Capítulo 25
Una nube tibia cubría a Albina; pasó la mano por el espejo y retiró el velo húmedo para poder mirar su rostro.
Una fragancia a frutas del bosque perfumaba su cabello, que envolvió cuidadosamente en una toalla.
Hizo lo mismo con su cuerpo. Abrió la puerta del baño y parte del vapor pudo huir hacia el fondo; otra parte salió dando vuelcos desesperados, como si se resistiera a precipitarse sobre el piso frío.
Albina salió del baño acompañada de una niebla ligera que se refugió en el calor de su cuerpo; sin embargo, el ambiente la reclamaba para sí y se la llevaba en pequeños hilillos blanquecinos.
Caminó hasta la cama. Se untó el cuerpo con abundante crema corporal, se vistió sin prisa y, frente al tocador, comenzó a cepillarse el cabello. El teléfono vibró sobre las sábanas.
Era Selene.
Le pidió que fuera a su casa. Su voz sonaba extraña, quebrada. Albina no lo dudó.
Cuarenta minutos después estaba allí.
Entró y se sentó en el sofá. En la mesa de centro había un álbum de fotografías abierto. Varias imágenes estaban desordenadas, como si alguien las hubiera revisado con urgencia.
Selene la miró con los ojos enrojecidos.
—Estoy desesperada, amiga. Algo me está pasando y no sé qué pensar.
Albina tomó una de las fotografías.
—He estado revisando esto… y no recuerdo nada. Todos esos momentos… simplemente no están. Es como si no fuera yo.
Hizo una pausa, respirando hondo.
—Tú eres mi mejor amiga. Te quiero muchísimo. Lo que siento por ti es real. Está aquí.
Se llevó la mano al pecho.
—Pero no recuerdo nuestras vivencias. No recuerdo cuándo nos tomamos esta foto… ni qué dijimos… ni qué sentíamos ese día.
Las lágrimas comenzaron a rodarle por las mejillas.
—A Sócrates lo recuerdo como si fuera un sueño lejano. Recuerdo algunos fragmentos sueltos. Pero todo lo demás… es como niebla.
Albina sintió un nudo en la garganta.
—¿Qué voy a hacer? —susurró Selene—. Ya no puedo con esto.
Albina se inclinó hacia ella.
—No sé cómo se siente perder recuerdos así… pero estás aquí. Encontramos a Sócrates. Yo sigo contigo y no me pienso ir a ningún lado. Eso sí lo sabes, ¿verdad?
Selene asintió, aunque su expresión seguía llena de duda.
—¿Y si tienen razón? ¿Y si fui yo quien lo internó y simplemente lo olvidé? ¿Por qué haría algo así? ¿Qué pasó realmente?
Albina dudó antes de responder.
—Es posible… Las firmas coinciden. Y si dices que no recuerdas nada… tal vez sí ocurrió. Pero hay cosas que no cuadran. En el hospital nos dijeron que lo llevó una ambulancia. ¿Por qué dirían eso si fuiste tú? ¿Por qué ocultarlo?
Selene levantó la mirada.
—¿Crees que ahí me hayan hecho algo? Supongamos que lo llevé… y después me hicieron algo a mí. Que me borraron la memoria. Se quedan con Sócrates y yo no sé ni dónde buscar. Luego empezamos a investigar y resulta que está ahí mismo… Eso explicaría por qué no quieren admitir nada.
Albina tragó saliva.
—No lo sé. Pero en ese hospital pasan cosas extrañas. Eso es un hecho.
Selene apretó el álbum contra su pecho.
—¿Crees que con terapia pueda recuperar mis recuerdos?
—Tal vez. Habría que hablar con un especialista. Yo no sé lo suficiente para decirlo.
Selene asintió lentamente.
—Voy a buscar uno. Necesito saber la verdad… aunque me duela.
Albina miró las fotografías esparcidas sobre la mesa.
—Sí. Y también tenemos que hablar con don Rober. Todo esto vuelve a apuntar al hospital.
El silencio cayó entre ambas.
Pero ya no era solo miedo.
Era sospecha.
***
Minutos más tarde.
Selene permanecía recostada en la cama.
Miraba el techo. La lámpara titilaba: dos veces… pausa… tres.
Siempre igual.
Cerró los ojos.
¿Por qué estaba pasando todo aquello?
¿Por qué la luz no se quedaba quieta?
¿Por qué Sócrates se fue? ¿Por qué salió de la casa?
La cabeza le pesaba, como si algo por dentro empujara hacia abajo.
Todo era espeso. Difuso.
Escuchaba voces a lo lejos. O tal vez no.
Tal vez era su propia voz, hundida muy adentro, intentando salir.
No lo sabía.
No sabía nada.
Hubo un día en que todo se volvió oscuro.
Y después…
Esto.