Capítulo 29
El olor a café inundaba el ambiente matutino en la oficina de don Rober; esta vez él lo había llevado.
Albina llegó tarde y se disculpó.
—Perdón por la tardanza. Había un tráfico terrible. Un accidente de auto o algo así. Patrullas, ambulancia, el gentío… un desastre.
—No se preocupe —dijo don Rober—. Lo bueno es que ya está aquí.
Se acomodó en su silla y entrelazó las manos sobre el escritorio.
—Mire. Estuve analizando todo lo que tenemos.
Tratando de conectar los puntos… Creí que teníamos a Isidro, pero la carta que nos entregaron los de la finca lo ha puesto todo en duda.
¿Cómo saber si los archivos de Sócrates son confiables?
El diario. Su internamiento. Todo. Parece que alguien ha ido dejando migajas…
y nosotros las hemos seguido, creyendo que avanzamos en la dirección correcta.
—O eso nos quieren hacer pensar —interrumpió Albina.
—Sí. O eso nos quieren hacer pensar. El caso es que de nueva cuenta no tenemos nada.
—Bueno… algo sí tenemos —replicó ella—. Renata y Rebeca existen. Sócrates está en ese hospital. Solo falta llenar los huecos. El problema es que Selene dice no recordar. Y le creo. Ha olvidado muchas cosas, aunque ignoro por qué. Y entre el trabajo y las visitas a Sócrates, tampoco puede ayudarnos.
—Bien. Entonces olvidemos todo —dijo don Rober—. Empecemos desde el principio. Usemos únicamente los hechos que tengan una causa probable.
Albina asintió.
—A ver… —dijo Albina—. Tenemos a Sócrates internado.
Loco, al parecer. Tenemos a Selene, que no recuerda haberlo internado, pero tampoco recuerda otras muchas cosas.
Está Rebeca desaparecida. Y Renata. La finca y el hospital conectados con esa religión que adora al sabino…
o secta, qué sé yo. Si los tomamos como hechos aislados, no tenemos nada.
Pero si responsabilizamos a la familia Álvarez, todo encaja. ¿No?
Don Rober sonrió apenas y la dejó continuar.
—Además, Isidro —el del auto negro— nos ha estado vigilando.
Él tiene algo que ver en todo esto, sin duda.
Las chicas desaparecidas son similares a Selene.
Pero Selene no ha desaparecido. No es que lo desee…
Me refiero a que pareciera que a ella no la quieren.
Entonces, ¿qué nos queda? ¿Usted qué opina, don Rober?
Don Rober lo pensó un momento.
—Lo que dice tiene sentido. Mucho sentido. El problema es que no podemos probar nada. Y sin pruebas, solo especulamos. Pero los de la finca dejaron algo claro: están tres pasos por delante. Nos vigilan. Eso sí es un hecho.
Albina se sonrojó y bajó la mirada.
Don Rober sonrió con suavidad.
—No se angustie por lo que dijeron. Eso no cambia nada.
Es Albina Renard. La hermosa muñequita de su padre.
Una chica hecha de lealtad. La mejor amiga que cualquiera podría tener.
Selene, Sócrates, sus otros amigos… yo también.
Todos tenemos suerte de tenerla en nuestras vidas.
No se aflija por palabras de alguien que no importa.
Y si algo de lo que dijeron fuera cierto —sonrió levemente—, ¿qué más da?
Usted es usted. Con secretos revelados o no.
Albina sintió que los ojos se le humedecían.
—Selene dijo lo mismo… Gracias, don Rober.
—No hay nada que agradecer. Es la verdad.
Hizo una pausa.
—En fin. Sigamos.
Albina respiró hondo.
—¿Conoce algún terapeuta al que podamos consultar sobre la pérdida de memoria de Selene? Es lo único que nos queda. No podemos visitar a Sócrates. No sabemos si las chicas siguen vivas…
—Sí. Conozco a alguien. Es amigo de su padre. Vive en Francia. No podría atender a Selene a menos que viajara hasta allá, pero quizá pueda orientarnos por teléfono.
—Cierto. El profesor. Déjeme preguntarle a papá por el contacto.
—No —interrumpió don Rober—. Yo le llamo. A mí no me va a cuestionar. Y no queremos que se preocupe.
Albina asintió.
Don Rober tomó el teléfono y llamó al señor Renard. Minutos después tenía el número del psicólogo anotado en su libreta.
—Bien —dijo—. Ahora le toca a usted. Yo no hablo francés.
Albina sonrió. Tomó el teléfono y marcó.
Llamada.
—Profesor, gracias por atenderme —dijo en francés—. Sé que está ocupado.
—Para la familia, nunca —respondió con calma—. Dime, Albina.
—Necesito su orientación. ¿Es posible que una persona pierda varios recuerdos, pero conserve la emoción asociada con ellos?
—Sí, es posible. La memoria autobiográfica y la memoria emocional no dependen exactamente de los mismos circuitos. Puede perderse el acceso consciente al recuerdo mientras la huella afectiva permanece activa.
—¿Eso sería provocado por un trauma?
—No necesariamente. El trauma es una causa frecuente, pero no la única. Puede haber factores neurológicos, efectos de sustancias, procesos disociativos. Sin una evaluación directa, sería imprudente inclinarse por una sola hipótesis.
—¿Las drogas podrían provocar algo así?
—Algunas pueden generar lagunas durante su efecto, especialmente sedantes. Pero una supresión selectiva de recuerdos ya consolidados en la biografía es menos común. Cuando ocurre, suele haber un componente psicológico relevante.
Albina guardó silencio.
—Profesor… Esta persona… ¿Podría estar fingiendo?
La respuesta tardó unos segundos.
—Es posible. La simulación existe, sobre todo cuando hay un beneficio externo claro. No obstante, sostener una amnesia compleja en el tiempo no es sencillo. La memoria no es solo información: es coherencia temporal, emocional y conductual. Las inconsistencias suelen aparecer.
—¿Cómo se detectan?
—Observando patrones. Cambios sutiles. Reacciones involuntarias.
Lo que dice contradice su conducta. Para mentir, el cerebro necesita procesar más de lo debido.
Ese retardo puede ser un indicio de que alguien miente.
Otras veces, la narrativa resulta demasiado exacta, como si la persona hubiera ensayado qué decir.
—¿Y si la amnesia parece genuina?
—Entonces debemos considerar que no miente… sino que cree su propia versión. La mente puede reorganizar la experiencia para preservar estabilidad.
Otra pausa.
—Albina… cuando alguien pierde recuerdos significativos, casi siempre pierde también algo de sí mismo. Si no es así… conviene preguntarse qué es exactamente lo que permanece.
El silencio se extendió un instante.
—Gracias, profesor.
—Con gusto. Y recuerda: no te concentres solo en lo que falta. Observa lo que está.
La llamada terminó.
Albina permaneció unos segundos mirando el teléfono, como si la respuesta siguiera vibrando del otro lado de la línea.
Guardó el teléfono, se despidió de don Rober y salió de la oficina sin decir nada más.