Insania Mea Capítulo 33 #2
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Capítulo 33 #2

Albina permanecía en el despacho de don Rober. Ambos intentaban imaginar una forma de irrumpir en el hospital. Tenía que haber una forma. Un descuido. Algo.

Entonces su teléfono vibró.

Un mensaje desde un número desconocido.

Voy a sacar a Selene del hospital.

No puedo hacerlo sola. Irá Isidro y otra chica. Renata.

Los dos están de nuestro lado.

El sábado a las 9:30 saldrá una camioneta hacia la finca.

Deben interceptarla y rescatarlos a todos.

Confío en ti.

Te amo.

No lo dudes.

Albina sintió un vacío breve en el estómago. Se lo mostró a don Rober.

—¿Cree que sea una trampa?

Don Rober frunció los labios.

—No lo sé. Pero… ¿Qué otra cosa tenemos?

Albina respiró hondo.

—Tendré que hablar con mi padre. Tendré que explicarle todo. ¿Cree que quiera ayudarnos?

—Siempre —respondió don Rober sin dudar—. Él la ama.

—¿Le digo sobre Rebeca? Es decir…

—Él comprenderá —la interrumpió con suavidad—. Es su muñequita hermosa.

Albina asintió y marcó.

—Hola. ¿Cómo está mi muñequita hermosa? —respondió la voz al otro lado.

A Albina se le quebró apenas la determinación.

—Bien, papá. ¿Puedo verte? Necesito hablar contigo de algo importante.

—Estoy cerrando unos negocios. En dos horas estoy libre. ¿Puedes?

—Sí. ¿Dónde?

—En el Maison Beaumont. Te veo ahí.

Colgó.

—Listo, don Rober. A ver qué pasa.

Dos horas después.

El Maison Beaumont ocupaba la esquina de una avenida arbolada, lejos del bullicio. No era ostentoso, pero quienes conocían la ciudad sabían que allí se tomaban decisiones que nunca aparecían en los periódicos.

La luz era cálida. Las conversaciones, bajas. El aroma a mantequilla dorada y vino reduciendo en cobre envolvía el aire. El maître saludó al señor Renard por su nombre y los condujo a una mesa discreta junto al jardín interior.

Era un lugar para acuerdos delicados.

Y Albina estaba a punto de pedir uno.

—¿Qué pasa? —preguntó el señor Renard apenas se sentaron.

Albina sostuvo su mirada.

—Es complejo. Selene está en problemas. Una secta la tiene. Y… Rebeca también. Está encerrada en un hospital psiquiátrico.

Su padre no reaccionó con sorpresa. Solo escuchaba.

Albina tragó saliva.

—Rebeca no es solo mi amiga.

El señor Renard sonrió con una calma casi orgullosa.

—Lo sé, muñequita. Siempre lo he sabido. Y nada de eso cambia lo que eres para mí. Continúa.

Albina parpadeó, desarmada por la naturalidad.

—¿Cómo lo supiste?

—Un padre escucha más de lo que aparenta. Tu voz cuando hablas con ella… no se finge.

Albina bajó la mirada apenas un segundo.

—El sábado a las 9:30 saldrá una camioneta del hospital. Llevarán a Selene y a otros a una finca. Debemos interceptarla antes de que lleguen al poblado cercano. Si cruzan ese punto, será imposible.

El señor Renard apoyó los dedos entrelazados sobre la mesa.

—¿Están armados?

—No lo sé. Tal vez.

—Lo estarán.

El silencio que siguió fue breve, pero pesado.

—Déjame hablar con los chicos —dijo finalmente—. Ellos saben cómo manejar esto. El sábado tendrás a tus amigos de vuelta.

Albina lo miró, buscando alguna duda en su mirada. No encontró ninguna.

—¿Por qué no me habías dicho nada?

—No quería preocuparte. Don Rober está conmigo.

El señor Renard inclinó ligeramente la cabeza.

—Lo sé. Me informan que últimamente no sales de su despacho. Les pedí que no se te despegaran ni un segundo. No quiero invadir tu vida… pero debo protegerte. ¿Lo entiendes?

Albina asintió.

Llegó la comida. Hablaron de detalles logísticos mientras comían con una calma casi artificial.

Al terminar, el señor Renard dejó la servilleta con precisión.

—¿De qué hospital saldrán?

—Hospital Psiquiátrico Horus del Valle.

—Hecho.

Se levantó.

—Ven aquí.

Albina lo abrazó con fuerza.

—Gracias, papá.

—El sábado —dijo él en voz baja, junto a su oído—. Confía en mí.

Dejó varios billetes sobre la mesa y se marchó sin mirar atrás.

Albina lo vio alejarse.

Por primera vez desde que todo había comenzado, sintió que tal vez tenían una oportunidad real.

Sábado, 8:30 a. m.

Selene salió a desayunar a la sala común del hospital. El murmullo era bajo, casi dócil.

Renata la vio desde su mesa y le sonrió. Luego se levantó con su charola y se sentó frente a ella.

—Hoy me voy —susurró—. Eso me dijeron. No sé si alegrarme o no. Por fin estábamos juntas… pero dicen que veré a Isidro. Quisiera llevarte conmigo. Pero no puedo. Me llevará la otra. La que no eres tú… pero es igual a ti.

Selene sostuvo su mirada.

—Me alegro por ti. Cuídate mucho, ¿sí? Sal en silencio. No dejes que tu mente te traicione. No queremos que te dejen aquí. Tienes que salir.

Renata asintió, seria por un instante.

Al terminar el desayuno, les ordenaron regresar a sus habitaciones.

Selene se levantó como siempre: sin prisa, sin llamar la atención. Dejó la charola y avanzó por el pasillo. Entonces Claudia le hizo una seña casi imperceptible.

Selene la siguió hasta un cubículo.

Se cambió de ropa rápidamente. Cuando salió, llevaba una mochila al hombro y el miedo tensándole los hombros.

Claudia negó con la cabeza.

Selene inhaló profundamente. Endureció la mirada. Enderezó la espalda.

Caminaron juntas.

Pasaron frente a dos enfermeros. Un gesto breve de saludo. Selene respondió con una mirada fría, casi desdeñosa. Nadie sospechó.

Claudia se detuvo.

—Es por ahí —murmuró—. Te espera Isidro. Está con Renata. No dejes que te descubra… Esa niña es lo único que podría arruinarlo todo.

Selene asintió y avanzó.

Entró en la habitación.

Isidro levantó la vista y asintió apenas. Renata la observó fijamente. Estuvo a punto de hablar, pero se contuvo.

—Bien —dijo Isidro en voz baja—. A partir de ahora nadie habla. Si alguien pregunta, yo respondo. Y si Helena nos descubre… —titubeó un segundo—. Se acabó. ¿Entendido?

Las dos asintieron.

Renata rompió el silencio.

—¿Isidro? ¿Qué te pasó?

Él bajó la mirada. Sus ojos se humedecieron.

—Un accidente. No es nada. Después te explico.

—¿Por qué me dejaste? Te esperé tanto…

—Ahora estoy aquí. Vine por ti. Pero necesito que salgas en silencio. A mi lado. ¿Entiendes?

Renata ladeó la cabeza suavemente, como si escuchara música invisible. No apartaba los ojos de él.

—¿Entiendes? —repitió, más suave.

Selene respiró hondo, tres veces.

Renata la miró. Sonrió. Luego volvió a mirar a Isidro.

—¿Entiendes? —preguntó Isidro, casi suplicante.

Selene le apretó el hombro.

Renata asintió.

Poco después entraron dos hombres.

—Es hora.

Isidro tomó aire.