Capítulo 31
Rebeca permanecía sentada en una silla de madera, en medio de un cuarto casi vacío. Solo había un helecho en una maceta blanca con detalles negros y un pequeño cuadro con la fotografía de alguien a quien no reconocía.
Pensaba en todo lo que había sucedido.
En cómo se había involucrado.
En cómo pasó de ser la hija ejemplar, la alumna sobresaliente… a esto.
De una vida casi resuelta a estar atada a una silla incómoda después de que, dos días atrás, la hermandad llegara por ella a casa de Selene para capturarla y liberar a Sócrates.
Sonrió.
Tal vez todo había valido la pena.
En su afán por escapar del mundo. En su impulso por verlo arder. En medio de aquella oscuridad que la devoraba, una luz había atravesado su camino.
Albina.
Ahora esa luz era apenas un punto lejano al final de un túnel que se estrechaba cada vez más. Pero la había conocido. Y eso bastaba.
Pensó en el helecho.
¿Cuánto tiempo llevaría allí, solo?
Comprendía esa soledad. Ella misma se había encerrado durante años en una habitación oscura, odiando un mundo que apenas conocía. Pensaba que el mundo era miserable. Que su vida lo era.
Las lágrimas descendieron lentamente.
Tal vez el mundo no era pequeño.
Tal vez ella lo había reducido.
Porque si existían personas como Albina… entonces no todo estaba perdido.
El recuerdo la golpeó con suavidad: los labios rozándose, la mirada limpia, esa luz capaz de resucitar a los muertos en vida. A personas como ella.
La puerta rechinó detrás de ella.
El corazón se le aceleró.
Los pasos se acercaron.
Una mano se posó sobre su hombro.
Entonces Keket le habló:
—Leí la carta que le dejaste a tu noviecita. Muy conmovedora. Hiciste bien en no delatarme. De haberlo hecho… esa carta estaría ahora atorada en tu garganta.
Le sujetó el rostro con desprecio.
Rebeca le escupió.
—No tengo miedo de morir.
Keket sonrió apenas.
—No te asusta morir. Lo sé. Lo que te asusta es el cómo, ¿cierto?
—¿Por qué haces esto? Nunca te traicioné.
—Pero lo pensabas. Cuando el sentimiento es profundo, nubla la razón. Tarde o temprano ibas a decirle la verdad a Albina.
—¿Para qué? Tenía lo que quería.
—No. Tenías una ilusión. Y las ilusiones exigen autenticidad. Ibas a necesitar que Albina amara a Rebeca… no a Selene. Pero ella ama a Selene. No a una imitación.
Rebeca sostuvo la mirada.
—Ella se enamoró de mí. Aunque me llamara Selene. Yo ya era yo. ¿No es eso lo que ustedes predican? ¿Ser quien eres? Por eso me ungieron. Por eso me llamaron Kamilah.
Keket titubeó apenas un segundo.
—¿Y cuando quisieran llevarte a terapia? ¿Te habrías negado? El terapeuta habría detectado la mentira en minutos. Te salvé de una caída mucho más cruel.
Rebeca no respondió.
—Si hubiera dejado que ese idilio creciera, la fractura habría sido insoportable para ambas. Por eso te saqué de ahí.
Rebeca cambió de tono.
—¿Y a Isidro? ¿También lo salvaste? No responde a mis llamadas.
Keket suspiró.
—Isidro es un imbécil. Se fue de aquí furioso y se estrelló contra otro vehículo. Está aquí en el hospital. Recuperándose.
Rebeca sintió un vacío helado.
—¿Me vas a soltar?
—Claro que sí. Eres Kamilah Kenosha. Pero antes debes entender algo: no hay nada que yo no pueda ver ni escuchar. Si intentas traicionarme… Albina lo pagará.
Rebeca asintió, rígida.
—Nen Setepu. Nen Ureju —dijo más para sí que para Keket.
Keket salió.
Minutos después, entraron varias personas con el rostro grotescamente maquillado. Se sentaron en círculo alrededor de ella.
La miraban fijamente.
Sonreían con malicia.
Luego con compasión exagerada.
Después con dureza.
Dos horas.
Sin palabras.
Solo gestos.
Finalmente, alguien aflojó las cuerdas.
Se levantaron al unísono y se marcharon con pasos extraños, emitiendo sonidos guturales.
Rebeca tardó unos segundos en incorporarse. Estaba mareada.
Salió al pasillo.
Llegó a la sala común del hospital. Una televisión encendida al fondo. Un sillón frente a ella. Mesas dispersas con internos absortos en sus propios universos.
Entonces la vio.
Selene.
Sentada, inmóvil, mirando un punto fijo de la pared.
Rebeca se quedó paralizada.
Era como verse reflejada en un espejo deformado.
Sintió un escalofrío.
¿Para qué las quería juntas?
Continuó caminando. Saludó a la enfermera con naturalidad y preguntó por Isidro.
La enfermera le señaló un cubículo.
Rebeca abrió la puerta.
Isidro la miró un segundo. Luego apartó la vista.
Ella se acercó.
Isidro habló con voz quebrada:
—Helena me dejó inválido.