Insania Mea Capítulo 36
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Capítulo 36

Los huehuetl retumbaron graves junto al sabino.

El arroyo arrullaba la noche con un susurro constante. El viento apenas soplaba, pero bastaba para ondular las túnicas blancas de las tres chicas.

Selene cerró los ojos y caminó a la fuerza. La arrastraban con una cuerda atada a sus muñecas. En los tobillos llevaba grilletes. Las tres avanzaban a trompicones.

Rebeca pensó que había llegado el momento de morir.

Al menos sería una muerte impresionante, se dijo, como consuelo.

Renata miraba sus propias muñecas con desconcierto, como si no comprendiera qué hacía allí.

Arriba, la luna se tornaba cada vez más roja.

Llegaron al claro.

Las ataron firmemente a las cruces.

Rebeca alzó la mirada.

Selene buscaba desesperada entre la multitud. Albina no llegaba. La esperanza se le escurría como agua entre los dedos.

Renata observaba el suelo.

La Inquisición, pensó de pronto.

Los tambores seguían golpeando con un ritmo hipnótico. Nadie hablaba. Todos observaban.

A cada lado de las cruces había dos mujeres con túnicas ceremoniales. En cada pareja, una de ellas sostenía una pequeña caja de madera tallada con símbolos antiguos.

Los tambores cesaron.

Keket descendió por la escalinata que rodeaba al sabino. Vestía un atuendo que la hacía parecer una reina egipcia; los ojos, delineados con abundante kohl , brillaban como carbones encendidos.

La sacerdotisa la aguardaba. Tomó su mano y la condujo hasta el círculo central.

Keket ascendió por la estructura y alzó los brazos hacia el cielo.

A lo lejos se escucharon disparos.

Los tambores retomaron el ritmo.

El círculo interior comenzó a arder. Las llamas corrieron por las líneas trazadas en el suelo hasta encender los tres círculos menores.

Los disparos sonaban cada vez más cerca.

Nadie se movió.

El canto comenzó.

Varias mujeres vertieron un líquido en los grandes pebeteros. Una nube espesa se elevó y cubrió el claro. Los miembros del círculo interno se cubrieron el rostro. Bajo los shemaghs y las telas ceremoniales llevaban ocultas pequeñas mascarillas antigás.

Los disparos se aproximaban.

La luna terminó de teñirse de sangre.

Albina y su equipo estaban a doscientos metros.

El aire les quemaba los pulmones.

Albina corrió tan rápido como sus piernas se lo permitieron. El mundo empezó a inclinarse. Se sintió mareada.

Las piernas le fallaron.

Cayó. Se arrastró. Volvió a ponerse de pie con dificultad.

La visión se le nublaba. Los oídos zumbaban. Todo parecía irreal, como si avanzara dentro de un sueño denso.

Siguió.

Sus hombres estaban igual: drogados, desorientados.

Pero avanzaban.

Junto a las cruces, las mujeres abrieron las cajas.

Los tambores resonaban.

La luna sangraba.

De cada caja, una de las mujeres sacó una gran jeringa.

Al unísono, inyectaron una sustancia blanquecina en las venas de Selene, Rebeca y Renata.

Albina creyó ver algo.

Algo que se desprendía de sus cuerpos.

Una luz.

Una vibración tenue, etérea.

¿Realidad o efecto de la droga?

No lo supo.

Los cuerpos de las tres se aflojaron y quedaron colgando, sostenidos únicamente por las muñecas.

Albina sintió que el mundo se encogía.

Levantó la vista.

Helena descendía por la escalera con una calma inhumana.

Albina apuntó.

Las lágrimas le empañaban los ojos. Las manos le temblaban.

Disparó.

Descargó todo el cargador.

¿Falló?

No lo sabía.

Keket no cayó.

Helena se acercó a la mesa dispuesta frente a la torre.

Sobre ella descansaba una copa dorada, labrada con figuras antiguas.

Helena la tomó y la alzó como si ofreciera una bendición.

El líquido en su interior era claro, con reflejos color paja. Se movía suavemente contra las paredes de oro. Parecía inofensivo. Casi puro.

Salvo por el brillo oleoso que flotaba en la superficie.

La cicuta de los filósofos.

Un elixir pálido destinado a apagar la vida sin estruendo.

Helena levantó la mirada al cielo.

Como una afrenta.

Helena bebió.

Albina no supo si gritó.

No supo si las llamas crecieron o se extinguieron.

No supo si aquella luz que creyó ver regresó a los cuerpos…

o ascendió.

La luna, inmensa y roja, lo cubría todo.

Una hora más tarde llegó don Rober a la escena.

Albina y su equipo permanecían en el piso. Inconscientes.

Las tres chicas seguían colgadas de sus cruces.

Con los cuerpos inertes.

Como muertas.

Don Rober sintió que le faltaba el aliento.

Se desplomó de rodillas, con las manos sobre el regazo.

No había nadie más en el lugar.

Helena tampoco estaba.