Instrucciones para sujetar un corazón
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CAPÍTULO 1
Hay un momento exacto en el que una boda deja de ser una boda y se convierte en un problema logístico con testigos. Ese momento, en el caso de la boda de Marisol y Fran, fue cuando el pastel de tres pisos se inclinó hacia la izquierda como si hubiera bebido más cava que los invitados.
—No pasa nada —dije, en el tono que uso para las cosas que sí pasan—. Es un efecto. Un pastel inclinado. Está de moda.
—¿De moda dónde? —preguntó Cata, sujetando el segundo piso con las dos manos como si fuera una bomba de las de las películas, de las que tienen cables de colores.
—En mi cabeza. Ahora mismo. Sujétalo un segundo más.
Llevo nueve años organizando bodas y he aprendido que el pánico se gestiona igual que un presupuesto: repartiéndolo en partidas pequeñas para que no se note el agujero.
Cogí el cuchillo largo, el que usamos para cortar flores y, en emergencias, para apuntalar arquitectura de azúcar, y lo clavé en la base del pastel con la delicadeza de quien desactiva un cable equivocado.
El piso de arriba dejó de temblar. Cata soltó el aire que llevaba reteniendo desde que había entrado por la puerta.
—Un día de estos vamos a matar a alguien con un brazo de gitano —dijo.
—Ese día espero estar de vacaciones.
La sala ya se estaba llenando. A través de la puerta del office veía a los primeros invitados repartiéndose entre las mesas: las señoras que huelen las flores del centro de mesa para comprobar si son de verdad, los hombres que se aflojan la corbata antes incluso de sentarse, como si el traje fuera una condena con posibilidad de indulto.
Marisol, la novia, estaba en el pasillo de atrás llorando de felicidad y de rímel al mismo tiempo, una combinación que solo existe en las bodas y en los funerales mal organizados.
Le puse un pañuelo en la mano, le recoloqué dos horquillas que se habían rendido a la causa y le dije lo que le digo a todas las novias en ese momento exacto: que estaba guapísima, que faltaban quince minutos, que todo iba a salir bien.
Las dos primeras cosas eran verdad. La tercera dependía de si el pastel aguantaba de pie hasta el corte, cosa que a esas alturas yo consideraba una apuesta generosa.
—Vega —Marisol me cogió de la muñeca—, dime que no se me va a caer nada más.
—Lo único que se te va a caer hoy son las lágrimas, y esas te quedan bien.
Funcionó. Siempre funciona. Llevo un catálogo entero de frases hechas para calmar novias, la mayoría inventadas por mí a base de repetir la misma boda con nombres distintos: distinto vestido, distinto novio, la misma coreografía de nervios.
A veces pienso que si dejara de organizar bodas ajenas y empezara a cobrar por terapia de urgencia ganaría lo mismo y me ahorraría el tema del pastel.
Salí al jardín, donde Fran esperaba con la sonrisa tensa de quien lleva media hora sonriendo para las fotos y ya le duele la cara.
Le hice una señal con el pulgar hacia arriba —el código universal para «vamos a fingir que no ha pasado nada»— y él respiró como si acabara de aterrizar un avión con un motor menos.
Esa es mi vida. O era, hasta ese sábado de junio en que todo lo demás decidió pasar a la vez, como suele hacer.
Trabajo en Casa Almendra, que no es una casa ni tiene almendros, sino un antiguo caserón de piedra a las afueras que mi tía Sole compró hace veinte años convencida de que las bodas eran el negocio del futuro.
Tenía razón, durante un tiempo. Ahora Casa Almendra es el negocio del pasado con vistas bonitas: un tejado que gotea cuando llueve más de la cuenta, una cocina que necesita una reforma que nadie puede pagar y un balance de cuentas que mi tía guarda en una carpeta que llama, sin ironía, «Cosas que no quiero mirar».
La encontré en su despacho después de que se fueran los últimos invitados, con las zapatillas de estar por casa puestas debajo de la mesa —las lleva siempre en un bolso, como otras mujeres llevan un neceser— y un vaso de vino que llevaba más rato en la mano que en la boca.
—El pastel —dijo, sin levantar la vista.
—El pastel sobrevivió. Como todo lo demás aquí, por pura tozudez.
—Vega.
—Sole.
Nos quedamos mirándonos un momento. Llevamos así desde que yo tenía veintidós años y ella me contrató —«contratar» es mucho decir, más bien me rescató de un máster de comunicación que no me llevaba a ningún sitio— para ayudarla con las bodas de fin de semana.
Nueve años después, yo era la que sabía dónde estaba cada cable, cada proveedor, cada novia con tendencia al drama, y ella seguía siendo la que firmaba los cheques que cada vez costaba más rellenar.
—Ha llamado el banco —dijo por fin.
No hacía falta que dijera más. Llevaba meses llamando el banco, y cada vez que llamaba el banco, mi tía se ponía las zapatillas más rápido, como si los pies descalzos fueran una línea de defensa.
—¿Y qué han dicho esta vez?
—Que o presentamos un plan de reforma y viabilidad antes de que acabe el verano, o dejan de refinanciar la hipoteca del local. —Bebió un trago—. Y que el plan tiene que venir firmado por alguien que sepa lo que hace. Un profesional. No nosotras improvisando con un cuaderno y buena voluntad.
—Nosotras llevamos ocho años improvisando con buena voluntad y setenta y tres bodas.
—Setenta y cuatro, contando la de hoy. Y al banco no le interesan las bodas, Vega. Le interesan los números, y los números dicen que este sitio se cae a trozos más rápido de lo que entra el dinero.
Me senté en la silla de enfrente, la que cruje si te mueves demasiado, y por primera vez en mucho tiempo no supe qué frase hecha usar. No tenía ninguna guardada para esto.
—¿Y el profesional? —pregunté—. ¿De dónde sale?
Mi tía sonrió de una manera que ya he aprendido a temer. Es la sonrisa que pone antes de decir algo que va a cambiarme la semana sin haberme preguntado.
—Ya está contratado. Empieza el lunes.
Se llamaba Gonzalo Ferreira y, según el correo que mi tía reenvió a las once de la noche con el asunto «URGENTE lee esto», era arquitecto especializado en «recuperación de patrimonio con inversión mínima y rentabilidad garantizada», una frase que sonaba a algo que alguien había pagado para que sonara bien.
Tenía una web con fotos en blanco y negro de edificios antiguos convertidos en hoteles preciosos y clientes con nombres de fondo de inversión.
Tenía, también, una foto de perfil en la que miraba a cámara con la seguridad de quien nunca ha tenido que sujetar un pastel con un tenedor.
—Es guapo —dijo Cata, asomada por encima de mi hombro con dos cafés que ya se habían quedado fríos de tanto mirar la pantalla.
—Es caro. Que es lo que importa.
—Pueden ser las dos cosas, Vega. No es excluyente.
Cerré el portátil más fuerte de lo necesario.
Llevaba desde las siete de la mañana despierta, con el cuerpo todavía dolorido de cargar sillas plegables y la cabeza llena de números que no me cuadraban, y lo último que me apetecía era hablar de si el hombre que venía a decidir el futuro del sitio donde había crecido profesionalmente tenía o no buena mandíbula.
—Lo único que me importa —dije— es que ese señor entienda que Casa Almendra no es un piso piloto.
Aquí la gente se casa. Aquí la gente llora, se pelea con su cuñada por el sitio en la mesa doce y baila descalza a las tres de la mañana.
Si viene a poner una fuente de cristal en medio del jardín y a llamarlo «experiencia inmersiva», lo tiro yo misma al estanque.
—No hay estanque.
—Cavaré uno. Para la ocasión.
Cata se rio con esa risa suya que empieza baja y termina asustando a los clientes de la mesa de al lado, aunque en ese momento no había clientes, solo nosotras dos y el eco de una boda que ya se había ido a dormir a otra parte.
Llevábamos trabajando juntas desde el principio, desde que ella todavía estudiaba Bellas Artes y aceptaba turnos de camarera para pagarse la carrera, y en algún punto del camino habíamos dejado de ser jefa y empleada para convertirnos en la clase de amigas que se dicen la verdad aunque duela, sobre todo cuando duele.
—A lo mejor no es tan malo —dijo, ya más seria—. A lo mejor viene, hace los números, encuentra la manera de salvar esto sin cargarse lo que tiene de verdad, y en dos meses se va y nosotras seguimos aquí.
—A lo mejor.
No me lo creía ni yo, pero lo dije igual, porque a veces las mentiras compartidas pesan menos que las verdades que uno se guarda solo.
El lunes llovió, cosa poco habitual para junio, como si el cielo también hubiera leído el correo de mi tía y hubiera decidido ponerse de un humor apropiado.
Llegué a Casa Almendra a las ocho, antes que nadie, porque los lunes sin bodas son los únicos días en que el sitio me pertenece de verdad: sin invitados, sin música de fondo, solo yo, las mesas vacías y el olor a café recién hecho que subía desde la cocina.
Estaba revisando el calendario de julio —tres bodas, dos comuniones y un cumpleaños de cincuenta con temática hawaiana que ya me estaba quitando el sueño— cuando oí un coche en la grava.
No un coche cualquiera. Un coche que sonaba a que alguien lo había pagado con la tranquilidad de quien sabe que puede permitírselo.
Salí a la entrada con el paraguas todavía cerrado, porque llovía poco y porque quería ver bien a quién íbamos a entregarle las llaves de mi tranquilidad, aunque fuera solo un rato.
El hombre que bajó del coche no se parecía en nada a la foto de la web.
En la foto sonreía. En persona, mientras miraba la fachada de piedra con la cabeza ladeada, como si estuviera calculando algo que no le gustaba, no sonreía en absoluto.
—Esto es más viejo de lo que decía el informe —dijo, a modo de saludo, sin mirarme todavía.
—Y usted es más maleducado de lo que decía el correo, así que estamos empatados.