Capítulo 27
Al día siguiente.
Albina y don Rober habían decidido vincular, de una vez por todas, a Isidro con el capastuza y a la secta con el hospital. Así que se fueron de madrugada hacia la finca.
Habían llegado por otro camino. Esta vez, no querían sorpresas.
Tres espectros agazapados en la bruma que coronaba la cima esperaban impacientes a que el primer rayo de sol desbaratara esa muralla celestial que se había cansado de flotar y había bajado a descansar sobre el musgo de las rocas.
Albina sacó un termo de su mochila y bebió un poco de café para calentarse.
Las manos les temblaban y el viento se empeñaba en quererlos arrojar lejos de sus dominios.
Al fin, un destello parpadeó en el horizonte y laceró el cielo que se tiñó de rojo.
Desde aquel punto elevado la vista era imponente.
Unos segundos después, el sol se asomó apenas y la luz, cual Midas, convirtió todo el lugar en oro reluciente que caía de lleno sobre sus ojos cansados e impedía distinguir con claridad la finca, todavía envuelta en sombras.
El viejo del burro les aseguró que desde el cerro en el que se encontraban se dominaba todo el terreno. No les mintió.
Cuando el sol ascendió un poco más, la finca quedó expuesta ante ellos.
Más allá se distinguía un risco del que descendía un arroyo cristalino.
El agua llegaba a un claro del bosque en donde el sabino era el amo y señor.
Algunas personas deambulaban por el sitio y se acercaban al arroyo con aparente normalidad.
Esta vez tomaron precauciones.
Llevaron consigo a Nyx para intentar vulnerar cualquier equipo conectado al prefijo de IP que Sócrates les había dejado en el archivo.
La laptop era nueva, limpia, cargada únicamente con el software que el experto instaló previamente.
El chip del módem también era nuevo, sin registro asociado a ningún nombre.
Además, montaron una antena direccional de gran alcance.
Estaban preparados.
Habían trazado rutas de escape por si intentaban rastrearlos. Desde esa altura tendrían tiempo suficiente para deshacerse del módem y desaparecer.
Ese era el plan.
Al poco tiempo, Nyx murmuró sin apartar la vista de la pantalla:
—La antena está recibiendo tráfico.
Albina sintió el corazón acelerarse. Le sudaban las manos. No dejaba de mirar alrededor con Victoria firme entre sus dedos.
Don Rober, en cambio, observaba la finca con los binoculares, sereno.
De pronto, una rama crujió a sus espaldas.
Albina dio un salto hacia atrás, cayó firme sobre los talones y levantó el arma apuntando a los arbustos.
Un escolta emergió entre la maleza.
—Su padre me envió —dijo con calma—. Al señor Renard no le gusta que permanezca tan alejada de nosotros. No la molestaré. Solo me quedaré a su lado. Son órdenes.
Albina sostuvo la mirada un segundo más antes de bajar el arma. La presencia de los escoltas, dispersos en la zona, le devolvió parte de la tranquilidad que empezaba a perder.
Entonces Nyx habló, esta vez con una sombra de orgullo en la voz:
—Estoy dentro. Descargaré todo. No hay tiempo para filtrar.
En la pantalla, barras de progreso alcanzaban el cien por ciento de forma irregular.
De pronto, el tono cambió.
—¡Mierda! Nos detectaron. Nos tenemos que largar ya.
Desconectó el módem de un tirón, cerró la laptop y comenzó a bajar la ladera a toda prisa. Los demás lo siguieron.
Albina descendía casi a trompicones. Sus piernas pequeñas se movían con agilidad, pero la pendiente la obligaba a correr más rápido de lo que quería. Por momentos parecía que perdería el equilibrio.
Al fin alcanzaron la camioneta. Subieron sin hablar. El motor rugió.
Las Suburban arrancaron detrás de ellos y los escoltaron hasta que el cerro quedó atrás y aquel poblado desapareció del retrovisor.
Keket estaba sentada frente a su escritorio. La luz apenas iluminaba los papeles dispersos. Escribía en su cuaderno con movimientos medidos, casi rituales, cuando el teléfono sonó.
—Diga —respondió con voz fría y contenida, midiendo cada sílaba.
—Acaban de vulnerar el servidor de la finca —informó la voz al otro lado, cargada de urgencia contenida—. Usted tenía razón. El paquete se entregó con éxito. En cuanto vimos que se descargó en su equipo, comenzamos a rastrearlos para evitar sospechas. Los dejamos escapar, tal como ordenó.
Keket no reaccionó de inmediato. Sus ojos repasaban los documentos mientras cada palabra del teléfono se filtraba como un filo en la habitación. La operación estaba en marcha. Perfecta.
La camioneta avanzaba deprisa. Se alejaron lo suficiente de aquel poblado. Al poco tiempo llegaron a la ciudad. Don Rober se dirigió hacia el centro comercial. Ingresaron al estacionamiento y detuvo la camioneta con calma. Apagó el motor.
—Bien, este es un punto neutro. Necesito que revises la laptop ahora. En la cajuela traigo lo que me solicitaste —dijo al tiempo que miraba a Nyx.
Nyx asintió y sacó la computadora de la funda. Don Rober le entregó una mochila con varios accesorios.
Albina miraba a don Rober con cara de asombro.
—¿Qué pasa, don Rober? —preguntó.
—Nos tenemos que cerciorar de que la información que obtuvimos sea fidedigna. Nyx tiene que revisar el equipo.
Aproximadamente cuarenta minutos después.
—Vale, las cabeceras de los archivos están completas y no presentan signos de haber sido manipulados de algún modo. Salvo uno. Lo modificaron para que resaltara cuando hiciéramos la revisión.
Don Rober guardó silencio.
—Nos enviaron un mensaje —dijo Albina casi como un susurro.
Nyx asintió y don Rober preguntó:
—¿Es seguro abrir el archivo?
—Sí, está limpio —dijo Nyx.
—Bien, pues ábranlo entonces —dijo Albina desesperada.
Nyx abrió el archivo y les mostró la pantalla de la computadora.
La que escucha en la penumbra
Me impresiona la distancia que han recorrido para intentar encontrarme. La mayoría se cansa antes de comprender que algunas presencias no se capturan; solo se provocan.
No soy responsable de la desaparición de Sócrates. Está en el Hospital Psiquiátrico Horus del Valle. Ustedes ya conocen ese dato. Lo que todavía no alcanzan a entender es la razón. Pero no quiero hablar de él. No hoy.
Hay cosas más delicadas.
Ustedes creen observar. Creen analizar, descifrar, perseguir. No advierten cuánto se revelan en el proceso.
Yo escucho en la penumbra.
No necesito estar cerca para percibir el leve cambio en una respiración. El modo en que un nombre altera el pulso. La forma en que el silencio se espesa cuando algo importa más de lo que debería.
Albina,
He aprendido a no subestimar aquello que se oculta detrás de una mirada aparentemente firme. Las personas dicen mucho antes de hablar, y tú —aunque pienses lo contrario— eres particularmente transparente en lo que callas.
No es un defecto. Es una cualidad extraña. Pocas personas sostienen el silencio sin intentar llenarlo con ruido. Tú lo habitas. Lo prolongas. Lo vuelves un espacio propio. Y eso, créeme, no es común.
No te culpo por desear lo que deseas. Me encuentro en igualdad de condiciones.
El afecto tiene una lógica distinta a la razón. Se instala donde quiere y rara vez pide permiso. Uno puede estudiarlo durante años, diseccionarlo, clasificarlo, entender sus mecanismos… y aun así quedar expuesto. La mente comprende; el deseo insiste.
Hay algo en ti que me resulta profundamente interesante. No es tu lealtad —aunque es admirable—. Tampoco tu discreción. Es esa forma en que te entregas sin exigir reciprocidad. Como si la espera fuera suficiente. Como si bastara con estar.
Eso me intriga.
Porque no todos saben esperar. Y no todos saben perder sin admitir que están perdiendo.
No voy a preguntarte nada. No necesito hacerlo. Las respuestas suelen filtrarse en los gestos más mínimos, en las pausas, en aquello que el cuerpo traiciona cuando la voz intenta ser prudente.
Solo quiero que consideres algo, sin prisa.
Hay personas que no son capaces de ver más allá de sí mismas.
Personas que jamás sabrán lo que se siente no ser visto.
Tú mereces que te vean con la profundidad que tú misma ofreces. Sin distracciones. Sin comparaciones. Sin sombras.
Selene jamás te va a mirar como tú quieres.
Yo sí.
Con cariño.
Tu leal y ferviente admiradora.
Fin del archivo.
—Yo… yo jamás… No… —balbuceó Albina, con lágrimas contenidas.
—Tranquila —dijo don Rober con firmeza—. Solo quiere intimidarla.
—Lo sé… Pero yo… Jamás le he dicho a nadie… —murmuró, la voz quebrándose.
—Si algo de lo que dice tiene sentido para usted, en realidad no importa. No deje que la afecte. No le otorgue a nadie el control de sus emociones.
Albina asintió apenas.
—Lléveme al despacho, don Rober. Por favor. Necesito mi auto.
Minutos más tarde.
Albina llegó a casa de Selene con el ánimo vencido.
Se quedó inmóvil frente a la puerta. No se atrevió a llamar.
Permaneció unos segundos más, como si esperara que la madera se abriera sola y la liberara de la decisión.
Finalmente, dio media vuelta y comenzó a alejarse, arrastrando los pies, con la mirada clavada en el suelo.
—Albina…
No escuchó la primera vez. Ni la segunda. Estaba demasiado hundida en sí misma. Solo reaccionó cuando una mano se posó con suavidad sobre su hombro.
Se volvió sobresaltada.
Selene la miraba desde apenas unos pasos atrás.
—¿Qué tienes, amiga?
Albina intentó decir algo, pero las palabras no llegaron. La garganta se le cerró y el llanto brotó sin aviso. Se llevó las manos al rostro, incapaz de sostener la mirada.
Selene la rodeó con los brazos y la apretó contra su pecho.
—¿Qué te pasa? No me gusta verte así.
Albina se apartó apenas lo suficiente para alzar los ojos húmedos.
—No lo sé… —murmuró—. Hay algo muy dentro de mí que está empujando hacia afuera y no puedo detenerlo. Ya no puedo con esto… y no te quiero perder.
Selene frunció el ceño.
—¿Perderme? Me asustas. ¿Por qué habrías de perderme?
—Es complicado… —respondió Albina, intentando recuperar el aliento.
Selene tomó su mano.
—Ven. Vamos adentro. Te preparo un café.
Albina rió entre sollozos.
—¿Bien cargado y sin azúcar?
Selene sonrió con suavidad.
—Claro. Como a ti te gusta.
Albina murmuró casi para sí:
—¿Cómo entonces, si no?
—¿Cómo? —preguntó Selene, extrañada.
Albina negó con la cabeza.
—Nada… Olvídalo.
Entraron en la casa. El silencio entre ambas ya no era cómodo; era denso.
Se sentaron una junto a la otra.
—Dime qué te pasa —insistió Selene.
Albina suspiró largo.
—Hace mucho que llevo esto por dentro. Nunca te lo dije porque tú eras feliz con Sócrates… y yo estaba feliz por ti. De verdad lo estaba. Pero desde el colegio estoy… —vaciló—. No sé cómo decirlo.
—Lo sé, Albina.
Albina alzó la mirada, helada.
—Siempre lo he sabido —continuó Selene, sin apartar los ojos de los suyos—. Eso no se olvida. Entiendo lo que sientes. Créeme… lo entiendo. Debe ser difícil para ti.
Albina la observó en silencio. Sonrió apenas, pero en sus ojos había desconcierto.
Selene respiró hondo.
—Jamás te dejaría. Jamás. ¿En qué cabeza cabe?
Si supieras lo que he tenido que hacer para tener una amiga como tú a mi lado…
—su voz tembló—. La que podría alejarse serías tú.
Sé que me he comportado diferente. Sé que sientes que la brecha entre nosotras se ensancha cada día.
Pero lo intento. De verdad lo intento. No quiero echarlo a perder. A ti no te quiero perder.
Sus ojos se llenaron de lágrimas.
—Tengo miedo —continuó—. Nunca había sentido algo así. La angustia de que ya no estés es insoportable… y temo no poder volver atrás. Debí hacer las cosas de otra manera. Pero no sabía… No sabía que te iba a querer como te quiero. ¿Me entiendes? Y tú… tú podrías odiarme por esto.
Albina la miraba, confundida.
—¿De qué hablas? No te entiendo.
Selene desvió la mirada por un instante.
—Quisiera poder decirte la verdad. Pero temo por ti… y temo por mí. Temo por todos. ¿Entiendes?
—No. Me asustas.
Selene volvió a mirarla, forzando una leve sonrisa entre lágrimas.
—Déjalo así, ¿sí? Todo va a estar bien. Te lo prometo. Solo quiero que sepas que mi amor por ti es profundo. Esa es la única verdad que puedo decirte por ahora.
Albina quiso preguntar.
Quiso exigir que le explicara.
Pero tenía miedo de la respuesta.
Miedo de que la verdad destruyera este momento perfecto.
Porque por primera vez, Selene le estaba diciendo que la amaba.
Y Albina no estaba lista para arriesgar eso.
No todavía.
Selene hizo una pausa.
—Todo va a estar bien.
Albina no respondió. Se limitaron a mirarse, con el llanto aún suspendido en los ojos.
Después se abrazaron con fuerza, como si el gesto pudiera sostener lo que las palabras todavía no podían.