Capítulo 34
Don Rober conducía a toda prisa hacia el hospital. Albina miraba por la ventanilla. No tenía idea de cómo iba a rescatar a Rebeca. Había tomado una decisión apresurada y no había tenido tiempo de reflexionar. Solo podía confiar en que el mensaje de Nyx se enviara si no regresaban a tiempo.
Llegaron al hospital y estacionaron la camioneta. Albina bajó de un salto. Don Rober la alcanzó y la sujetó del hombro.
—Tranquila —le dijo—. Necesitamos un plan.
Albina se detuvo en seco y lo miró con urgencia.
—Bien. Aquí la espero. Si no sale en una hora, entraré por usted.
Albina asintió y corrió hacia la entrada. Al llegar a la puerta se dio cuenta de que no sabía a quién buscar ni cómo iba a ingresar. Así que respiró hondo y caminó con aparente tranquilidad hacia la barra.
Una enfermera la esperaba.
—Albina, supongo —dijo sin apartar la mirada.
Albina asintió.
—Deje su arma en esta caja. No queremos sorpresas. La doctora Helena solo quiere hablar con usted.
Albina dudó un instante.
Sacó su Lady Smith y la depositó en la caja.
—Es por aquí. Sígame.
Una guardia de seguridad la escaneó con un dispositivo y luego la cateó por completo.
—Está limpia —dijo.
Caminaron por el pasillo hasta la oficina de Keket.
Una vez dentro, Keket la hizo pasar.
—La gran Albina Renard —dijo con malicia.
—¿Dónde está Rebeca?
—Ya la verás. Por ahora, sugiero que te calmes. Toma asiento.
Albina no respondió. Jaló la silla y se sentó frente al escritorio.
—¿Sabes por qué te hice venir?
Albina se encogió de hombros.
—Quería conocerte. Y… comprobar algo. Ahora lo sé.
Albina guardó silencio.
—Quiero ver a Rebeca.
—Claro —dijo Keket—. Si eso te deja más tranquila.
Levantó el teléfono y oprimió un botón.
—Tráiganla.
Al poco tiempo llegó Rebeca.
Albina se levantó y corrió hacia ella. Se abrazaron con fuerza.
—Me conmueven —dijo Keket con ironía—. ¿Ahora me vas a escuchar?
Albina asintió, sin soltar la mano de Rebeca.
—Sé que estás sola. Sabía que algo tramaban, así que tomé precauciones. La gente de tu padre va directo a una emboscada. No van a salir con vida… a menos que hagas exactamente lo que yo te diga.
Albina apretó la mano de Rebeca.
—¿Qué quieres que haga? —preguntó, sintiendo que le faltaba el aire.
—Vas a llamar a tu padre. Dile que cancele la misión. Por cierto, hemos capturado al viejo que te esperaba afuera. No tienes opción.
Albina sintió que el mundo se cerraba.
—¿Qué pasará después?
—Más tarde… ustedes dos me acompañarán a la finca. El viejo se quedará aquí.
Albina sacó el teléfono y marcó.
—Pon el altavoz —ordenó Keket.
—¿Qué pasa? —respondió su padre.
Albina respiró hondo.
—Je suis ta jolie petite poupée. Cancelen la misión. Nos descubrieron. Ellos son demasiados.
Del otro lado de la línea, el señor Renard cerró los ojos un instante.
Era la frase.
—Aborten —ordenó.
Albina colgó.
El silencio duró apenas un segundo.
Sus dedos temblaban, pero no de miedo.
De rabia.
Los cerró lentamente hasta que el temblor desapareció.
Cuando levantó la mirada, algo había cambiado.
Ya no estaba negociando.
Ya no estaba esperando.
Keket sonrió, convencida de que la había quebrado.
No entendía que acababa de soltar lo único que mantenía a Albina contenida.
—¿Y ahora? —preguntó Albina.
Pero no era una pregunta.
Era una promesa.
Keket las hizo llevar a un cubículo y las encerró ahí mientras preparaba el traslado.
Albina miró a Rebeca.
Rebeca agachó la mirada.
—Dime la verdad. Quiero saber qué pasó en realidad.
Rebeca asintió.
—Bien. Te lo diré. Nada de eso cambia lo que siento por ti.
—Hizo una pausa—. Hubo un tiempo en que me sentía furiosa con el mundo.
Quería morir a toda costa. Había perdido toda la ilusión.
Es estúpido, lo sé. Eso no justifica mis acciones.
Solo quiero empezar desde el inicio. Tenía un foro y Sócrates lo destruyó.
Así que lo odié por eso. Después apareció Isidro y me ofreció una salida.
Yo la tomé sin más. No lo razoné. Me dejé envolver con todo eso de la hermandad.
Luego Helena me ofreció una forma de desquitarme de Sócrates y, como dije, yo lo odiaba.
Así que acepté. Después las vi a las dos: a ti y a Selene.
Las envidié. Sobre todo, a ella. Parecía tan feliz que me hacía sentir enferma.
Siempre quise ser así y también deseé tener a alguien como tú en mi vida —se le quebró la voz—.
Durante el tiempo en que estuve atormentando a Sócrates, me hicieron lucir igual que Selene.
Después Helena me dijo que podía tomar su vida; yo anhelaba esa felicidad suya.
La quería para mí. Poco después me di cuenta de que la felicidad no estaba ahí.
Que Selene era feliz por sí misma y que yo jamás lo lograría.
Entonces llegaste tú a pedirme perdón de no sé qué cosas.
Y me sentí tan jodidamente especial que…
Desde ese momento me robaste el corazón.
Yo ya empezaba a sentir algo por ti, pero ese fue el momento en el que supe que estaba enamorada de ti.
Me sentí culpable por todo. Entonces me quise zafar de la hermandad, pero no podía hacerlo sin ponerte en riesgo —continuó mientras las lágrimas empezaban a rodar por sus mejillas.
Albina no supo qué decir.
—Después —continuó Rebeca—, me enamoré de ti perdidamente.
Todo el tiempo que pasamos juntas no lo cambiaría por nada.
Me hubiera gustado conocerte desde antes.
Así tal vez nada de esto hubiera sucedido de esta manera.
Intenté decirte la verdad en varias ocasiones.
Sabía que podías odiarme. Pero ya no podía más.
Estaba arrepentida. Helena se dio cuenta de lo que sentía por ti y de que en cualquier momento te diría la verdad.
Ya me había decidido. Pasara lo que pasara, tú tenías que saberlo. Por eso me sacó de ahí.
—¿Y las cartas? —preguntó Albina.
—Yo escribí una parte de la carta que Helena deslizó por debajo de la puerta.
Pensaba entregársela a Selene. No es que lo que ahí dice sea verdad.
Solo intentaba ser cruel. Después me arrepentí.
Por eso no se la entregué. La primera parte la escribió Helena.
Estoy segura. La que dejé en el buró. Espero que la hayas leído intacta.
La escribí para ti. Todo lo que decía es verdad.
Te amo como no tienes idea. Jamás había sentido esto.
Albina quería llorar, pero se contuvo.
—¿Y ahora qué haremos? —preguntó con la voz quebrada.
—No lo sé —dijo Rebeca entre sollozos—. Perdóname. Por favor, perdóname.
Albina asintió y la abrazó con fuerza.
—Selene entenderá —murmuró.
Poco después se besaron en los labios con dulzura.
La puerta se abrió y ellas se separaron sobresaltadas.
Ese mismo día, en otro lugar.
El señor Renard no dudó.
El mensaje de Albina había sido claro. Estaba en peligro.
Ordenó a su equipo continuar con el plan original mientras él tomaba a parte del grupo y avanzaba por una ruta alterna.
Encendió la tableta.
Un mapa apareció en la pantalla.
Un punto rojo parpadeaba sobre el Hospital Psiquiátrico Horus del Valle.
Albina.
Después de un tiempo, el punto comenzó a moverse a gran velocidad.
La estaban trasladando.
—Intercepción —ordenó.
Trazó la ruta más corta.
Avanzaron varios kilómetros hasta que uno de los conductores habló:
—Iremos directo hacia ellos.
Se dirigían a la finca.
Veinte minutos después, el punto estaba a menos de quinientos metros.
No sabían cuántos vehículos lo escoltaban.
Solo tenían un marcador en movimiento y la certeza de que el encuentro sería frontal.
Renard llevaba tres camionetas. Dieciocho hombres.
El camino era de doble sentido.
Sin retén.
Sin cobertura real.
A los costados, apenas matorrales dispersos. Nada que permitiera ocultar los vehículos.
No era como la zona boscosa cercana a la finca.
—Seguimos —decidió—. Cerramos el paso cuando estén encima.
El punto dejó de avanzar.
Renard sintió un vacío en el estómago.
—Aceleren.
Una camioneta apareció a toda velocidad por el carril contrario.
Demasiado cerca.
Amagó con embestirlos.
Los espejos retrovisores se rozaron apenas antes de que el vehículo pasara de largo.
Nadie frenó.
Siguieron adelante hasta alcanzar la posición marcada en la pantalla.
Ahí estaba.
Albina.
De pie.
Ilesa.
Pero sola.
Rebeca no estaba con ella.
Albina comprendió demasiado tarde.
No la habían bajado del vehículo para evitar la guerra.
La habían bajado porque ya no les hacía falta.
El señor Renard abrazó a Albina con fuerza.
Ella le devolvió el abrazo.
—Capturaron a don Rober —dijo al separarse.
Renard frunció el ceño.
—¿Qué pasó? Quedamos en que…
—Recibí un mensaje de Rebeca —lo interrumpió Albina—. Sabía que era una trampa, pero no podía abandonarla. Don Rober me acompañó y entonces…
Renard le sostuvo el rostro con firmeza.
—Tranquila. Tú estás a salvo. Y don Rober sabe cuidarse solo.
Albina asintió.
—Dejó un contador en su computadora. Si no regresa antes de mañana a las nueve de la mañana… —hizo una pausa—. Tienes razón. Él sabía que podían capturarnos. Por eso lo programó hasta mañana.
Renard asintió, pensativo.
—Ahora dime: ¿quieres seguir adelante? —preguntó—. El equipo está en posición.
Albina no dudó.
—Sí. Tenemos que rescatar a Selene y a Rebeca… y también a los otros.
—Selene y Rebeca son la prioridad —respondió Renard—. Si la extracción se complica, dejamos a los demás.
Albina inclinó la cabeza apenas.
—¿Todo sigue como lo acordamos?
—Sí. Ya hablé con el equipo. Los de la secta son demasiados. En un enfrentamiento directo perderíamos. Una extracción es más viable. Todos nuestros hombres tienen entrenamiento militar. Las operaciones tácticas son su especialidad.
Hizo una pausa breve.
—Esta noche irrumpimos en la finca.
La noche era fría en esa zona del bosque.
Los drones sobrevolaban la finca a gran altura desde que Renard dio la orden de avanzar. Las imágenes llegaban en tiempo real. Cada edificio, cada acceso, cada punto ciego estaba marcado en el croquis digital que habían construido.
Nada quedaba al azar.
Albina revisaba las armas en la maleta abierta sobre el suelo. Había perdido su Lady Smith.
Tomó otra pistola. Comprobó el cargador. Deslizó la corredera.
El sonido metálico fue breve.
En la finca parecían estar preparando algún tipo de celebración.
El teléfono de Albina vibró. Era don Rober. Helena lo había dejado ir.
Albina colgó.
—Era don Rober —le dijo a su padre—. Viene para acá.
Renard asintió.
En el centro del claro habían levantado una estructura de madera dentro de un gran círculo blanco trazado sobre la tierra. Del círculo principal partían tres líneas rectas que conducían a otros tres círculos menores.
Desde el aire, la figura formaba un triángulo perfecto.
En cada círculo menor había una cruz de madera del tamaño de una persona.
Los pebeteros comenzaron a encenderse alrededor del perímetro.
Renard observó en silencio. «Extraño montaje para una fiesta», pensó.
—No cambia el plan —dijo finalmente—. Esperamos que oscurezca más y entramos por el flanco norte.
La Luna ascendía lentamente entre los árboles.
Aún no mostraba señales de lo que estaba por ocurrir.