Capítulo 26
Encerrada sin ningún motivo, o tal vez el motivo soy yo.
Vania ha desaparecido de mi vista y no sé en qué momento me dejó.
Se largó de mí y dejó un vacío que ya no me sostiene.
Se esfumó, trascendió o qué sé yo. Quizá simplemente se apagó como se apaga todo en este mundo.
No lo sé. Sea como sea, espero que esté en un lugar mejor.
Si ella siempre fui yo y regresó a mí, espero escucharla desde el fondo de mi ser que la ha reclamado y encarcelado en algún lugar que desconozco. Porque, aunque miro dentro, no la veo.
Mi mente se aclara a cada instante y me pesa no saber. La claridad difuminó las sombras que me habitan y se llevó consigo al único ser que se dignó a acompañarme.
Me tomó tiempo entenderlo, aunque aquí el tiempo no transcurre. Se detiene,
pesa.
Ya no me trago las pastillas. No por rebeldía, sino porque necesitaba ver, aunque ver me duela.
Ahora… Ahora empiezo a recordar, no como quien recupera una historia, sino como quien la encuentra rota.
Empiezo a recordar quién fui antes de que me dictaminaran loca.
Antes de que yo misma me llamara de esa forma.
Antes de que la oscuridad resultara más cómoda que esta claridad que corta.
Tengo miedo, miedo de que el recuerdo no me salve y termine todavía más rota.
Hace tiempo que no escribía desde mí misma.
Me siento ajena y no me reconozco por completo.
Quisiera expresar lo que ahora siento; sin embargo, apenas lo toco, se deshace.
Lo llamo angustia porque necesito llamarlo algo.
Tengo miedo, miedo de estar aquí sin instrucciones.
Porque te extraño y no te tengo. Te tuve y no te veo.
Mi mente, rota tiempo atrás, vaga perdida en la penumbra de eso que ahora llamo yo, pero que no acaba de ser yo misma.
Algo me falta, busco dentro porque la realidad lastima.
No es la soledad lo que me pesa. Es todo lo que sobra, porque extraño sin saber qué extraño.
Tengo tanto que decir y a nadie que me escuche.
La piel se eriza sin motivo. Me ha abandonado la locura y la cordura no me place.
Me gustaba ser la loca.
Yo era la loca; ahora soy nadie.
¿Quién soy si no soy yo?
Ya no soy la loca que alucina; ahora soy la que se pierde entre recuerdos inconclusos. La que ya no puede ser quien fue y no sabe ser quien es.
¿Quién soy, si no soy capaz de recordar? Aquí la vida no se vive, se repite con una monotonía sin sentido. El tiempo se detiene. No hay clímax ni caída. Todo es igual.
Cuatro paredes y yo. Nadie más.
No es la soledad lo que me pesa, sino esa desolación de saberme yo sin saber quién soy en realidad.
Miro atrás y nada veo. Solo una niebla espesa en un mundo de ensueño que ahora sé que no existió.
¿Quién soy si no soy yo?
—Yo te escucho —dijo la voz detrás de la pared—.
No estás sola. Yo también padezco de este encierro y he comenzado a olvidar quién soy.
No recuerdo haber llegado aquí y, sin embargo, estoy.
Tú eres tú y nadie más. No lo olvides. Jamás lo olvides.
No importa si no eres capaz de recordar; los recuerdos forjan la personalidad y nada más. Tú eres tú y nadie más.
Renata sonrió.
—Quizá, después de todo —se dijo—, no estoy tan cuerda como yo pensaba.