Insania Mea Capítulo 24 #2
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Capítulo 24 #2

—Sí, no puedo asegurar que Selene sea parte de esa secta. Los miembros de sectas así suelen ser muy herméticos con eso. Quizá por eso Selene ya no quiere investigar. Tal vez, en el fondo, sabe que no hay nada más que descubrir, o que si seguimos adelante quedaría expuesta.

Albina negó con la cabeza.

—No me convence. Es mi amiga. La conozco. No creo que sea capaz de algo así.

Don Rober suspiró.

—Caras vemos… No sabemos nada de su vida privada. La gente miente más de lo que creemos. Todos guardamos cosas, incluso de quienes más nos conocen. En soledad, cada uno es alguien distinto.

Albina permaneció en silencio unos segundos.

—Quizá tenga razón —admitió al final—. Últimamente actúa muy extraño. Algo le pasó. Estoy segura de eso.

Don Rober asintió lentamente.

—Bien. Hay algo más.

Albina levantó la mirada.

—Investigué a la chica, Renata. Fue declarada muerta… pero no existe certificado de defunción. No hay cuerpo. Nada. Es como si hubiera desaparecido del mapa.

Albina sintió un vacío en el estómago.

—Lo único concreto es que Sócrates la ubicó en ese hospital. Intenté obtener información, pero se negaron a darme cualquier dato sobre pacientes sin una orden judicial. Demasiado hermetismo para tratarse de un caso cerrado.

Hizo una breve pausa antes de concluir:

—Sin duda, algo está pasando en ese hospital. Lamentablemente, no podemos hacer nada al respecto. Estamos atorados con eso. Sin una orden judicial será imposible.

Albina permaneció inmóvil.

—¿Y Selene sabía de Renata? —preguntó casi en un susurro.

—No lo sé —respondió don Rober—. Pero Sócrates la ubicó ahí antes de que lo internaran. Y después… Selene firmó su ingreso.

El silencio se volvió pesado.

—Demasiadas coincidencias —añadió él—. Selene conocía a Sócrates. Sócrates investigaba el hospital. Renata aparece vinculada al mismo lugar. Y, casualmente, es Selene quien lo interna.

Albina negó con la cabeza, pero ya no con la misma seguridad.

—Eso no prueba nada.

—No. Pero tampoco la exonera.

Don Rober se acercó a la pizarra y trazó una línea más entre dos nombres.

—Si Renata nunca murió y está en ese hospital… y Selene firmó un ingreso ahí… entonces Selene sabía más de lo que dice. La pregunta no es si lo hizo. La pregunta es por qué.

Albina sintió que el suelo se le movía bajo los pies.

—¿Está diciendo que todo esto… pudo haber sido planeado por ella?

—Estoy diciendo que, si alguien quiso silenciar a Sócrates, Selene fue el último eslabón visible de la cadena.

Al día siguiente, don Rober bajó del auto y tomó el sobre amarillo que su contacto en la policía le había entregado esa mañana. Dentro venía el informe preliminar sobre la desaparición de Renata y Rebeca.

No existían reportes recientes de jóvenes desaparecidas que coincidieran con ese perfil, salvo ellas dos, aunque Sócrates había dicho que sí. En el caso de Renata, no había certificado de defunción, ni acta registrada en el Registro Civil, ni reporte forense. Legalmente, seguía viva.

Por eso decidió acudir directamente a la televisora que había difundido la noticia de su muerte.

El director de la cadena lo recibió con cortesía, aunque con evidente incomodidad cuando don Rober explicó el motivo de su visita.

—La información nos la proporcionó la madre —explicó—. Nos aseguró que su hija había fallecido. Fue un error no corroborarlo con un documento oficial, lo reconozco. En ese momento consideramos suficiente su declaración.

—¿Les mostró algún certificado? ¿Acta de defunción? ¿Informe médico? — preguntó don Rober.

—No. Solo su palabra. Dijo que no quería hacer público el lugar ni las circunstancias por respeto. Debimos verificarlo.

—Si la información es falsa —añadió el director acomodándose en la silla—, tendrá que preguntarle a ella por qué inventó algo así.

Don Rober salió con el ceño fruncido. La madre había sido la única fuente. No hubo certificado. No hubo documento. No hubo confirmación oficial.

Legalmente, Renata seguía viva.

Subió al auto y volvió a revisar el sobre. No había acta de defunción. Ni registro forense ni reporte hospitalario que indicara fallecimiento.

Solo la palabra de una madre.

Eso lo inquietaba más que cualquier documento falso.

Una madre puede mentir.

Pero también puede repetir lo que le hicieron creer.

Si alguien le mostró un cuerpo que no era el de su hija.

Si alguien le aseguró que había muerto sin permitirle verificar.

Si alguien la presionó.

No tenía pruebas. Solo una intuición incómoda: aquella mujer no parecía una conspiradora… sino una pieza más.

Y si la madre había sido manipulada, entonces la muerte de Renata no era un simple encubrimiento.

Era algo mucho más elaborado.

Decidió pedir la dirección y, esa misma tarde, fue a buscarla.

La casa era modesta. La mujer lo recibió con los ojos hundidos y el rostro agotado, como si no hubiera dormido en semanas.

—Ya no quiero hablar de eso —dijo apenas abrió la puerta.

—No vengo a juzgarla —respondió don Rober con calma—. Solo necesito entender qué ocurrió con su hija.

La mujer dudó antes de dejarlo pasar.

Se sentaron frente a frente en una sala ordenada. Demasiado ordenada.

—Usted dijo en televisión que Renata murió —comenzó él—. Pero no existe acta de defunción. No hay certificado. Legalmente, su hija sigue viva.

La mujer bajó la mirada.

—A mí me dijeron que murió.

—¿Quién?

Tardó en responder.

—En el hospital.

Don Rober guardó silencio.

—Me llamaron. Dijeron que tuvo una crisis. Que fue muy rápido. Que hicieron todo lo posible. Cuando llegué… no me dejaron verla. Dijeron que no era recomendable. Que el cuerpo estaba…

Tragó saliva.

—Que no era una buena imagen para una madre.

—¿Firmó algún documento?

—No. Dijeron que ellos se encargarían de todo. Yo no estaba en condiciones de preguntar nada.

Hizo una pausa.

—Me explicaron que lo mejor era manejarlo con discreción. Que evitaría rumores. Que mi hija ya había sufrido suficiente. Yo… confié en ellos.

—¿Recibió las cenizas? ¿Algún comprobante?

Negó lentamente.

—Me dijeron que era un procedimiento interno. Que no me preocupara.

El silencio se volvió pesado.

—¿Y por eso dijo en televisión que había muerto?

—Me preguntaron qué había pasado… y repetí lo que me dijeron. ¿Qué otra cosa podía decir?

Sus ojos se llenaron de lágrimas.

—Yo ya no sabía qué era verdad y qué no.

Don Rober sintió un nudo en el estómago.

Aquello no sonaba a una madre encubriendo un crimen.

Sonaba a una mujer a la que le dijeron exactamente lo que debía creer.

Y lo había creído.

Se incorporó ligeramente en el asiento.

—No quiero darle falsas esperanzas —dijo con cautela—, pero existe la posibilidad de que su hija esté viva. ¿Usted qué piensa?

La mujer lo miró con una mezcla de temor y resignación.

—Desde que conoció a ese muchacho empezó a desviarse —continuó la mujer, con voz temblorosa y frotando el crucifijo que pendía de su cuello—. Un día la encontré… haciendo cosas que una hija no debería hacer. Y lo peor es que fue con…

Se quedó callada. Sus dedos comenzaron a retorcer el borde del pañuelo.

—No me haga caso. Yo estaba alterada. Dije cosas que no debía. Fue el coraje. Nada más.

Don Rober no la interrumpió.

—Ella siempre fue… diferente. Yo sabía que algo no estaba bien desde que nació. Dios me estaba castigando.

Se interrumpió, como si hubiera dicho demasiado.

—Es mejor no moverle al asunto. Yo ya lo acepté.

Don Rober frunció el ceño. Aquello no era duelo. Era algo más cercano a la culpa… o al miedo.

Asintió levemente, agradeció su tiempo y salió de la casa con más preguntas que respuestas.