Capítulo 24 #3
Ese mismo día, después de visitar a la madre de Renata, don Rober regresó a su despacho pensativo.
Todo este asunto se estaba volviendo cada vez más extraño.
Se dejó caer en la silla y encendió la computadora sin ganas. La pantalla iluminó su rostro, pero su mente estaba lejos de allí. Permaneció un largo rato inmóvil, con las manos en las mejillas y las piernas cruzadas. Después apoyó los codos en el escritorio y entrelazó los dedos frente a la boca.
Miraba el monitor sin verlo.
El teléfono lo sacó del ensimismamiento.
Era Albina. Iba hacia la oficina.
Don Rober inició sesión en el SSD y comenzó a revisar nuevamente los archivos de Sócrates. Cuando Albina llegó, don Rober le dijo:
—Encontré otro archivo interesante en el SSD. No dice quién lo redactó. Los campos de detalle del archivo están vacíos.
En algunas partes parece ser Sócrates quien escribe, pero en otras… Tengo mis dudas de que Sócrates tuviera los conocimientos médicos para describir lo que describe. No sé. Parece que el archivo fue manipulado. No obstante, es revelador.
—Quién sabe —dijo Albina—. Sócrates era un sabelotodo. «Sé un chingo de cosas que no me sirven para nada, pero me gusta saber», decía.
Don Rober asintió pensativo.
Albina se inclinó hacia la pantalla y comenzó a leer.
Archivo sin nombre:
En la entrada del foro con fecha tres de noviembre escribe:
«…Ideas que me implantaron por la fuerza. Absurda mitología carente de sentido…»
La referencia sugiere coerción ideológica y posible medicación involuntaria. El término «implantaron» no parece metafórico dentro del contexto general de sus publicaciones.
En la entrada del seis de noviembre añade:
«…me siento desdichada y temerosa. Me ha dicho que la ha matado un capastuza.
Que todas nosotras somos unas perras lujuriosas y nos quiere asesinar a todas.
No entiendo cómo es que somos tantas, me refiero a mis dobles y yo.
¡Ahora resulta que todas somos culpables de que se le caliente la entrepierna… »
El discurso es fragmentado, pero coherente en un punto: Renata manifiesta miedo hacia una figura masculina que la responsabiliza de su propia conducta sexual y que expresa deseos de aniquilación.
No descarto un componente delirante, pero tampoco puedo ignorar la posibilidad de que exista un individuo real detrás de esta narrativa.
Si dicho sujeto existe, es probable que busque víctimas con el mismo perfil que Renata.
Por ese motivo debo proteger a Selene.
No puedo asegurar que la secta esté directamente relacionada con el «capastuza», pero es evidente que alguien nos está observando. Cometí un error al vulnerar la seguridad del hospital sin prever las consecuencias. Y, además, expuse la fotografía de Selene de manera por demás imprudente.
Ahora comprendo que Vania también corre peligro. No advertí el parecido físico entre ella y Renata hasta obtener los archivos del hospital. A la luz de esa información, algunas publicaciones adquieren un nuevo significado: es posible que Renata intentara advertirle.
Destruí el foro, eliminando así el principal punto de rastreo. Sin embargo, logré conservar varias direcciones IP antes del cierre. Si tengo suerte, una de ellas conducirá al individuo que se hace llamar —o es llamado— «capastuza».
Antes de continuar con el rastreo técnico, debo visitar a Vania. Le debo una explicación. Y una advertencia.
Fin del archivo.
Albina observó a don Rober en silencio, con un nudo en la garganta.
—Vania —murmuró Albina—. Rebeca.
Don Rober asintió.
—Sócrates tenía razón. Ella estaba en peligro.
—Y ya desapareció.
Don Rober cerró los ojos.
—No pudo advertirla a tiempo.
Don Rober se reclinó en la silla.
—Tenemos que encontrar a ese tal capastuza si queremos proteger a Selene.
Albina frunció el ceño.
—¿Y si vamos por Isidro y lo obligamos a decirnos la verdad?
—No podemos asegurar que él sea el capastuza. Además, el archivo parece claramente manipulado. Me da mala espina.
Don Rober tamborileó los dedos sobre el escritorio.
—La madre de Renata mencionó a un muchacho. No quiso decir su nombre. Como si fuera un secreto.
Miró a Albina.
—Si el capastuza es ese muchacho —continuó él— y Renata lo conocía personalmente, entonces lo tenemos.
Albina asintió despacio.
—Tendríamos que volver a hablar con su madre.
—No hablará. Está aterrada por algo.
Hizo una pausa.
—Pero tenemos las direcciones IP. Si Sócrates rastreó a los usuarios del foro… Uno de ellos tiene que ser él.
Abrió el archivo con las direcciones IP que Sócrates había salvado.
Señaló la lista.
—Ya fuimos a esta: la casa de Rebeca. Quedan tres más.
Albina se inclinó para ver.
—¿Vamos a visitarlas todas?
—Sí. Mañana empezamos.
—Espere, don Rober. ¿Esa no es la ubicación de la finca de los Álvarez?
—Tiene razón —respondió don Rober—. Hay que descartar las otras direcciones y, si ninguna revela nada, entonces lo tenemos. El capastuza sería Isidro, sin lugar a dudas.
Albina sonrió complacida.
Don Rober tomó la botella, pero ya no había cerveza, sino un líquido amargo sin vida vencido por la espera.