CAPÍTULO 1 #2
Entonces sí me miró. Tenía los ojos de alguien acostumbrado a que la gente le diera la razón antes de que terminara la frase, y por la manera en que levantó una ceja supe que no estaba acostumbrado a que le llamaran maleducado en la primera frase de una conversación.
—Gonzalo Ferreira —dijo, y tendió una mano que yo miré antes de decidir que sí, que la educación básica seguía vigente aunque a una le apetecieran otras cosas—. Y usted debe de ser la sobrina.
—Vega Alonso. Y no soy «la sobrina». Soy la que lleva este sitio desde que usted todavía estaba dibujando planos que nadie construía.
Algo se movió en su cara que podría haber sido una sonrisa si hubiera llegado a completarse. Se quedó a medias, como esas construcciones que se ven desde la carretera con el andamio puesto y ni rastro de obrero.
—Entonces usted es exactamente la persona con la que tengo que hablar.
Entramos. Le enseñé el salón principal, el que tiene el techo de vigas de madera que mi tía hizo restaurar hace diez años pagando en tres plazos que tardó dos años en terminar de pagar; el jardín donde se hacían los banquetes, con el roble que sale en la mitad de las fotos de boda que hemos hecho en esta casa; la capilla pequeña, sin culto desde hace décadas, que usamos para las ceremonias civiles porque tiene una luz que ningún fotógrafo se cansa de mencionar.
Gonzalo caminaba con una tablet en la mano, tomando fotos, escribiendo notas que yo no podía leer y que, por su cara, tampoco quería.
—¿Va a decirme algo en algún momento, o solo va a fotografiar mi vida como si fuera un piso que va a tirar? —le pregunté, cuando ya llevaba veinte minutos de silencio.
—Estoy trabajando.
—Yo también trabajo, y normalmente hablo mientras lo hago. Es una técnica que se llama comunicación.
Se detuvo. Me miró de esa manera directa que ya empezaba a resultarme francamente molesta, porque no parecía nerviosa ni impresionada ni nada de lo que suelen mostrar los desconocidos que vienen a un sitio que no es suyo. Parecía, simplemente, que estaba decidiendo cuánto valía la pena explicarme.
—Este sitio tiene humedades en la fachada norte, la instalación eléctrica es de hace treinta años como mínimo, el tejado de la zona de cocinas necesita refuerzo antes de que llegue el invierno y, según los números que me han pasado, factura menos de lo que cuesta mantener abierto.
Eso es lo que veo. ¿Quiere que se lo diga con más rodeos?
—Quiero que me lo diga como si supiera que aquí, además de vigas y tejados, hay setenta y cuatro bodas y toda la gente que las vivió.
Eso lo paró un segundo. Solo un segundo, pero lo vi: la misma pausa que dejan los novios justo antes de decir «sí, quiero», cuando la ceremonia se detiene un instante entero antes de que la palabra salga.
—Setenta y cuatro —repitió.
—Setenta y cinco en dos semanas. Y pienso que lleguemos a cien antes de que usted decida si esto vale la pena en una hoja de cálculo.
Se guardó la tablet en la bolsa, despacio, como si necesitara las dos manos libres para lo que iba a decir.
—Mire, Vega. No estoy aquí para cargarme lo que funciona.
Estoy aquí porque su tía me ha pedido un informe que convenza a un banco de que este sitio tiene futuro, y para eso necesito entender los números tanto como el roble del jardín.
Puedo hacerlo solo, mirando papeles, o puedo hacerlo con alguien que sepa por qué la gente elige este lugar en vez de otro con menos goteras.
Usted decide cuál de las dos versiones prefiere.
No esperaba eso. Esperaba más informe, menos pregunta.
—¿Me está pidiendo ayuda?
—Le estoy ofreciendo la oportunidad de discutir conmigo todos los días durante las próximas semanas, en vez de una sola vez, al final, cuando ya esté todo decidido.
—Eso no suena a oferta. Suena a amenaza con buenos modales.
Por fin sonrió, entera esta vez, y fue tan inesperado que durante un segundo olvidé que se suponía que debía caerme mal.
—Llámelo como quiera. El lunes que viene empiezo con las mediciones. Si quiere estar delante para «discutir conmigo todos los días», la puerta de la cocina se abre a las ocho.
Se fue antes de que yo encontrara la respuesta ingeniosa que sin duda merecía ese comentario, dejándome en medio del salón con el eco del coche alejándose por la grava y la sensación incómoda de que acababa de perder una discusión sin haber llegado a tener del todo claro de qué iba.
Cata apareció por la puerta de la cocina con dos cafés, esta vez calientes.
—¿Y bien?
—Cree que puede venir aquí, mirar mi casa como si fuera un negocio en liquidación y encima dejarme con la sensación de que tiene razón en algo.
—¿Y la tiene?
Me quedé callada un momento, mirando el roble por la ventana, el mismo que aparece en setenta y cuatro álbumes de boda guardados en las estanterías del despacho de mi tía.
—Puede que en una cosa sí —dije—. Va a estar aquí cada mañana durante semanas. Y yo pienso estar delante de cada medición, cada informe y cada excusa que se le ocurra para cambiar algo que no hace falta cambiar.
Cata sonrió por encima del café, esa sonrisa suya que ya conozco y que nunca trae nada bueno.
—Qué manera más rara tienes de decir que te ha gustado.
—Cata.
—Vega.
No le contesté. Cogí mi café, todavía demasiado caliente, y salí al jardín bajo una lluvia que por fin empezaba a amainar, pensando que julio, con sus tres bodas, dos comuniones y un cumpleaños hawaiano, iba a ser el mes más largo del año, y que probablemente todavía me estaba quedando corta.
Esa noche mi madre llamó a las nueve, que es la hora en que llama siempre, entre el telediario y la serie que ve después, como si mi vida fuera un hueco fijo en su programación.
—¿Cómo ha ido la boda? —preguntó, y antes de que le contestara ya había añadido—: ¿Has hablado con Diego?
Diego es mi ex. Llevamos año y medio sin estar juntos y mi madre sigue mencionándolo con la misma naturalidad con la que menciona el tiempo, como si fuera un dato objetivo y no una herida que ya había cerrado, gracias, sin necesidad de que nadie viniera a comprobar la cicatriz cada semana.
—No, mamá. No he hablado con Diego. No tengo motivos para hablar con Diego.
—Solo pregunto. Su madre me dijo en la peluquería que está saliendo con una chica de Correos.
—Me alegro muchísimo por Correos.
—Vega.
—Mamá.
Es una conversación que tenemos con variaciones mínimas desde hace año y medio: ella busca una grieta por donde colarse, yo la tapo con ironía, y las dos colgamos sabiendo que la próxima semana volveremos a intentarlo.
Lo que nunca le he explicado del todo, porque explicarlo en voz alta lo hace más real de lo que estoy dispuesta a admitir, es que no echo de menos a Diego.
Echo de menos la idea que tenía de mí misma cuando estaba con Diego: alguien con planes claros, con un futuro que encajaba en una casilla, con una boda propia que algún día organizaría alguien que no fuera yo.
Ahora organizo setenta y cuatro bodas ajenas al año y ninguna mía, y hay noches en que esa cifra pesa más que cualquier otra cosa del negocio.
Colgué el teléfono y me quedé mirando el techo de mi piso, que no tiene vigas de madera ni luz que enamore a los fotógrafos, solo una gotera pequeña en la esquina que llevo meses prometiéndome arreglar y que, sospecho, va a seguir ahí más tiempo que Casa Almendra si el banco se sale con la suya.
Le escribí a Cata.
«¿Tú crees que se puede llevar bien un negocio con alguien que te cae mal a primera vista?»
Contestó casi al momento, porque Cata contesta los mensajes con la misma urgencia con la que sujeta pasteles a punto de derrumbarse.
«Yo creo que odiar a alguien a primera vista y que te caiga mal son cosas distintas. Buenas noches, Vega.»
No le contesté. En parte porque no tenía una respuesta ingeniosa a mano, y en parte porque llevaba todo el día evitando pensar en la manera exacta en que Gonzalo Ferreira se había detenido, solo un segundo, cuando le hablé de las setenta y cuatro bodas.
Ese segundo no significaba nada. Los arquitectos tienen segundos así con todos los edificios, probablemente, antes de decidir si merece la pena salvarlos o si es más barato tirarlos y empezar de cero.
Apagué la luz pensando que julio iba a ser largo de verdad, y que la próxima vez que alguien me preguntara si el pastel aguantaba de pie, más me valía tener ya la respuesta preparada para algo más que un pastel.