Insania Mea Capítulo 33
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Capítulo 33

Al día siguiente, Renata se mecía divertida mientras observaba a Selene, que mantenía la mirada fija en un punto de la pared, como si allí hubiera algo que solo ella pudiera ver.

Minutos después, se acercó y se sentó al lado de Selene; ella la miró de reojo y volvió a clavar los ojos en la pared.

Renata sonrió.

—Hay otra chica aquí que es idéntica a ti, ¿sabías? Aunque su mirada es… distinta. Dicen que en los ojos se refleja el alma. La tuya es… no sé. ¿A ti también te dictaminaron loca? ¿O es porque eres otra yo? ¿O yo soy tú? Quién sabe. Es extraño.

Selene la miró directamente.

Renata bajó la voz, casi conspirativa.

—Nunca pensé que tendría esta oportunidad.

Antes creía que estaba loca por verlas. Pero ahora están aquí.

De carne y hueso. ¿Qué tiene este lugar?

Algo nos está reuniendo. Hace poco vi en las noticias que morí.

Y ahora sé que no era yo. O quizá sí… también se llamaba Renata.

Porque yo me llamo Renata. ¿Tú también te llamas Renata?

Selene no respondió.

—Yo tenía una amiga imaginaria. Vania. Aunque creo que era un espectro.

También se parecía a nosotras. Siempre pensé que estaba loca.

Luego ya no estuve tan segura. Y ahora ustedes existen.

Eso es… tranquilizador y aterrador al mismo tiempo.

Y después creo que Vania me habló de nuevo. Detrás de la pared.

La miró fijamente y le dio un pequeño toque con el dedo en el brazo.

—Eres real, ¿verdad?

Entonces Selene habló por fin.

—Sí. Soy real. Aunque estar aquí lo vuelve todo tan irreal que ya no sé qué es verdad. Yo era la voz detrás de la pared.

Renata sonrió.

—¿Tú te llamas Vania?

Sus ojos se llenaron de lágrimas.

—No. Vine a buscar a mi esposo. Después todo se oscureció.

Cuando desperté, seguía oscuro. No podía ver nada.

Pensé que estaba en el infierno. Escuchaba gritos…

susurros… Luego alguien me inyectó algo.

Y desperté en una celda de tres por tres.

Una cama. Una ventanita por donde solo se ve una lámpara monótona.

Titila dos veces… luego tres. Pensé que intentaba hablarme.

Tragó saliva.

—Y de Sócrates… nada.

Guardó silencio. Las lágrimas corrían por sus mejillas, ahora pálidas por el encierro.

Renata la observó con una ternura inquietante.

—Te entiendo. Yo también perdí a alguien. Isidro. Tan dulce… tan protector. Se fue y jamás volvió. En mi delirio lo veía. Pero era distinto. Me decía que me amaba y yo no le creía. Pensaba que quería matarme. Que quería matarnos a todas. Aún no sé si fue real.

Selene la estudió con detenimiento.

—No lo había notado. Nos parecemos mucho.

Renata sonrió ampliamente.

—Y no has visto a la otra. Es igualita a ti. ¿Quién será la original? ¿Seremos doppelgänger ?

Selene frunció el ceño.

—Ya sabes —continuó Renata—. Esos seres que nacen cuando el alma se desprende.

Isidro me dijo que cuando el Ba se escapa, toma otra forma.

Se convierte en eso… en un doble. Lo raro es: ¿cuántas almas puede tener una persona?

Nosotras somos tres. Y yo veía a Vania. Y estaba la otra Vania, la del foro…

Espera… ¿Era la misma? Quizá lo imaginé.

—¿La del foro? —interrumpió Selene.

—Sí. Yo platicaba en un foro. Ahí estaba Vania. Isidro. Y un chico muy amable… Espera… —ladeó la cabeza de un lado a otro—. Ya sé quién es tu esposo. Él me mandó una foto de ustedes. Ahora lo recuerdo. Quise advertirle que estabas en peligro. Después me encerraron. Aquí te obligan a olvidar.

Se inclinó hacia ella.

—Tenemos que escapar para ayudarlo. Pero no quiero dejar a la otra tú que es nosotras. ¿Tienes alguna idea?

—No —respondió Selene—. Pero dime algo… ¿Qué estaba investigando Sócrates? ¿Por qué estaba en peligro? ¿Qué fue lo que te dijo?

Renata negó con la cabeza.

—No es lo que él me dijo. Es lo que descubrió. Cuando lo supieron… cuando te vieron a ti… No toleran a los doppelgänger .

Selene respiró hondo.

—¿Y la otra? La que es igual a mí. ¿Dónde está?

—Debe ser la original. La dejan andar libremente. Entra y sale. A mí no me dieron tantos privilegios. ¿A ti ya te ungieron?

—¿Qué?

—A mí iban a ungirme. Para convertirme en Setepet-ten. Isidro me dijo que yo era una elegida. Que necesitaba ser ungida y entonces… —su mirada se perdió un instante—. No sé qué pasaría después. Nunca me lo dijo.

Selene sintió un escalofrío.

—Entonces… si esto es una prisión de esa secta… ¿Crees que Sócrates esté aquí? Yo fui a buscarlo al Hospital Psiquiátrico Horus del Valle. Después desperté aquí. No sé si son el mismo lugar.

Renata sonrió con una calma perturbadora.

—Todos estamos aquí. Este hospital es una prisión.

La miró con curiosidad renovada.

—¿Cómo dijiste que te llamas?

—Selene. Mi nombre es Selene.

—Selene… como la luna. Amo la luna. Hace tiempo alguien aquí le gritaba a la luna. «Selene», decía, una y otra vez. Luego dejó de gritar. Supongo que se fue. Se marchó a la luna y no volvió. La luna es azul a veces… El azul me tranquiliza…

—Reacciona —la interrumpió Selene, sujetándola por los hombros—. ¿Cómo salimos de aquí?

Renata parpadeó, regresando apenas.

—No lo sé. Yo nunca he salido. Pero la otra tú… entra y sale. Ella sabe cómo.

Minutos después llevaron a todos los internos a sus habitaciones. Selene pensaba en las palabras de Renata. En la otra. En el ungimiento. En la prisión disfrazada de hospital.

Pensaba en cómo iba a salir de ese lugar.

En qué había pasado con Sócrates.

En por qué, de pronto, había dejado de gritarle a la luna.

Renata tenía una lucidez extraña. Iba y venía de la cordura como si cruzara un umbral invisible. Y, aun así, le había dado una calma que no sentía desde hacía mucho tiempo.

Entonces escuchó un leve roce contra la puerta.

Algo se deslizó por debajo.

Selene se levantó despacio y lo recogió.

Un trozo de papel doblado.

Lo abrió.

Sócrates está en tu casa. Albina y don Rober lo cuidan.

Te voy a sacar de aquí.

Te lo debo.

No digas nada de esto a nadie.

Trágate el papel en cuanto lo leas.

No queremos que caiga en malas manos.

Te aviso cuando esté todo listo.

Selene sintió cómo el corazón le golpeaba el pecho.

Sócrates estaba vivo y libre, al parecer.

Sonrió.

Y sin dudarlo, se llevó el papel a la boca y lo tragó.

Cerró los ojos.

Sócrates estaba vivo.

Por primera vez desde que despertó allí, no se sintió sola.

Luego abrió los ojos y miró la puerta.

Alguien había logrado burlar la vigilancia.

O alguien tenía permiso para entrar.

Minutos más tarde.

Rebeca se acercó a Isidro y le habló casi al oído.

—Tienes que convencer a Keket de que me permita llevarlos a la finca.

A ti y a Renata. Pero la debes convencer de que fue idea tuya.

Tienes que decir que quieres que yo los acompañe.

Es la única forma de sacar a Selene de aquí.

Yo tomaré su lugar. Claudia, la enfermera, está dispuesta a ayudar.

Sé que quieres estar con Renata… Es la única manera. ¿Puedes hacerlo?

Isidro la miró. En sus ojos había algo nuevo. Determinación… o desesperación.

Asintió.

—¿Cuándo?

—En cuanto estés un poco más fuerte.

Él bajó la mirada hacia sus piernas inmóviles.

—¿Crees que Renata pueda quererme así? Lisiado.

Rebeca sostuvo su mirada.

—Jamás dejó de amarte. Keket la hizo olvidar. Pero ahora está más lúcida. Se le nota.

Isidro respiró hondo.

—¿Y si Helena nos descubre?

—No lo sé. Tú entiendes mejor cómo funciona todo esto. Supongo que pagaremos las consecuencias.

Isidro apretó los dientes.

—Ella nos lee la mente. No sé cómo, pero siempre sabe. Creo que se dio cuenta de que pensaba traicionarla. Después pasó lo de mis piernas… y no quiso llevarme a un hospital mejor.

—Dice que fue al revés. Que te sacó para evitar la amputación. Que volverás a caminar cuando te someta a tratamiento.

Isidro soltó una risa amarga.

—¿Le crees?

—Miente con demasiada facilidad. Ya no sé qué pensar. Yo estaba feliz con Albina… y me la quitó sin motivo. Tienes que convencerla, Isidro.

Él asintió.

—Lo intentaré.

—Avísame. Necesito preparar todo.

Rebeca salió sin mirar atrás.

Dos días después regresó.

Isidro ya no estaba en la cama. Permanecía en una silla de ruedas, con un suero colgando de un pequeño soporte improvisado en la empuñadura.

—Hablé con Helena —dijo él.

—¿Y?

—Accedió sin dudar. Eso no me gusta.

Rebeca frunció el ceño.

—¿Cuándo?

—El sábado. Una camioneta vendrá por nosotros a las 9:30. Lo demás depende de ti. No lo eches a perder. Quiero ver a Renata.

Rebeca asintió.

No lo eches a perder.

Las palabras se le clavaron por dentro.

Pensó que toda su vida había sido exactamente eso: una sucesión de errores. Arruinarlo todo.

Mientras caminaba por el pasillo, sacó una fotografía del bolsillo interior de su chamarra. La miró con ternura.

Albina.

La guardó y siguió hasta la sala de enfermeras.

Claudia se acercó.

—El sábado. Nueve treinta —dijo Rebeca apenas moviendo los labios, como si saludara.

Claudia sonrió y asintió.

Cada una siguió su camino.

Esa noche, un nuevo papel se deslizó por debajo de la puerta de Selene.

Lo abrió con manos tensas.

El sábado vas a salir a desayunar a la sala.

Come normal.

Después sigue a Claudia. La enfermera que huele a fresas.

Te llevará a un cubículo. Allí encontrarás una mochila con ropa.

Después sales. Y olvida tu amabilidad. Camina erguida. Mira a todos como si estuvieras furiosa.

No titubees.

No te pongas nerviosa.

Pensarán que eres yo.

Es importante.

Tendrás que llevar a Isidro en su silla de ruedas. Con ustedes irá Renata.

Espero que no te reconozca. Está más lúcida de lo que parece.

No dejes que note que eres tú o todo se arruina.

Afuera los subirán a una camioneta.

Después, todo depende de Albina.

Dile que la amo.

Que siempre la amaré.

Yo tomaré tu lugar.

No te cuestiones.

Te lo debo.

Selene sintió que el corazón se le volcaba en el pecho.

Alguien iba a quedarse.

Iba a ocupar su celda.

Tragó el papel de inmediato. Las manos le temblaban.

Cerró los ojos.

Y decidió confiar.