Capítulo 30
Esa misma tarde, Albina se dirigió a casa de Selene.
Selene la hizo pasar y le dijo que la esperara en el sofá mientras le preparaba café.
Selene fue a la cocina y al cabo de un momento regresó con dos tazas de café, las colocó sobre la mesa de centro y se sentó junto a Albina.
Albina pensó que el sofá parecía más cómodo de lo habitual.
El aroma del perfume de Selene, mezclado con el café recién hecho, resultaba casi embriagador.
Selene la miraba directamente a los ojos, de una forma que Albina jamás había percibido.
Le tomó las manos. Las acarició con una lentitud temblorosa.
Albina se quedó inmóvil.
Selene se inclinó hacia ella.
—Jamás pensé que esto pudiera suceder… Lo que siento es… insoportable.
Albina se apartó apenas.
—No lo sé, amiga. No es correcto. No sabes cuánto he soñado con este momento, pero… ¿Y Sócrates?
Selene cerró los ojos un instante.
—No lo sé… Es confuso. Cuando estoy contigo… cuando escucho tu voz… cuando te miro… siento que el corazón va a salírseme del pecho. No sé qué me pasa. Se supone que no debía ser así. Pero no lo puedo controlar.
Albina asintió, incapaz de ordenar lo que sentía.
Selene se acercó. Intentó besarla.
Albina dudó.
Pero cuando sus labios se rozaron, una sensación tibia la atravesó. Como si el suelo desapareciera.
Se dejó recostar en el sofá mientras Selene la abrazaba con una dulzura que desarmaba.
Selene se colocó sobre ella.
Entonces llamaron a la puerta.
Un sobre se deslizó por debajo.
Se separaron sobresaltadas.
Selene tomó el sobre, pero Albina la detuvo y se lo quitó de las manos.
—Espera. Podría tener huellas. ¿Tienes guantes de látex?
—Sí… en ese cajón.
Se los pusieron.
Dentro había una carta.
La carta decía:
Yo soy Kamilah Kenosha. Orgullosa portadora del Ka de mis hermanas. El elixir que emana del cetro sagrado será mi único alimento durante los días de asueto. Yo soy la vasija del alfarero y en mi actitud encuentro regocijo. Oh, gran señora, levántate y escucha, no permitas que mi nombre se pudra.
Por ti golpeo mi carne sobre el cetro. Observa lo que esta sierva hace por ti. Soy el barro del alfarero. Soy la vasija. Soy la portadora del Ka de mis hermanas. No dejes que mi nombre se pudra ni se apeste ante tus ojos.
Sierva mía. Tú serás la puerta que me permita ingresar a la vida que pretendo. Los muertos se levantan de su tumba y proclaman para mí la victoria que deseo. Llevaré tu cuerpo al lugar en donde moran las tinieblas. No temas, no dejaré que tu nombre se pudra.
Soy la centinela ardiente. Aquella que te observa en la penumbra.
La que muere de deseo.
La que teme perder el corazón.
Sueños rotos. Deseos interrumpidos. Nunca pensé que se fuese a truncar así nuestro camino.
Se sale, se lucha y se pierde. ¿Acaso triunfé?
No, siempre fui una esclava del destino.
Jamás pude tenerte. Decisiones tomadas siempre a la ligera, sin sentido, sin realmente desear cumplir ese objetivo. Eternamente sometida.
La vida pasa en un suspiro, y yo aquí la desperdicio.
Con falsos anhelos quiero lograr lo que jamás nadie ha logrado.
Miro hacia atrás y únicamente hay ilusiones que jamás llegaron a cumplirse.
Mi vida es una quimera constante. Por eso te deseo.
Como el náufrago desea ser rescatado. Por eso te pienso de manera constante.
Quiero vivir la vida que tú vives; esa tu vida de ensueño se ha vuelto realidad y la quiero para mí.
Sócrates ya es mío. Lo he poseído de maneras que ni siquiera imaginas.
Ha gemido y suplicado por más. Lo he adiestrado completamente.
Ahora es como un pequeño corderito. Ya no lo quiero.
Está roto. Vacío. Si acaso vive, es porque aún respira.
Ya no existe en este mundo. Se ha marchado a un lugar de ensueño en donde busca algo de manera constante.
Sin embargo, no sabe lo que busca. Te ha olvidado por completo.
Me pregunto si acaso seguirás amando a ese guiñapo.
Sí, su mente es un maldito andrajo. De igual manera, su cuerpo está hecho una piltrafa.
No queda en él nada deseable. ¿Lo amarás así?
Yo no lo creo. Aunque debo confesar que tengo una gran curiosidad.
Así que te lo regreso. Te lo has ganado.
Ya te encargarás tú, si es que puedes, de unir nuevamente los pedazos.
¿Cuánta miseria, cuánto dolor he de causar para sentirme satisfecha?
No lo sé ni me interesa. He disfrutado con él, lo confieso.
Me ha deleitado como no tienes idea. Aunque hace tiempo no encuentro lo que busco.
Nada ya me satisface. Me abandoné tanto a los excesos, que ya nada me place.
Mi cerebro está atrofiado. Ya no es capaz de producir químico alguno.
Necesito más.
Mucho más.
Tú ya no me sirves.
No me malentiendas. No he querido hacerte daño.
No era esa mi intención. No tengo nada en contra tuya.
Tu único pecado fue haber nacido similar a mí.
Eso es todo. Así que no te aflijas ni te destroces el cerebro en comprender por qué.
No quiero que te despedaces tú también. Si eso te complace, te diré que no he sido feliz…
Ni siquiera tú y tu sufrimiento me han dado un poco de consuelo.
¿Tu esposo? No, jamás lo quise. Lo he tomado simplemente porque me quería sentir amada. Quería vivir tu vida y no pudo suceder.
Soy patética, lo sé.
Si te escribo estas palabras es porque ya no me haces falta.
No soy buena persona ni pretendo serlo. No puedo negar que lo intenté.
Más tiempo del que había pensado. Me he esforzado demasiado.
Ser buena persona debería ser simple, pero no lo es.
Así que eso debe ser, no está en mi naturaleza.
No tengo el talento para eso. Pero echar a perder el mundo, eso es otra cosa.
Soy experta en ese campo. Sé que me odias y no podría esperar que fuera de otra manera.
No obstante, yo te amé por mucho tiempo; eras para mí lo que yo siempre pretendí.
No es que me quiera abandonar. Simplemente carece de sentido.
Nunca he encontrado en este mundo mi camino.
Ninguna sensación me brinda libertad. Han sido los yerros en horrores convertidos los que me han podido encadenar.
Ja, ja, ja.
Ni qué decir… Después de aquello, la paz jamás regresará. Ni para ti ni para mí. Ni modo, no me puedo arrepentir y, a decir verdad, ni siquiera lo lamento.
Debes entender que tú me vales madre. Sencillamente, siento que de alguna manera te lo debo. Por eso te he querido brindar este regalo. Tómalo o déjalo, no me importa; de ahora en más, ya no es mi problema.
Por eso te he regalado la libreta; esa es toda tuya.
Su diario de locura.
En él ya pudiste verificar que está más loco que una cabra.
Ja, ja, ja.
Está más loco que yo y eso es demasiado.
Selene dejó caer las hojas al suelo.
—Yo… No… Eso no es…
Albina la miró confundida y recogió los papeles.
—¿Qué pasa?
Selene susurró:
—¿Yo soy la centinela ardiente? La que observa en la penumbra… la que teme perder el corazón… ¿Cómo supo lo que sentía por ti?
Albina no respondió. Empezó a leer.
De pronto, Selene estalló.
—¡Maldita Helena! ¡Eres una perra de mierda!
Sus manos temblaban.
—Tranquila —dijo Albina—. A mí me hizo lo mismo. Todo apunta a ella. Ahora tenemos algo.
Pero Selene empezó a hiperventilar.
—¿Te sientes bien? ¿Llamo a un médico?
Selene negó.
—No… Solo necesito recostarme. Ve con don Rober. Yo estaré bien.
Albina dudó.
—¿Segura?
—Sí.
La ayudó a acostarse y salió.
Albina manejaba a toda velocidad. Necesitaba entregarle la carta a don Rober y regresar con Selene de inmediato. Le llamó por teléfono desde el auto.
—Llama a don Rober —le ordenó al autoestéreo.
—Llamando a don Rober —contestó el aparato.
El timbre sonó tres veces. Entonces don Rober contestó.
—Hola, Albina, ¿qué pasa?
—Tengo una carta que le acaban de entregar a Selene —dijo deprisa—. ¿Cree que la puedan analizar? Quizá tenga huellas o algo.
—¿La tiene con usted?
—Sí. Sí. Aquí la traigo.
—Bien. Tengo un contacto que nos puede dar el análisis enseguida. ¿Tiene tiempo o lo dejamos para mañana?
—No mucho en realidad. Quisiera regresar con Selene. Se puso mal. Aunque no me gustaría esperar hasta mañana para saber si podemos encontrar al responsable antes de que se largue.
—Entiendo. Entonces, tráigame la carta. Yo la mando analizar. Avíseme cuando esté cerca para esperarla abajo.
—Vale, gracias, don Rober.
Colgó.
Pasados algunos minutos, le avisó a don Rober que estaba cerca.
Llegó al despacho, le entregó la carta y regresó a casa de Selene.
Albina llegó a la casa y llamó a la puerta.
Selene le abrió.
Lloraba desconsoladamente.
Albina la abrazó y, después de un rato, Selene se sintió un poco más tranquila.
Selene miró a los ojos a su amiga y entonces le dijo:
—No importa lo que pase. Nunca dudes que te amo de verdad. Jamás. Jamás lo dudes. Te lo pido, por favor.
Albina sintió un nudo en la garganta.
Entonces Selene la abrazó y la besó suavemente en los labios.
—Perdóname, Albina. Por lo que más quieras. Perdóname.
—No te entiendo —dijo angustiada—. ¿Qué te pasa?
—Ve a casa —dijo Selene—. Necesito estar sola un momento, ¿sí? ¿Harías eso por mí?
Albina asintió confundida.
Después, Albina se fue a su casa. No sabía qué sentir o qué pensar. Estaba feliz y al mismo tiempo… Tenía ganas de llorar.
Albina no pudo dormir esa noche. Recordaba el suave contacto de sus labios. Su llanto desesperado. Sabía que la carta la había afectado demasiado. Hubiera preferido quedarse con ella esa noche. Pero entendía que Selene tenía que procesar lo que acababa de pasar.
Entonces se sintió culpable. Había dejado a su amiga. A su querida Selene, sola con su angustia.
A las tres de la mañana el teléfono vibró.
—¿Qué pasa, don Rober?
—Tengo el reporte.
—¿Y?
—La carta está limpia. Pero analizamos el sobre.
Silencio.
—Las huellas pertenecen a Rebeca del Lobo.
—¿La chica desaparecida?
—Sí.
Albina respiró hondo.
—Eso es extraño…
—Hay algo más.
Otra pausa.
—Sus huellas también están en el sobre.