Capítulo 33 #3
Selene colocó las manos en la silla de ruedas y comenzó a empujarla. Renata caminaba de puntillas a su lado, conteniendo algo que parecía risa y llanto al mismo tiempo.
Antes de salir, Claudia se acercó.
Se detuvieron.
Abrazó a Renata con fuerza.
—Adiós, mi niña. Cuídate. Te voy a extrañar.
Renata abrió los brazos como si quisiera volar. Luego, por un instante de absoluta claridad, le devolvió el abrazo con firmeza.
—Vamos —ordenó Isidro—. Se hace tarde.
Cruzaron el patio lateral.
La gran reja metálica se abrió con un chirrido lento.
Subieron a la camioneta.
El motor rugió.
La puerta se cerró.
La camioneta avanzó hacia la salida.
Isidro miró por la ventanilla.
Ahí estaba Helena.
Observándolos partir con una sonrisa en su rostro.
Rebeca estaba recostada en la cama. Pensativa.
Escuchó ruido afuera de la celda.
Se incorporó de golpe y se sentó, mirando hacia la pared.
La puerta se abrió.
Era Helena.
Rebeca no volteó.
—Deja de fingir —dijo Helena con una ironía tranquila—. ¿De verdad creías que no me daría cuenta? Isidro no sabe mentir. Es un libro abierto para mí. Se te olvida que lo conozco desde que llegó a este mundo.
Rebeca permaneció inmóvil.
—Los necesito en la finca —continuó Helena—. Por eso los dejé partir. Y tú lo hiciste a la perfección. Dime… ¿Piensas que en la finca Selene la tendrá más fácil?
Rebeca giró el rostro lentamente y la miró con desprecio.
—Ahora no puedes negar que me traicionaste —dijo Helena, ladeando la cabeza—. ¿Qué voy a hacer contigo?
Silencio.
Helena suspiró.
—Bien. Sal de ahí y ponte ropa decente. Tenemos trabajo.
Rebeca se puso de pie sin mirarla.
—No tengo ropa.
—En el cubículo donde se cambió Selene te dejé algo. Ve. Después vas a mi oficina.
Rebeca salió sin responder.
Se cambió en silencio y caminó hasta la oficina de Keket.
Helena le indicó que pasara mientras terminaba una llamada.
—Tengan todo listo. Ya van para allá.
Colgó.
Entonces la miró.
—Te lo advertí. Ahora vas a elegir. ¿Tu noviecita… o los otros? ¿A quién prefieres?
Rebeca sintió un frío que le recorrió la espalda.
Tragó saliva.
—Quiero que la llames —dijo Helena—. La quiero ver de frente. Le dirás que venga al hospital. Sola.
Se acercó un paso.
—Si lo haces, Isidro y los demás viven. Si no… ella sufre. Y no me importa su padre. Yo también tengo recursos. Y un pequeño ejército dispuesto a obedecerme.
Helena tomó el teléfono y se lo entregó.
Rebeca marcó.
Cada tono era un golpe en el pecho.
—Diga —respondió Albina.
Rebeca cerró los ojos.
—Soy yo. Necesito que vengas al hospital. Lo lamento. Selene ya no está aquí. Te amo…
Helena cortó la llamada.
—Ahora veremos cuánto te ama tu novia. Y si realmente valió la pena traicionarme.
Rebeca la miró, temblando de rabia.
—¿Por qué haces esto? ¿Qué ganas haciéndolas sufrir?
Helena sonrió apenas.
—Eso no te concierne. Tú no debiste traicionarme.
Albina bajó el teléfono lentamente.
Estaba en shock .
Las palabras de Rebeca seguían golpeándole la mente.
Don Rober se acercó.
—¿Qué pasa? ¿Quién era?
—Rebeca. Dice que tengo que ir al hospital. Nos descubrieron.
—¿Qué le dijo exactamente?
Albina respiró hondo.
—«Soy yo… Necesito que vengas al hospital… Lo lamento. Selene ya no está aquí…» Iba a decir algo más, pero cortaron la llamada.
Don Rober no dudó.
—Es una trampa. Lo sabe, ¿verdad?
Albina asintió.
—¿Qué piensa hacer?
—Tengo que ir.
El silencio se hizo denso.
—Espera —dijo él al fin—. ¿Por qué mencionó a Selene? No hacía falta.
Albina parpadeó. Pensó.
—Tiene razón… Si Selene ya salió, no tenía sentido decirlo. Nos está diciendo que sigamos con el plan.
Don Rober caminó unos pasos, inquieto.
—Eso significa que Rebeca está comprometida. Y en peligro.
Albina apretó los puños.
—Dejemos a Selene en manos de mi padre. Yo tengo que ir al hospital.
—La acompaño.
—No. Usted se queda. Si no regreso, alguien tiene que avisarle. Mi padre cree que estoy en casa. No creo que haya dejado a nadie vigilándonos. Estamos solos.
Don Rober negó lentamente.
—Si algo le pasa, no me lo voy a perdonar jamás.
—¿De cuánto tiempo disponemos? —preguntó ella.
—No lo sé. No mucho.
Don Rober sacó el teléfono y marcó con rapidez.
—¿Qué ocurre, don Rober? —respondió una voz al otro lado.
—¿Nyx?
—El mismo. ¿Qué necesita, viejo?
—Voy a encender la computadora. Necesito programar un envío automático. Si no ingreso un código antes de mañana a las nueve de la mañana, se enviará un mensaje al señor Renard.
Hubo una pausa breve.
—Entiendo. ¿Quiere hacerlo limpio o urgente?
—Urgente. Dame el código ahora.
Nyx no dudó.
—Anote: NuncaSinRespaldo. Mayúscula inicial en cada palabra. Sin espacios.
Don Rober lo repitió en voz baja para memorizarlo.
—¿Qué dirá el mensaje?
—Si estás leyendo esto, Albina está en peligro. Fuimos al Hospital Psiquiátrico Horus del Valle hace veinticuatro horas.
—Listo. Yo me encargo del resto. Y si necesitan respaldo… estoy a una llamada.
—Gracias, Nyx.
—Ya sabe. No están solos.
La línea se cortó.
Don Rober miró a Albina.
—Es la última oportunidad de detenernos.
Albina sostuvo su mirada.
—No.
Él asintió.
Salieron sin decir una palabra más.