la tarde anterior hablando por ella, pero decidí creérmelo, porque las dos necesitábamos creer algo esa semana, y esa frase, al menos, sonaba mejor que las alternativas.
***
El jueves de esa misma semana teníamos boda: los Salaberri, una pareja que se había conocido, según me contaron durante la primera reunión, en la cola del paro, lo cual les parecía tan poco romántico que habían decidido convertirlo en la anécdota estrella de sus votos.
Gonzalo llegó a media mañana, cuando el jardín ya estaba lleno de sillas blancas y Cata discutía con el florista sobre si el centro de mesa número siete llevaba demasiado eucalipto.
—No sabía que hoy había boda —dijo, deteniéndose en la entrada con la tablet a medio guardar.
—Los jueves también hay bodas, sorprendentemente. La gente se casa el día que puede pagar el salón, no el día que le viene bien a un calendario de reformas.
—No venía a molestar. Quería revisar la fachada norte antes de que se llene de coches.
—Pues revísela rápido, porque en dos horas esto se llena de coches, de flores, de un cura que llega siempre diez minutos tarde y de una tía abuela que insiste en sentarse en primera fila aunque no le corresponda.
Se quedó un momento mirando el ajetreo del jardín: Cata gesticulando junto al florista, dos camareros colocando copas en las mesas con una coreografía que llevábamos meses ensayando sin darnos cuenta, mi tía comprobando por tercera vez que el micrófono de la capilla funcionaba.
Algo en su cara cambió, un poco, como si estuviera viendo el sitio por primera vez de una manera distinta a la de los informes.
—¿Necesita ayuda? —preguntó, y la pregunta me sorprendió tanto que solté una risa antes de poder evitarlo.
—¿Usted? ¿Ayudando en una boda?
—Sé cargar sillas. No es tan distinto de calcular cargas estructurales, solo que las sillas pesan menos y protestan más si las colocas mal.
Le puse una caja de servilletas en las manos antes de que pudiera arrepentirse.
Pasó la siguiente hora doblando servilletas de tela con una precisión casi ofensiva —cada doblez idéntico al anterior, como si estuviera midiendo también eso—, mientras yo corría entre la cocina y el jardín resolviendo la crisis habitual de cada boda: la tarta que había llegado con una falta en el nombre de los novios, el DJ que se había perdido por una carretera que llevaba cerrada desde abril, la madre del novio que quería cambiar el orden de las lecturas a última hora porque «quedaba más bonito así».
Cada vez que pasaba junto a la mesa donde Gonzalo doblaba servilletas, él levantaba la vista un segundo, como comprobando que yo seguía entera, y volvía a lo suyo sin decir nada.
—Esto es un caos organizado —me dijo en un momento en que por fin me senté, cinco minutos, con un vaso de agua que llevaba media hora esperando a que me lo bebiera.