Capítulo 35
Isidro miraba por la ventana de la biblioteca.
Se preguntaba por qué no los habían rescatado.
¿Albina los había dejado a su suerte?
Sintió rabia consigo mismo por haber confiado. La intercepción jamás se llevó a cabo y desconocía la razón.
Había traicionado a Keket.
Ahora tendría que pagar las consecuencias.
Jamás volvería a caminar.
Los habían encerrado allí desde que llegaron a la finca.
Unos hombres que jamás había visto lo empujaron en su silla de ruedas hasta la biblioteca.
Poco después abrieron la puerta y arrojaron al suelo las pertenencias de Selene y Renata.
Más tarde lanzaron también la mochila de Rebeca y varias prendas de ropa.
La ropa se dispersó por el piso.
Una blusa flotó un segundo más en el aire.
Isidro la vio extenderse, planear apenas y luego caer inerte.
Las cosas de Albina no estaban.
Nos traicionó, pensó.
Después de todo, no amaba tanto a Rebeca.
Al menos no como yo he amado a Renata.
Yo daría la vida por ella.
Tomó las ruedas de la silla y avanzó hasta el montón de ropa. Intentó alcanzar la bata de Renata para abrazarla. Sus piernas no respondieron. Sus manos no llegaban. Tras varios intentos, se dio por vencido.
Comenzó a desplazarse de un lado a otro de la habitación con desesperación. Finalmente, se acercó a la puerta e intentó abrirla.
Estaba cerrada por fuera.
Golpeó tres veces la madera.
Del otro lado respondieron con un golpe seco.
Lo estaban vigilando.
Se volvió hacia la mesa. Entonces lo vio.
Un libro antiguo reposaba abierto. El polvo acumulado sobre las páginas sugería abandono… pero también que alguien lo había revisado hacía poco.
Era grande. Pesado.
Se inclinó cuanto pudo y lo arrastró hacia sí.
Comenzó a leer.
Cantus Immortalis
Cuando el alma llora
la luna se tiñe de sangre
Cuando el alma implora
Devora, consume, tiene hambre.
Oh, Rey coronado en hielo
Oh, Dios del tiempo.
Brilla alto allá en el cielo
Alimenta mi templo
Cuando el alma llora
la luna se tiñe de sangre
Cuando el alma implora
Devora, consume, tiene hambre.
Oh, Rey de reyes.
El mejor y más grande.
Sé que tú me oyes.
Mi alma se expande.
Cuando el alma llora
la luna se tiñe de sangre
Cuando el alma implora
Devora, consume, tiene hambre.
Oh, Dios guerrero.
Dame la fuerza que este siervo implora.
Mi cuerpo se torna en hierro
al abrigo de tu gran aurora.
Cuando el alma llora
la luna se tiñe de sangre
Cuando el alma implora
Devora, consume, tiene hambre.
Isidro no comprendió el significado de aquellas palabras. Pasó la página y entonces encontró la respuesta.
Ritus Sacrificii
Cuando la trinidad celeste brille alto en el horizonte y la luna se tiña de sangre, el inframundo abrirá sus puertas por un instante.
Es el tiempo del destino.
Tiempo de dioses.
Tres almas deberás liberar de su prisión carnal.
Iguales en esencia.
Almas trillizas: la alegría, la melancolía y la furia contenida.
Tres chispas divinas deberás devorar en un instante.
Entonces vivirás por siempre.
Isidro levantó la vista hacia la ventana.
Allá afuera todo estaba dispuesto.
Antorchas. Sombras. Figuras reunidas en círculo.
El corazón le dio un vuelco.
Se impulsó con fuerza para incorporarse.
Quiso correr.
Sus piernas no respondieron.
Se precipitó hacia delante. En la caída, su cabeza golpeó el borde de la mesa. Un dolor blanco le atravesó el cráneo. La sangre comenzó a brotar y a empañar su visión.
Aun así, se arrastró.
Se arrastró hasta la mochila de Rebeca.
Metió la mano. Sacó el teléfono.
Marcó.
Albina contestó.
—¿En dónde estás? —jadeó Isidro—. El ritual… Helena va a matarlas…
La oscuridad comenzó a cerrarse sobre él.
—¿Isidro? ¡Isidro! —se oyó la voz de Albina al otro lado.
La llamada se cortó.
Albina levantó la mirada hacia el equipo.
—Van a sacrificarlas. Ahora.
Se puso el chaleco antibalas sin decir nada más. Revisó su arma. Insertó un cargador y guardó otro en el chaleco.
Renard dio la orden.
Comenzaron a descender por la colina.
Arriba, la luna —plena y brillante— empezó a teñirse de rojo.