Insania Mea Capítulo 32
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Capítulo 32

Don Rober y Albina llegaron a casa de Rebeca y estacionaron la camioneta junto a la acera.

—Déjeme hablar a mí primero, don Rober —dijo Albina—. Sé que tiene muchas preguntas, pero quizá pueda convencer a sus padres de que nos dejen revisar sus cosas.

Don Rober asintió.

Tocaron a la puerta.

La madre de Rebeca abrió. Tenía el rostro cansado, endurecido por una desconfianza que parecía haberse vuelto permanente.

—Buenas tardes —dijo Albina con suavidad—. No queremos molestarla. Tenemos información sobre su hija y nos gustaría hablar con usted, si nos lo permite.

La mujer frunció el ceño.

—Váyanse de aquí. No les voy a dar un solo centavo. No entiendo cómo pueden lucrar con el sufrimiento de la gente.

Intentó cerrar la puerta.

—Espere, por favor —intervino Albina, apoyando la mano en el marco—. No venimos por dinero. Soy amiga de Rebeca. La he visto. Es solo que… volvió a marcharse.

Los ojos de la mujer se humedecieron.

—Si esto es una broma, les juro que…

—No lo es. La conocí hace unos tres meses. No sabía que había huido de casa hasta hace poco. Nosotros también queremos encontrarla.

La mujer dudó unos segundos. Finalmente, abrió la puerta.

—Pasen.

Dentro, Albina presentó a don Rober.

—Es investigador privado. Yo lo contraté. No tiene nada que temer.

La señora se secó las lágrimas con el dorso de la mano.

—Síganme. Dejé todo tal como estaba… para cuando regrese.

Entraron en la habitación.

Era una habitación común: pósteres en la pared, un espejo con pequeñas notas pegadas en el marco, libros escolares ordenados en el escritorio. Nada parecía fuera de lugar.

Don Rober se acercó a la madre.

—Tengo algunas preguntas, si no le molesta.

Ella asintió y se apoyó en el dintel mientras Albina comenzaba a revisar con cuidado.

—Antes de que su hija se marchara, ¿notó algo extraño? —preguntó don Rober.

La mujer negó lentamente.

—No exactamente. Estaba más irritable. Malhumorada.

Pensé que era una etapa. Siempre fue reservada…

incluso huraña. No tenía amigos, o al menos nunca los conocimos.

Pasaba horas encerrada aquí. Hacía sus tareas, navegaba en internet.

Pero seguía siendo responsable. Por eso no me alarmé.

Después empezó a salir con ese chico y se tranquilizó. Dejó de pelear conmigo.

Tragó saliva.

—Y un día… simplemente no volvió.

Don Rober la miró con atención y preguntó con calma:

—¿Ese chico tenía un auto negro?

La madre asintió.

—¿Él se la llevó? —preguntó con urgencia.

—No lo sé —dijo don Rober—. Pero lo vamos a descubrir.

El silencio pesó unos segundos.

Fue entonces cuando Albina encontró una libreta escolar.

La abrió.

Las páginas estaban llenas de palabras repetidas:

Nen.

Lo que era antes.

Setepet-ten.

Lo que podría llegar a ser.

Nen Setepu.

Nen Ureju.

Entre las hojas había una tarjeta negra con un código QR. Debajo se leía: Código de un solo uso.

Albina levantó la vista.

—¿Podría llevarme la libreta? Se la devolveré.

—Sí… llévesela. Lo que sea con tal de que me la regresen sana y salva.

Albina asintió con gratitud.

No encontraron nada más relevante. Se despidieron y regresaron a la camioneta.

Ya dentro, Albina colocó la libreta sobre el tablero.

—Otra vez esas palabras —murmuró don Rober.

Albina sacó el teléfono para escanear el código, pero él la detuvo con un gesto firme.

—No es buena idea. Podría estar vinculado a un sistema que rastree el dispositivo.

Ella bajó lentamente el teléfono.

—Tiene razón. ¿Entonces qué hacemos?

Don Rober observó la libreta.

—Primero, entender las palabras. Esto debe estar relacionado con la religión del sabino… y con esa bruja de la que habló el anciano. No es coincidencia. Además, dice su madre que empezó a salir con Isidro antes de desaparecer. Eso conecta a la secta con la finca y la familia Álvarez.

El silencio volvió a instalarse entre ambos.

La libreta parecía pesar más de lo que realmente pesaba.

Una vez en el despacho, don Rober y Albina se dispusieron a investigar aquellas palabras.

Albina revisó con cuidado la libreta. En algunas páginas había textos sueltos, sin fecha, que Rebeca había escrito antes de irse de casa.

Estaban dispersos, sin orden alguno, en los márgenes o en medio de algún texto académico.

Era como si su subconsciente hubiera descargado allí varias de sus frustraciones:

No sé qué es lo que me pasa…

Algún día seré feliz. Lo sé.

Hoy lo intentaré… Ya no quiero estar aquí. Este mundo apesta.

MedioTocado. Te odio. Te odio como no tienes idea.

La costumbre me hace sentir insatisfecha. Es como si… cada día se repitiera. Es insoportable.

Hoy seguí a mi niño lindo… Suele ir a ese bar muy a menudo.

Simplemente era una obsesión. Ya no siento nada. Me apagué.

Otra vez mi madre se molestó conmigo por una estupidez… ¿Por qué no puede dejarme en paz? ¿Qué más quiere de mí?

Todos son unos malditos hipócritas de mierda. Todos.

Albina pasó varias hojas más hasta encontrar una página distinta. No era un desahogo. Era una transcripción.

Una conversación con alguien llamado RuidoBlanco.

Leyó en voz alta:

«RuidoBlanco quiere verme. Dice que puede ayudarme a salir de mi miseria. ¿Qué miseria? Como si acaso me conociera un poco siquiera. Lo que escribo en el foro nada tiene que ver conmigo. Te leen y ya creen que te conocen.

Aunque, a decir verdad, me llamó la atención algo que me dijo cuando le pregunté si conocía a Insania.

Que por qué le había dicho que borrara esas palabras.

Es parte de algo importante, me respondió.

Acá nos cuidamos todos. Todos somos hermanos.

Somos quienes somos y nada más. Aquí no existen los raros, porque los raros somos todos.

Tú te pareces más a Insania de lo que podrías creer.

A ella la protejo. Y ahora a ti también. Tú eres una elegida.

¿Elegida para qué?, le pregunté.

Para ser tú misma. No la versión que emulas para que el mundo te vea. Esa no eres tú. Si quieres, nos vemos y te muestro».

El despacho quedó en silencio.

Albina levantó la vista.

—Mire, don Rober. Encontré algo.

—Sí… yo también encontré algo interesante —respondió él, sin apartar la mirada de la pantalla.

Giró el monitor hacia ella.

—Las palabras que mencionó: «Nen Setepu. Nen Ureju. Setepet-ten.» No son francesas ni latinas. Se parecen a transliteraciones del egipcio antiguo.

Albina frunció el ceño.

—¿Egipcio? ¿Como jeroglíficos?

—Más bien su reconstrucción fonética moderna. «Setep» significa «elegido» o «escogido». Se utilizaba en títulos reales. Algunos faraones llevaban el epíteto de «Setep en Ra»: elegido de Ra.

Albina sintió un leve escalofrío.

—¿Y «Setepet»?

—Es la forma femenina. «La elegida».

El eco de la frase del foro retumbó en su cabeza: Tú eres una elegida.

—Ahora bien —continuó don Rober—, «Ureju» podría estar relacionado con el «uraeus», la serpiente sagrada que simbolizaba protección divina y autoridad. Era el emblema que los faraones llevaban en la frente. Poder. Consagración.

—¿Consagración? —repitió Albina.

—Sí. En muchas culturas, quien era elegido también era ungido. Marcado. Separado del resto. No solo era una distinción simbólica, sino una designación espiritual o política.

Albina guardó silencio unos segundos.

—¿Entonces qué significa todo junto?

Don Rober entrelazó los dedos.

—No es una frase histórica exacta. Son palabras auténticas ensambladas de manera moderna. Pero podría interpretarse como algo así como: «Los elegidos. Los ungidos. Tu elegida.» O incluso «La elegida para ti».

—Eso suena a… —Albina no terminó la frase.

—A ritual —concluyó él—. A jerarquía. A una estructura donde alguien designa y otro acepta ser designado.

La palabra «hermandad» cobró un peso distinto.

Elegidos.

Protegidos.

Ungidos.

Albina volvió a mirar la libreta.

—¿Y si no la estaban protegiendo…? —murmuró.

Don Rober la observó con atención.

—¿Qué quiere decir?

Albina cerró la libreta con cuidado.

—¿Y si la estaban marcando?

El silencio que siguió fue más denso que cualquier respuesta.

Ese mismo día.

Don Rober y Albina se dirigieron hacia un poblado cercano a la finca. Estaban decididos a averiguar qué era realmente aquella hermandad. Por la zona, según habían escuchado, había personas que no compartían esa fe y quizá pudieran decirles algo. Infiltrarse no era una opción.

Llegaron al lugar poco antes del mediodía.

Al bajar de la camioneta, percibieron de inmediato el olor a leña y pollo asado. El aroma era denso, envolvente. Se acercaron a un puesto de comida al aire libre y tomaron asiento.

Un asador de ladrillo, con brasas encendidas debajo, sostenía varios pollos y conejos abiertos en canal que se doraban lentamente.

Había tres mesas largas con frascos de salsa, limones partidos y pequeños recipientes con sal y chile en polvo.

Los bancos eran de plástico blanco, y una lona roja atada entre dos árboles servía de sombra improvisada.

A un lado, sobre un comal ennegrecido, una muchacha de unos quince años palmeaba tortillas de maíz azul con movimientos precisos y mecánicos.

Ordenaron. Mientras esperaban, Albina se acercó a la mujer que despachaba.

—Disculpe, ¿hay algo por aquí que nos recomiende visitar? Estamos de paso, pero nos gustaría conocer un poco el lugar.

La señora se encogió de hombros.

—No hay mucho que ver. La mayoría de los turistas vienen a escalar el cerro con la bicicleta al hombro. Luego bajan rodando del otro lado. Eso los divierte. Yo no lo entiendo, pero mientras sigan viniendo, yo tengo trabajo.

Albina intercambió una mirada breve con don Rober.

—Escuchamos algo de un sabino sagrado… ¿Está cerca de aquí?

La mujer se santiguó casi por reflejo.

—Sí está. Pero no les recomiendo ir para allá. Ese lugar está lleno de gente que adora ese árbol. Y eso no es de Dios. Es peligroso.

Bajó la voz.

—Esa gente es rara. Y no anden preguntando mucho por eso, porque los pueden linchar. Aquí casi no hay de esos, pero de que los hay, los hay. Nomás andan parando la oreja. Yo a ustedes les digo porque a leguas se ve que no son de por aquí.

—Entiendo —respondió Albina con cautela.

Don Rober intervino entonces, midiendo las palabras.

—¿Podemos ser sinceros con usted?

La mujer los observó con recelo unos segundos. Finalmente, asintió.

—Venimos porque estamos buscando a una amiga de mi hija. Desapareció hace tiempo y creemos que pudo haberse ido con esa gente.

La señora frunció los labios.

—Mmm… No. Si ya se la llevaron… quién sabe si la volverán a ver. Aquí varias muchachas se han ido y no regresan igual. Les lavan el cerebro. Les cambian el nombre. No sé qué más les hacen. Se vuelven… distintas. No escuchan razones.

Señaló con la barbilla hacia la joven de las tortillas.

—A mi chamaca la quisieron convencer. Nomás porque le inculqué bien la religión, si no…

—¿Muchachas? —preguntó Albina, casi en un susurro.

—Sí. Los hombres van y vienen. Siguen llamándose igual y todo. Pero son los ojos y las orejas de ese culto. Las muchachas no. A ellas les cambian el nombre y casi no regresan por aquí. No sé por qué.

Don Rober y Albina intercambiaron una mirada.

La señora se dio la vuelta hacia el asador.

—Mire, ya está su pollito. Ahorita les arrimo las tortillas.

Albina sintió un nudo en el estómago.

Cambiar el nombre.

Elegidas.

Ungidas.

Marcadas.