Capítulo 30 #2
—Claro… lo tocamos.
—Sí.
El silencio se volvió pesado.
—Las de Selene no están.
El mundo pareció inclinarse.
—No… eso no puede ser…
—Lo siento, pequeña. Tenía que saberlo.
Albina no respondió. Solo respiraba.
—Voy para allá —dijo Albina por fin.
Colgó.
Albina se levantó deprisa, se puso una sudadera encima del pijama y salió rumbo a casa de Selene.
La puerta estaba abierta.
Don Rober llegó casi al mismo tiempo.
Entraron.
Sócrates estaba sentado en el sofá.
La mirada perdida.
El rostro consumido.
—¡Pero qué demonios!… ¿Cómo…? —Albina negó con la cabeza, confundida—. ¿Dónde está?
No hubo respuesta.
Don Rober desenfundó su arma y comenzó a revisar la casa.
Albina subió las escaleras.
En el buró encontró una carta.
Querida Albina:
Te juro que yo no escribí esa carta. Quise decirte la verdad. Tantas veces lo intenté.
Tenía miedo de perderte y mira qué pasó.
Nada de esto tenía que suceder de esta manera.
Yo no sabía.
Te juro que no sabía.
Estaba confundida.
Llena de odio.
Entonces te conocí.
Ahora sé que sentías algo por Selene; sin embargo, sé que conmigo ese sentimiento se incrementó.
No me odies.
Eres bien correspondida.
Te juro que jamás pensé sentir esto por alguien.
Te amo como no tienes idea.
Perdóname.
Por favor, perdóname.
Lo siento.
En verdad lo siento.
En cuanto leas esto, estaré encerrada de por vida.
Me voy a entregar a la policía.
Espero que algún día puedas perdonarme.
Con amor.
Rebeca.
Albina cayó de rodillas.
No lloró al principio.
Solo respiraba con dificultad.
Se encogió sobre la cama, abrazando sus propias piernas.
Don Rober entró, guardó el arma y leyó la carta en silencio.
—He llamado a una ambulancia. Y a mis contactos en la policía. Rebeca no se presentó en ninguna comisaría.
Suspiró.
—Tal vez la interceptaron. O tal vez mintió.
Albina negó.
—No… Eso no se finge. Ella me ama. Y yo…
La voz se le quebró.
—No puedo odiarla.
Don Rober asintió.
—Entonces tiene una decisión que tomar. Si involucramos a la policía, irá a prisión. Si no… necesitaremos a su padre. Pero lo más difícil no es eso. —La miró con gravedad—. Si la perdona, pierde a Selene. Si no la perdona, la pierde a ella.
Las sirenas se escucharon a lo lejos.
—Tómese el tiempo que necesite. Pero el tiempo no es infinito.
Bajó las escaleras.
La ambulancia se llevó a Sócrates.
La casa quedó en silencio.
Albina permaneció inmóvil durante largo rato.
Luego se levantó.
Y regresó a casa con el peso de una decisión que todavía no sabía cómo cargar.
Al día siguiente, Albina llegó al despacho de don Rober a las diez de la mañana. Su rostro delataba una noche sin descanso. Entró, lo saludó y logró esbozar apenas una sonrisa.
—Hola, Albina. ¿Ha tomado una decisión?
Ella dudó un instante.
—No, don Rober. No sé qué debería hacer. Pero Selene está quién sabe dónde… y no podemos dejarla a su suerte.
—Sí. Eso es lo más urgente ahora.
Albina respiró hondo.
—El problema es que todo cambió. Lo estuve pensando toda la noche y nada encaja. Rebeca ya nos había convencido de que era Selene. Entonces, ¿por qué Helena la delataría? ¿Por qué liberaría a Sócrates? No lo entiendo.
—Yo tampoco —admitió don Rober—. Por ahora, lo único razonable es ir a ese hospital y exigir los documentos del alta de Sócrates.
—Podría ser… pero no olvide que no tenemos pruebas de que él haya estado ahí. Rebeca decía que lo había visto. Yo nunca lo vi.
Don Rober asintió lentamente.
—Tiene razón. Todo apunta a Rebeca. Helena, en cambio, está limpia. No podemos atribuirle nada sin un indicio sólido de que Selene sigue en ese lugar.
Albina frunció el ceño.
—Espere. Hay algo que no hemos considerado.
Son tres mujeres similares, ¿no? Selene, Rebeca y Renata.
Renata supuestamente murió, pero no hay documentos.
La madre se niega a hablar del tema. Y si esos papeles existen, probablemente están en manos de la gente de la finca…
por no decir de Helena Álvarez. Selene desapareció sin que sepamos cuándo.
Y ahora también se llevaron a Rebeca. Si las tienen a las tres… ¿Para qué?
Don Rober guardó silencio unos segundos.
—En nuestro contexto no tiene sentido. Tal vez el error sea analizarlo desde ahí. Habría que entender el suyo.
Albina levantó la vista.
—El profesor me dijo algo… Que lo importante no es lo que falta, sino lo que está.
Selene empezó a comportarse extraño después de que fuimos al hospital a buscar a Sócrates.
Salió cubierta de sangre, con un golpe en la frente.
Se tapaba el rostro con un pañuelo para detener el sangrado. Y su voz… su voz sonaba distinta.
Hizo una pausa.
—Ahí fue cuando sucedió. Yo me acostumbré después. Pensé que estaba alterada por haber visto a Sócrates. Pero no. Fue ahí cuando Rebeca suplantó a Selene. Entonces… debe estar en ese hospital.
Don Rober entrecerró los ojos.
—Es posible. Y ahora que lo menciona… después de ese día yo jamás volví a verla.
Siempre tenía excusas.
Que estaba cansada.
Que visitaba a Sócrates.
Que necesitaba estar sola.
Siempre se negó a venir.
Desde entonces quiso frenar la investigación.
Asintió con gravedad.
—Sí. Ese fue el punto de quiebre. No podemos asegurar que Selene esté ahí. Pero es el primer indicio coherente que tenemos.
—A ver —dijo Albina—. Pongamos todo otra vez sobre la mesa. Unamos las piezas desde esta nueva perspectiva. No miremos lo que falta. Miremos lo que está.
Don Rober guardó silencio unos segundos antes de responder.
—Tres chicas desaparecidas. Similares, aunque no idénticas. Una declarada muerta sin evidencia formal. Otra sustituida en el hospital. Y la tercera… cuyo paradero desconocemos. Archivos posiblemente manipulados. Dos cartas cuya autoría no podemos confirmar.
La miró con firmeza.
—Si me atengo estrictamente a lo que tenemos, Rebeca es culpable.
Albina frunció el ceño.
—Es una hipótesis.
—Escúcheme. Hasta donde las pruebas —sembradas o no— permiten ver: Rebeca secuestra a Sócrates.
Lo somete a algo que desconocemos. Luego suplanta a Selene.
¿Motivo? Usted. Sócrates destruye su foro.
Ella reacciona. Lo retiene con ayuda de Isidro.
Después las ve juntas. Y decide ocupar el lugar de Selene.
Hizo una pausa.
—Quiere su vida. Quiere estar a su lado. Pero cuando lo consigue… huye. Deja caos, angustia, desesperación. Es un patrón compatible con una personalidad autodestructiva. Como si necesitara sabotear cualquier posibilidad de felicidad. Como si no tolerara sentirse amada.
El despacho quedó en silencio.
—Todo encaja —continuó—, excepto por un elemento: Renata. Ella no tiene vínculo aparente con Sócrates, ni con usted, ni con Selene. Es el eslabón extraño. El que podría romper la cadena.
Alzó la vista.
—Deberíamos empezar por ahí. Presionar a la madre. Investigar el supuesto fallecimiento. Algo tiene que aparecer.
Albina asintió lentamente.
—O visitar a la familia de Rebeca. Ahora que sabemos que está viva, quizá nos permitan revisar sus pertenencias.
—No lo descartemos.
Albina se quedó pensativa unos segundos.
—Espere… Lo único que tenemos intacto, sin manipulación aparente, es la versión de Renata. Sócrates la descargó del foro antes de que todo se desmoronara. En ese momento nadie sabía que él estaba involucrado. No había motivo para alterar nada.
Comenzó a ordenar las ideas en voz alta.
—El expediente y el diario estaban ahí. No conocían a Sócrates.
No tenían por qué modificar pruebas. Cuando detectan que alguien intenta vulnerar la seguridad, no saben quién es.
Entonces liberan los archivos de Renata para rastrear al intruso.
Pero cuando aparece la fotografía de Selene…
todo se vuelve contra nosotros. Ahí empezó todo.
Se detuvo.
—Y eso… de algún modo, exonera parcialmente a Rebeca. Excepto por la suplantación.
Suspiró.
—Me habría gustado conocerla en otras circunstancias.
Don Rober la observó con atención.
—Lo que acaba de decir es brillante. Si Renata es el punto original no contaminado, ahí está el cabo suelto que podría desenmarañar la madeja.
Se inclinó hacia el escritorio.
—Revisemos esos escritos con lupa.
—¿Cree que el profesor detecte algo que nosotros no? —preguntó Albina.
—Es muy probable. Tiene experiencia analizando diarios clínicos. Muchos hospitales los utilizan como herramienta terapéutica. Puede identificar patrones, inconsistencias… matices que a nosotros se nos escapan.
Albina asintió.
—Entonces enviémosle todo lo que tenemos de Renata. Hoy mismo.