Instrucciones para sujetar un corazón CAPÍTULO 20 #3
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CAPÍTULO 20 #3

Un año después, cuando la ampliación de la casa por fin estuvo terminada, con su cocina abierta y su suelo de madera exactamente como los habíamos decidido juntos aquella tarde de primavera, colgamos en la cuerda tendida entre las ramas del roble una fotografía nueva: los dos, vestidos de boda, bailando bajo las luces cálidas que Gonzalo había diseñado para la buhardilla, con Casa Almendra entera desenfocada de fondo, como testigo silenciosa de una historia más entre las muchas que aquel jardín llevaba veintiséis años guardando.

Sara Etxeberria volvió esa primavera a celebrar su segundo aniversario de casada, tal como había prometido.

Elena vino con ella, presumiendo ya de un nuevo nieto en camino que, según anunció con orgullo, «como no se le ocurra otra cosa mejor a su madre, también se va a casar aquí, dentro de treinta años, cuando le toque».

Cata y Bruno seguían viviendo cerca, ella todavía trabajando a mi lado cada fin de semana con la misma pasión de siempre, aunque ahora repartiendo su tiempo con la reforma de su propia casa, que Gonzalo llevaba, por supuesto, sin cobrarles ni un euro de más de lo justo.

Y Casa Almendra, con su tejado ya sin goteras, su buhardilla llena de escritores en temporada baja y su jardín lleno de bodas ajenas en temporada alta, seguía siendo exactamente lo que siempre había sido, solo que ahora, además, era también mi hogar de verdad, compartido, construido decisión a decisión con el hombre que un día bajó de un coche comentando que la casa era más vieja de lo que decía el informe, y que se quedó, contra todo pronóstico, a demostrar que algunas casas, como algunas personas, solo necesitan que alguien decida quedarse el tiempo suficiente para descubrir todo lo que merece la pena salvar en ellas.

Guardé aquel primer cuaderno de las cinco normas, ya con las esquinas gastadas de tanto consultarlo en los momentos difíciles, en el mismo cajón donde guardaba el cuaderno original de anotaciones de bodas, el de las baldosas rotas y los pañuelos para las madres llorosas, como si ambos formaran parte de la misma colección de manuales improvisados que, sin ningún título oficial ni ninguna editorial detrás, habían terminado enseñándome más sobre la vida que cualquier libro que hubiera leído nunca.

Esa noche, la del primer aniversario de nuestra boda, volvimos a sentarnos bajo el mismo roble, con una copa de vino nuevo comprado especialmente Esa noche, la del primer aniversario de nuestra boda, volvimos a sentarnos bajo el mismo roble, con una copa de vino nuevo comprado especialmente para reponer la reserva de mi tía, y brindamos, otra vez, por todo lo que habíamos construido: por las vigas reparadas, por las cinco normas del cuaderno, por Casa Almendra entera y por nosotros, sin ninguna crisis pendiente que resolver esta vez, solo la certeza tranquila de que, pasara lo que pasara en los años que teníamos por delante, íbamos a seguir eligiéndonos, cada mañana, bajo la sombra del mismo roble que lo había visto todo desde el principio.

Dentro, en el despacho que había sido de mi tía y que ahora compartíamos oficialmente los dos, el cuaderno de las bodas seguía llenándose año tras año con nuevas anotaciones: flores que había que recordar, novias que lloraban antes incluso de vestirse, baldosas que algún día habría que arreglar.

Y en la última página en blanco, con una letra que reconocí como la mía aunque no recordara haberla escrito, encontré una frase que debí de apuntar la misma noche de la boda, entre copa y copa, con la felicidad todavía demasiado nueva como para guardármela solo para mí: «Hoy empieza el capítulo que llevaba toda la vida esperando escribir, aunque no lo supiera hasta que él bajó de aquel coche».

La cerré con cuidado, la guardé en su sitio de siempre, y apagué la luz del despacho, sabiendo que, pasara lo que pasara a partir de entonces, aquella casa, y aquella historia, iban a seguir escribiéndose, año tras año, boda tras boda, mientras el roble del jardín siguiera en pie para contarlo.

Subí las escaleras hacia nuestra habitación, la que antes había sido solo mía y que ahora, con la ropa de los dos compartiendo el mismo armario y los planos de futuras reformas apilados sobre la misma mesilla, se sentía completamente distinta, en el mejor sentido posible.

Gonzalo ya estaba allí, medio dormido, con un libro de arquitectura abierto sobre el pecho que se le había caído de las manos hacía rato, y me metí en la cama con cuidado de no despertarlo del todo, aunque abrió un ojo apenas sintió el movimiento del colchón.

—¿Todo bien? —murmuró, todavía medio dormido.

—Todo perfecto —contesté, apagando la luz de la mesilla—. Mejor que perfecto, en realidad.

Se acurrucó contra mí sin decir nada más, y me quedé despierta unos minutos más, escuchando su respiración ya tranquila y el silencio de la casa entera durmiendo a nuestro alrededor, pensando en lo extraño y lo maravilloso que resultaba que una vida pudiera cambiar tanto a partir de un pastel inclinado y un desconocido maleducado bajando de su coche un sábado cualquiera de junio, dos años, una reforma, un banco, un grupo hotelero, una crisis y una boda entera atrás.

FIN