Capítulo 28
El hospital parecía más callado ese día. Los internos callaban como si intuyeran un mal presagio. Quizá alguien los hizo callar.
Isidro no lo sabía.
Había llegado al hospital con la determinación de visitar a Renata.
Necesitaba explicarle que Keket la hacía sufrir, no por su culpa, no por ser ella.
Sino porque él la había enfrentado. Pese a que ella no lo recordara.
A pesar de que la hubieran hecho olvidar por la fuerza.
Él jamás la había olvidado. Tenía el recuerdo intacto de lo que había sido.
Desde aquel día en que los separaron, se había obsesionado con la idea de lo que pudo ser.
De lo que podría llegar a ser si Keket los dejara vivir sus vidas sin interferir.
Intentó entrar por la fuerza al ala en donde estaba Renata.
Dos fornidos enfermeros le cortaban el paso.
Derribó a uno de ellos con un puñetazo en la nariz y el otro se le abalanzó para tratar de detenerlo.
Lo tomó de la cintura con ambos brazos para derribarlo.
Isidro le aplicó una llave y casi le fracturó la clavícula.
El enfermero giró sobre sí mismo y cayó de rodillas, mientras el otro se retorcía en el piso con las manos sobre el rostro ensangrentado.
Isidro intentó patearle la cabeza cuando Keket apareció frente a él.
El forcejeo terminó de inmediato.
—¡Déjame verla! —vociferó Isidro.
—Tranquilízate, hermanito —respondió ella con una calma irritante—. Te voy a contar una historia y tú la vas a escuchar. Sin dramas. ¿Me entiendes?
—Ustedes dos, vayan a la enfermería —ordenó.
Hizo un gesto hacia el pasillo.
—Acompáñame a la oficina. Después, si quieres, podrás verla.
Isidro la siguió de mala gana, frotando los nudillos enrojecidos de su mano derecha.
Una vez dentro, Keket cerró la puerta y señaló la silla frente al escritorio.
—Siéntate.
Isidro obedeció, con la furia contenida tensándole el rostro.
—Muy bien —continuó ella—. Lo que voy a decirte no te va a agradar. Pero después entenderás muchas cosas.
Isidro se recargó en la silla. No le importaba lo que tuviera que decir. Solo quería el permiso para ver a Renata.
—Hace muchos años yo era feliz. Incluso después de que tú llegaras al mundo. Luego todo se torció. Nuestro padre lo torció.
Hizo una pausa breve.
—¿Sabías que tenía una amante? Nuestra madre no lo soportó. O eso creí. Eso fue lo que él me dijo: que nos había abandonado. Que jamás regresaría.
Su mirada se endureció.
—Después supe la verdad. Cipriano la volvió loca. Ella fue la primera. Cuando lo descubrí, lo enfrenté, pero ya sabes cómo era. Nunca cedía. A ti no te dije nada. Quería protegerte. La verdad pesa demasiado cuando uno es niño.
Isidro apretó los puños.
—Luego conociste a Renata.
El silencio se volvió más pesado.
—Esa muchacha ha sufrido más de lo que imaginas.
Yo no lo sabía entonces. Pero cuando era niña, mi padre me llevaba a jugar con ella.
Yo tendría seis años; ella, apenas dos. Pasábamos por una tienda y comprábamos una cajita con caramelos.
«Estos son para ti», me decía. «A ella le darás estos otros. No los comas. Son medicina».
Keket sostuvo la mirada de su hermano.
—Renata se los comía sin saber que esos caramelos eran el origen de su locura.
Isidro se levantó de golpe, pero logró contenerse. Permaneció de pie, con la mandíbula rígida y los ojos húmedos.
—Yo tampoco lo sabía, Isidro. No me mires así. Lo supe mucho después. Tú conoces a su madre: fanática religiosa, madre soltera. Cipriano sabía que ella atribuiría la enfermedad de su hija a un castigo divino. Era conveniente. Siempre lo fue.
—¿Y eso qué tiene que ver conmigo? —interrumpió él—. No te excuses. Sé que tú le hiciste algo.
—¿No me estás escuchando? Te estoy diciendo que fue él.
—No tiene sentido. ¿Por qué lo haría?
Keket ladeó la cabeza.
—Eres lento, hermanito. ¿Aún no entiendes quién era la amante de mi padre?
Isidro palideció.
—No… Eso no…
—Sí. Renata es tu hermana. Nuestra hermana.
El aire pareció desaparecer de la habitación.
—Por eso te envió lejos cuando sospechó lo que sentías. Su madre también lo sabía. Por eso te echó de su casa. Por eso la internó aquí y luego la abandonó. La sangre llama, Isidro. Por eso sientes lo que sientes por ella.
—Eso no es verdad —replicó él con voz quebrada—. Tú le hiciste algo.
Keket suspiró.
—Renata es adicta. No podía retirarle la medicación de golpe. He ido bajando la dosis poco a poco. Sí, cuando supe lo de mi padre, descargué mi rabia sobre ella. No voy a negarlo. Pero también es mi hermana.
Se inclinó hacia delante.
—Cipriano, por culpa o por remordimiento, me dejó la finca y me construyó este hospital como regalo de graduación. Yo sabía que ocultaba algo. Fue entonces cuando descubrí todo. Lo enfrenté. No cambió. Se marchó.
Isidro negó con la cabeza y volvió a sentarse, abatido.
—No todo está perdido —continuó Keket—. La encerré para que pudiera romper con la dependencia. El cambio tiene que nacer desde dentro. Si intentaba forzarla, se aferraría más a las pastillas. Así que le susurré. Fui la voz que oía cuando estaba sola. Le pedí que resistiera. Y lo hizo.
Sacó unas hojas del cajón.
—Aquí tengo una copia de su diario. Léelo. Sabrás que no miento.
Isidro tomó los papeles. Sus manos temblaban mientras leía. Su expresión pasó de la incredulidad al horror.
—Yo… —murmuró—. Yo soy el capastuza…
Keket esbozó una sonrisa apenas perceptible.
—El cazaputas, Isidro. Eso fue lo que su madre le inculcó.
Él dejó caer las hojas sobre el escritorio. Se levantó sin decir palabra.
—¿Entonces ya no quieres verla? —preguntó ella con frialdad.
Isidro se volvió. Tenía el rostro empapado en lágrimas. La miró con un odio que ya no intentaba disimular.
Luego salió del hospital sin mirar atrás.
Isidro subió al auto sin saber adónde ir.
Cerró la puerta con un golpe seco. El hospital quedó detrás, inmóvil, como si nada se hubiera fracturado dentro de él.
Keket siempre estaba tres pasos adelante.
Apoyó las manos en el volante sin encender el motor. Respiraba hondo, pero el aire no alcanzaba. Necesitaba pensar. Salirse del guion que ella acababa de imponerle.
Necesitaba ayuda.
Pensó en Rebeca. En esa mente suya. Fría. Analítica. Capaz de desmontar un discurso pieza por pieza hasta encontrar cualquier inconsistencia.
Si alguien podía detectar un cabo suelto en la historia de Keket, era ella.
Pero acudir a Rebeca implicaba riesgo. Cualquier movimiento dentro del círculo dejaba rastro.
Apretó el volante.
Entonces pensó en Albina.
Esa muñequita hermosa a la que había estado fastidiando.
Podía acercarse a ella. Lejos de la casa de Selene. Tenía permiso para vigilar sus pasos. No levantaría sospechas.
Aunque Albina no era ingenua.
Era inteligente. Demasiado inteligente.
Lo bastante como para entender lo que estaba en juego.
Podría negociar.
Él tenía información. Sabía cosas que ella desconocía. Al menos sobre Sócrates. Podía ofrecerle eso. Podía ofrecerle la verdad… o parte de ella.
Y quizá, solo quizá, Albina aceptaría escuchar.
La idea le insufló un poco de esperanza.
Una alianza.
Por un instante la imagen fue clara: Albina y Rebeca de un lado. Él con ellas. Quizá así podría derrotarla. Liberar a su amada.
Pero la esperanza duró poco.
Si algo salía mal, Renata pagaría el precio.
Y Keket no cometía errores cuando castigaba.
Miró por el retrovisor. Las ventanas del hospital parecían ojos apagados. Aun así, sintió que lo observaban. Como si incluso su indecisión formara parte del plan de Keket.
Necesitaba saber la verdad.
Y no estaba en los archivos de la finca. Helena los habría manipulado. Todo estaba siempre filtrado, acomodado, protegido.
Pensó en la madre de Renata.
Ella sabría.
Pero lo odiaba. Y si la revelación era cierta, ese odio tendría raíces profundas.
No.
Demasiado impredecible.
Albina, entonces.
Podía empezar por ahí. Sin levantar sospechas. Con cuidado. Tanteando el terreno. Si encontraba en ella la mínima disposición, después podría involucrar a Rebeca.
Podría incluso dejarse ver para que Albina reparara en él y entonces lo enfrentara.
O fingir un descuido.
Dejar que ella lo siguiera hasta un lugar donde pudieran hablar.
Si Keket preguntaba, diría que Albina fue más lista que él.
Que lo emboscó.
Era arriesgado.
Keket tenía demasiados ojos mirando en todas direcciones.
Estaba atrapado.
Su mente le gritaba que arrancara. Que eligiera una dirección. Que hiciera algo antes de que la parálisis terminara por consumirlo.
En su cabeza discutía con Keket. Gritaba. Rompía todo a su paso.
En la realidad, seguía inmóvil.
Cerró los ojos un instante.
Si Keket estaba tres pasos adelante, él no podía moverse de frente.
Tenía que aparentar que estaba inmóvil.
Giró la llave.
El motor arrancó.
Sabía dónde la encontraría.
Conocía su rutina.
Dónde compraba café.
A qué hora salía de casa.
Solo necesitaba el momento correcto.
Un lugar público.
Donde ella no pudiera escapar fácilmente, pero tampoco se sintiera amenazada.
No iría con Rebeca.
Primero intentaría hablar con Albina. Era arriesgado, pero era mejor que no hacer nada. Tenía que intentarlo.
Y si lograba que esa muñequita hermosa lo mirara sin desprecio… tal vez todavía existiera una posibilidad de romper el tablero.
Isidro se dirigió hacia el despacho de don Rober. Sabía que Albina estaría ahí. La esperaría cerca. Luego dejaría que ella lo siguiera hasta Les fleurs du mal . Una vez ahí, pediría un café con la esperanza de que Albina también entrara. Después… improvisaría.
No. Les fleurs du mal era demasiado obvio. Tendría que llevarla a otro lugar: un centro comercial, una estación de gasolina, cualquier sitio que pareciera parte natural de su rutina, pero donde Albina se sintiera lo bastante segura como para seguirlo de cerca.
No lo sabía.
Conducía como un autómata que cumple las órdenes de un programa cuya existencia desconoce, sumergido en sus propios pensamientos. Ojos que ven y no miran.
El semáforo cambió a rojo.
Él siguió avanzando varios metros.
El golpe.
El estallido del vidrio.
El mundo suspendido un segundo en el aire.
Un zumbido.
Olor a pólvora.
Y después…
Nada.