CAPÍTULO 2
Llegué a las siete y media, media hora antes de lo que él había dicho, por el simple placer de que no pudiera decir que yo llegaba tarde a mi propia casa.
Me encontré la puerta de la cocina ya abierta y una furgoneta blanca aparcada junto a mi coche, con el rótulo «Ferreira & Asociados» en un gris tan discreto que solo podía ser caro.
Dentro, en la cocina, había un hombre distinto al del lunes anterior: más joven, con una gorra puesta del revés y un metro láser que paseaba por las paredes como si buscara algo que se le hubiera perdido dentro del yeso.
—¿Y usted es? —le pregunté.
—Bruno. El que mide. —Señaló hacia el jardín con la barbilla, sin dejar de anotar números en una tablet idéntica a la de su jefe—. Él está fuera, con el tejado.
Salí. Gonzalo estaba de pie en medio del jardín, mirando hacia arriba, hacia la cubierta de la zona de cocinas, con las manos en los bolsillos del pantalón y una expresión que solo puedo describir como la de alguien haciendo cuentas que no le gustan.
Llevaba una camisa distinta a la de la semana anterior, más arrugada, como si se la hubiera puesto sin mirarse al espejo, lo cual, por algún motivo que no me molesté en analizar entonces, me pareció más humano que todo lo que había dicho hasta ese momento.
—Llega pronto —dijo, sin apartar la vista del tejado.
—Vivo aquí, en cierto sentido. Usted llega antes de lo que había dicho.
—Cuanto antes se acaben las mediciones, antes puedo darle a su tía un informe que no invente números. —Bajó por fin la vista hacia mí—. ¿Ha dormido bien?
La pregunta me pilló tan desprevenida que tardé un segundo en contestar, y ese segundo bastó para que él sonriera un poco, satisfecho de haberme descolocado con algo tan sencillo como educación.
—He dormido lo que duerme cualquiera con un banco respirándole en la nuca —dije—. ¿Por qué lo pregunta?
—Porque hoy tenemos que hablar de dinero, y la gente que no ha dormido discute peor. Prefiero discutir con usted en condiciones óptimas.
—¿Está diciendo que discutir conmigo es un placer que quiere disfrutar entero?
—Estoy diciendo que quiero un informe hecho con cabeza, no con sueño acumulado. No le dé más vueltas.
Se dio la vuelta hacia el tejado antes de que yo pudiera decidir si aquello había sido un cumplido disfrazado de frase técnica o simplemente una frase técnica, sin más, que yo había decidido convertir en otra cosa porque llevaba demasiadas horas despierta y pocas distracciones nuevas en la vida. Me prometí no volver a hacerlo.
La mañana se fue en mediciones. Bruno subió al tejado con un arnés que a mí me pareció excesivo para una casa que llevaba doscientos años de pie sin ayuda de nadie, y Gonzalo se quedó abajo, dictándole números que Bruno repetía por un walkie-talkie como si estuvieran en una operación de rescate.
Yo los seguí por el jardín con un cuaderno propio, el mío, el de las anotaciones que llevo desde que empecé en Casa Almendra: qué mesa cojea, qué grifo gotea, qué parte del suelo de la capilla hay que evitar en las fotos porque las baldosas están levantadas desde la boda de los Iturri, hace tres años, y nadie ha encontrado tiempo ni dinero para arreglarlas.
—¿Qué es eso? —preguntó Gonzalo, señalando mi cuaderno con la barbilla en un descanso entre números.
—El otro informe. El que nadie le ha pedido, pero que lleva ocho años funcionando mejor que cualquier hoja de cálculo.
Me lo pidió con la mano abierta, sin decir nada más, y yo dudé un segundo antes de dárselo, porque ese cuaderno tiene cosas mías escritas en los márgenes que nunca pensé que fuera a leer un arquitecto con cara de calcular hipotecas ajenas.
Lo hojeó despacio. Se detuvo en la página de la boda de los Iturri, donde había apuntado, entre la lista de baldosas rotas, una frase que se me escapó aquel día: «Recordar comprar más pañuelos, la madre del novio llora en todas las bodas, no solo en la suya».
—Esto no es un informe —dijo, devolviéndomelo—. Esto es una memoria.
—Aquí eso cuenta como lo mismo.
Asintió, despacio, como si acabara de entender algo que no esperaba entender esa mañana, y por primera vez desde que había bajado del coche una semana antes, no dijo nada ingenioso ni maleducado ni calculado.
Solo asintió y siguió mirando el tejado, y yo me quedé con la sensación rara de haber ganado un punto en un juego cuyas reglas todavía no me había explicado nadie.
A las once llegó mi tía con una bandeja de café y magdalenas que había comprado en el pueblo, no hecho ella, porque mi tía Sole cocina de maravilla salvo cuando está nerviosa, en cuyo caso todo le sale con la textura de una suela de zapato.
—¿Cómo va? —preguntó, repartiendo tazas con una sonrisa que quería parecer tranquila y no lo conseguía del todo.
—Va —dijo Gonzalo, que parecía haber decidido que con mi tía usaba frases más cortas, quizás porque intuía, con razón, que ella era la que firmaba los cheques y no convenía marearla con detalles técnicos antes de tener algo concreto que ofrecer—.
Necesito otra semana de mediciones y después nos sentamos con números reales. Nada de estimaciones.
—¿Y hasta entonces? —preguntó ella.
—Hasta entonces, sigan haciendo lo que hacen. —Miró hacia mí, un segundo, antes de seguir—. Aunque le voy a pedir a Vega que me acompañe en las visitas. Conoce el sitio mejor que ningún plano que me puedan dar.
Mi tía me miró con una ceja levantada que yo conocía perfectamente: la ceja de «esto me interesa mucho más de lo que voy a admitir en voz alta delante de los dos».
Le sostuve la mirada con la cara más neutra que supe poner, que no era muy neutra, para ser sincera, porque llevaba toda la mañana intentando no pensar en la manera en que Gonzalo había dicho «conoce el sitio mejor que ningún plano», como si fuera un hecho objetivo y no algo parecido a un cumplido.
—Claro —dije—. Faltaría más. Total, no tengo nada mejor que hacer que enseñarle mi casa a un hombre que la mira como si fuera un problema de matemáticas.
—Los problemas de matemáticas también se resuelven, Vega —dijo Gonzalo, sin levantar la vista de la tablet—. Solo hace falta la información correcta.
—Pues aquí tiene información correcta desde 2016, archivada por orden alfabético en ese cuaderno que acaba de leer. Utilícela con respeto.
Aquello le hizo sonreír de nuevo, la sonrisa entera, la que ya había visto una vez y que empezaba a resultarme sospechosamente fácil de provocar.
Después del café, Gonzalo quiso ver la buhardilla, que técnicamente no es una buhardilla sino un desván sin uso desde que mi tía compró la casa, lleno de sillas desparejadas, manteles que ya no combinan con nada y cajas de decoraciones de bodas antiguas que nadie ha tenido valor de tirar.
Subimos por la escalera estrecha con Bruno detrás, midiendo cada peldaño como si desconfiara de su propia solidez, y al llegar arriba Gonzalo se quedó parado en el umbral con la misma cara que había puesto la primera vez frente a la fachada, solo que esta vez no parecía estar calculando nada que no le gustara.
—Esto tiene metro ochenta de altura en el punto más bajo —dijo, aunque no sonaba a queja—. Con la luz que entra por esa claraboya, y quitando la mitad de estas cajas, aquí cabría una sala pequeña. Ceremonias íntimas, cenas de ensayo, lo que quieran llamarlo en el folleto.
—O un trastero, que es lo que lleva siendo diez años.
—Los trasteros no facturan, Vega.
Me acerqué a una de las cajas que tenía más cerca, la abrí sin pensarlo demasiado, y me encontré con un montón de fotografías antiguas, de las bodas de los primeros años de Casa Almendra, cuando mi tía todavía revelaba los carretes en el pueblo porque no existían las cámaras digitales que usamos ahora.
Cogí una al azar: una pareja joven, ella con un vestido sencillo, él con un traje que le quedaba un poco grande, bailando bajo el mismo roble que seguía en pie fuera, veinticinco años después.
—Mire esto —le dije, tendiéndosela.
La cogió con cuidado, como si temiera que se le rompiera entre los dedos, y la estudió un rato en silencio.
—¿Quiénes son?
—Ni idea. Mi tía debe de saberlo, tiene memoria para cada boda que ha organizado en su vida. Pero mire el jardín detrás de ellos. Es exactamente el mismo. El roble no ha cambiado ni un centímetro.
—Los robles crecen muy despacio.
—Los robles y las casas buenas. Por eso no se puede tratar esto como un edificio cualquiera. Aquí hay veinticinco años de gente bailando en el mismo sitio exacto donde bailan ahora, y usted quiere resumirlo todo en metros cuadrados y previsión de ingresos.
Gonzalo guardó la foto con cuidado en la caja, en el mismo sitio de donde la había sacado, y por un momento pensé que se iba a poner a la defensiva, que iba a repetir alguna frase técnica sobre viabilidad y rentabilidad para recordarme cuál de los dos mandaba en esa conversación.
En vez de eso, se sentó en el borde de un baúl viejo, entre las cajas, con las manos apoyadas en las rodillas.
—Mi abuelo tenía una casa parecida a esta —dijo, después de un silencio que no esperaba—.
En un pueblo, más al norte. La perdimos hace ocho años porque nadie en la familia supo defenderla a tiempo delante de un banco.
Yo tenía veinticuatro años y ya sabía hacer números, pero no sabía todavía que los números, solos, no salvan nada.
Por eso hago este trabajo ahora. No para llenar edificios de metros cuadrados, Vega.
Para que a nadie más le pase lo que le pasó a mi familia por no saber traducir a tiempo lo que un lugar vale de verdad.
No supe qué decir. Llevaba una semana entera preparada para pelear con un hombre que veía Casa Almendra como una hoja de cálculo, y de pronto tenía delante a alguien que, por lo visto, entendía la pérdida de una casa mejor que la mayoría de la gente que había pasado por allí a celebrar la suya.
—Siento lo de su abuelo —dije, al final, porque cualquier otra frase me pareció insuficiente.